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Ciudad de México: Un paisaje sonoro único entre el ruido y la vida
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El País Internacional27.06.2026Welt4 dk okumaSpain

Ciudad de México: Un paisaje sonoro único entre el ruido y la vida

Auf einen Blick

  • La Ciudad de México, una de las más ruidosas del mundo, posee un paisaje sonoro distintivo.
  • Entre el tráfico, las obras y los vendedores ambulantes, emergen sonidos icónicos como el del afilador, el carrito de camote o la cantinela de "fierro viejo", que reflejan la identidad y las desigualdades de la urbe.

KI-generierte Zusammenfassung

Warum es wichtig ist

La Ciudad de México es una de las ciudades con mayor contaminación acústica del mundo debido al tráfico y las obras, pero posee un paisaje sonoro único que la identifica.

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Ciudad de México se cuela en los oídos de quienes la habitan, quieran o no quieran. Y suena a ella, como ninguna. Es una de las diez con mayor contaminación acústica del mundo, por sus ríos de tráfico ―y la desconcertante compulsión por el claxon de quienes conducen―, y por las obras. Pero ese insalubre ruido de fondo no logra enmascarar del todo un paisaje sonoro que identifica y atraviesa la ciudad. No solo está en la calle, se mete en las casas y en los recuerdos, y la mezcla es única.

El chisporroteo de la plancha portátil en la que se hacen tacos, huevos y todo tipo de desayunos en cualquier calle, casi a cualquier hora, donde desconocidos comen de pie. El trino del afilador que va pasando por los barrios, aquí llamados colonias. El pitido estridente del carrito que vende camote asado (batata), que desde el sofá parece un tren a vapor a punto de partir; el que cada noche a la misma hora va con una bici y un altavoz que ofrece “atole calientito [sic]”, una bebida a base de harina de maíz con agua o leche.

Una se tropieza con la campanilla increíblemente fuerte que indica que pasa el camión de la basura, en esta ocasión a horas diferentes, o cuando llega el gas, que se anuncia con un gaaaassss cerrado como si gritaran un gol eterno. Una se descubre a sí misma reproduciendo en su cabeza la cantinela locamente pegadiza de camionetas que recorre la ciudad con voz de niña pequeña: “Se compran colchones, tambores, refrigeradores, estufas, lavadoras, microondas ¿o algo de fierro viejo que vendan?”. El sonido es tan icónico que se ha documentado de quién es la voz, la de Marimar Terrón en 2005.

Esta es una pequeña parte de lo se escucha en una ciudad de 9,1 millones de habitantes, donde los rascacielos y los centros comerciales gigantes se mezclan con los pequeños vendedores ambulantes, donde brota un tianguis, como se llama a los mercadillos, y se corta la calle donde cada semana se compra fruta, ropa, utensilios de cocina y casi todo tipo de cosas. También se oye, de cuando en cuando, el calambrazo de la valiosa alerta sísmica, que salta en el móvil y en las calles. A ese sonido es difícil acostumbrarse.

En estos días de Mundial de fútbol, a ese paisaje sonoro se suma el de los inmensos atascos cuando hay partido de México, en los que todos los vehículos pitan con la misma cadencia “ta, ta, tatata” cuando gana la selección y recorren hasta la madrugada las calles, y las multitudes cantan Cielito lindo bajo la lluvia torrencial para celebrar los goles que siguen en pantallas gigantes.

“Ciudad de México tiene sonidos muy particulares que la atraviesan por completo pese a sus dimensiones, como el del afilador o los de los vendedores de tortillas”, explica Jimena de Gortari Ludlow, investigadora de la Universidad Iberoamericana sobre cómo la gente se habitúa a entornos acústicamente saturados y sus implicaciones en la salud. También es cazadora de sonidos de la ciudad, los registra y reflexiona sobre ellos en un diario desde hace años. “El paisaje sonoro identifica cómo somos y nos habla de desigualdades, de bienestar y de conflictos. Escuchar una ciudad es otra manera de entender cómo funciona”, afirma.

Offene Fragen

  • ¿Cómo afecta a largo plazo la saturación acústica a la salud mental?
  • ¿Qué otras ciudades tienen paisajes sonoros comparables?

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This article was originally published by El País Internacional.

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