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España vigila la "flota fantasma" rusa ante la amenaza a cables submarinos
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El País·1 g önce·🇪🇸Spain·Defense

España vigila la "flota fantasma" rusa ante la amenaza a cables submarinos

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El País
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En diciembre de 2024, el Eagle S., un petrolero con bandera de las islas Cook que había zarpado de un puerto ruso, fue detenido por la policía finlandesa. Se lo acusaba de haber dañado con su ancla un cable eléctrico y otros cuatro de datos en el lecho del mar Báltico. Pudo ser un accidente, pero su repetición reiterada llevó a la OTAN a lanzar al mes siguiente una operación militar, Baltic Sentry (“Centinela del Báltico”), con despliegue de aviones, buques y drones de vigilancia para hacer frente a la amenaza subacuática. Las sospechas apuntaban a la llamada flota fantasma rusa, con la que el régimen de Putin burla las sanciones impuestas por la UE tras la invasión de Ucrania.

El último informe anual del Departamento de Seguridad Nacional, dependiente de Presidencia del Gobierno, identifica los sabotajes a los cables y tubos submarinos (que transportan electricidad, datos y gas) como una de las “principales preocupaciones en lo que respecta a las amenazas híbridas”, aquellas que se producen en la zona gris en la que se difumina la frontera entre la paz y la guerra. No consta que España haya sufrido hasta ahora ningún ataque deliberado a sus infraestructuras submarinas, pero el COVAM (Centro de Operaciones de Vigilancia y Acción Marítima) de la Armada, con base en Cartagena, identifica cada semana 50 buques de la flota fantasma rusa (de los casi 600 que integran la lista confeccionada por la UE) cerca de las costas españolas. Su presencia en aguas próximas a Canarias se ha quintuplicado en solo un año, advierte el informe.

Solo en su vertiente mediterránea, España cuenta con 37 cables submarinos, con una capacidad de transferencia de datos de 811 terabits (billones de bits) por segundo, a los que hay que añadir los que conectan Europa con América y África, además de la Península con los archipiélagos y las islas entre sí. España es un hub de comunicaciones entre los dos lados del Atlántico. Proteger cientos de miles de kilómetros de conducciones submarinas es una tarea ingente, que requiere cada vez más recursos a la Armada.

Su misión consiste en realizar patrullas de “presencia, vigilancia y disuasión” en la Zona Económica Exclusiva, hasta 200 millas de la costa, y aguas de interés nacional, según explica el capitán de navío José María Liarte, jefe del Centro de Buceo de la Armada (CBA). Cuando se localiza un buque realizando actividades sospechosas, la Armada se encarga de identificarlo e interrogarlo. Si no se aleja de la zona, puede ser aprehendido y conducido a puerto, aunque para esto último se requiere un mandamiento judicial. Los buques de la flota fantasma no solo suponen una amenaza para las infraestructuras sumergidas, sino también para el ecosistema marino, ya que muchos están en mal estado y realizan tareas peligrosas como el trasvase de crudo en alta mar. Estos barcos no son tampoco los únicos a los que Armada tiene bajo vigilancia. También sigue a los cazatesoros, que se dedican a esquilmar el patrimonio subacuático que conforman los pecios de los viejos galeones hundidos. Para proteger toda esta riqueza sumergida, la Armada cuenta con una unidad de buceadores, con especialistas en operaciones especiales, rescate o desactivación de explosivos. Su límite de inmersión está en unos 100 metros y, a partir de esa profundidad, entran en juego los vehículos submarinos.

El capitán de fragata Javier Molina está al frente de la Primera Escuadrilla de Cazaminas, en realidad la única que hay, con seis buques de casco de plástico reforzado con fibra de vidrio para reducir su huella magnética, que tienen nombres de ríos: Turia, Segura, Tambre, Sella, Tajo y Duero. Este martes, el primero barría el lecho marino en las proximidades de Málaga. Cuando tropezaba con un objeto desconocido, lo detectaba primero y lo clasificaba después con su sonar de precisión.

Para identificarlo, llevaba a bordo a Pluto Plus, un vehículo de unos dos metros de largo guiado por cable que puede descender a 300 metros de profundidad para explorar el medio subacuático. En una pantalla en el puente de mando, el comandante del Turia, el capitán de corbeta Jesús Remírez Esparza, podía seguir en directo las imágenes captadas por la cámara de Pluto Plus. Si hubiera sido necesario destruirlo, habría depositado sobre el objeto sospechoso una carga de 80 kilos de explosivo activada por control remoto. Para las minas orinque, que flotan entre dos aguas, se reserva el MiniSniper, un dron suicida que funciona como un pequeño torpedo dirigido.

El capitán de fragata sostiene que los cuatro cazaminas españoles, pese a contar con casi tres décadas de antigüedad, no tienen nada que envidiar a los de otros países. La prueba es que uno de ellos tomará el mando rotativo de la flota de lucha contra minas de la OTAN en el primer semestre del año próximo. Serían también los encargados de limpiar el estrecho de Ormuz si finalmente esta misión se pone en marcha, una vez que se alcance un alto el fuego entre Washington y Teherán, y España se decide a participar en ella. Cuando se le pregunta cuánto tiempo necesitaría para limpiar Ormuz, Molina contesta con otra pregunta: “Dime cuántos medios y tiempo me das y yo te diré qué garantías te doy de que esté limpio”. El desminado marino es una labor meticulosa y paciente, que requiere escanear el fondo marino y apreciar cambios a veces imperceptibles, algo que hoy está reservado a ojos expertos y mañana podría hacerse con ayuda de la Inteligencia Artificial. La mina es un arma tan barata que ni siquiera hace falta ponerla. A veces basta con la mera amenaza para condicionar todo el tráfico marítimo.

This article was originally published by El País.

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