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La recuperación de los bosques tras los incendios: un proceso lento que exige proteger el suelo antes de plantar
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20minutosvor 11 StundenEnvironment6 Min. LesezeitSpain

La recuperación de los bosques tras los incendios: un proceso lento que exige proteger el suelo antes de plantar

Expertos advierten que plantar inmediatamente después de un fuego es un error y destacan la importancia de la regeneración natural y la gestión preventiva.

Auf einen Blick

Tras los graves incendios forestales en España, que han arrasado más de 218.000 hectáreas en 2026, los expertos recuerdan que la prioridad debe ser salvar el suelo y la regeneración natural antes de iniciar cualquier reforestación artificial.

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Warum es wichtig ist

Los incendios forestales han calcinado más de 218.000 hectáreas en España durante el año 2026, superando ampliamente los promedios habituales.

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Tras semanas en las que los incendios han arrasado miles de hectáreas en España, apagar las llamas es solo el primer paso. Sobre el terreno quedan árboles ennegrecidos, cenizas y grandes extensiones aparentemente sin vida, pero bajo esa imagen de devastación puede seguir existiendo la capacidad del ecosistema para reconstruirse por sí mismo, un proceso, no obstante, muy largo. "Las hierbas asoman a los pocos meses, el matorral tarda de dos a cinco años, pero un pinar o un alcornocal necesitan entre 20 y 40 años para volver a formar un bosque cerrado. El suelo profundo y toda la vida microscópica tardan décadas", traslada a 20minutos María Isabel Cerezo, directora del Máster Universitario en Ingeniería y Gestión Ambiental de la Universidad Internacional de Valencia (UVI).

No existe, sin embargo, un calendario que pueda aplicarse por igual a todas las zonas quemadas. Antonio Girona, miembro de la Junta Directiva de la Sociedad Española de la Ciencia del Suelo y secretario de la red internacional FUEGORED, indica que "el grado y velocidad de recuperación depende de numerosos factores". Entre ellos se encuentra la severidad con la que haya ardido el terreno, la pérdida de fertilidad, el estado del banco de semillas, la mortalidad de la vegetación, la humedad del suelo o las temperaturas y lluvias posteriores al incendio.

La dimensión del reto es notable este verano. Según los datos del Sistema Europeo de Información sobre Incendios Forestales (EFFIS), solo durante este mes de julio ardieron más de 168.000 hectáreas en España, un 15% más de lo que se quema de media durante todo un año (126.000). En lo que va de 2026, la superficie afectada asciende a unas 218.000 hectáreas, un 73% por encima del promedio, mientras que se han contabilizado 38 grandes incendios forestales —los que superan las 500 hectáreas— frente a una media anual de 23.

La imagen de una extensión negra puede llevar a pensar que la prioridad debe ser llenarla cuanto menos de nuevos árboles. Las fuentes consultadas coinciden, sin embargo, en que ese es uno de los primeros errores. "Aunque parezca contradictorio, lo que no se debe hacer es empezar a plantar tras un incendio. Lo principal es salvar el suelo", sostiene Cerezo. Antes de intervenir, explica, hay que estudiar el tipo de terreno y valorar "cuál ha sido la severidad con la que ha ardido y cuánta pendiente hay" para identificar dónde resulta urgente intervenir.

"Muchos de los científicos del suelo que trabajan sobre el terreno defienden que actuar sin ese diagnóstico previo puede hacer más daño que el propio incendio", insiste. Entre las actuaciones, la experta señala cubrir las laderas más sensibles con paja o restos de poda para frenar la erosión, colocar barreras que retengan los sedimentos, sembrar herbáceas que ayuden a fijar la ceniza o cerrar determinadas áreas al tránsito y al ganado.

La razón de poner el foco bajo los árboles, y no sobre ellos, está en lo que ocurre en los primeros centímetros del terreno. "El calor extremo generado por los incendios puede modificar, en mayor o menor medida, prácticamente todas las propiedades físicas, químicas y biológicas", sostiene Girona, al detallar que alrededor de los 60 grados empiezan a verse afectados los microorganismos edáficos y en torno a los 300 grados comienza a arder la materia orgánica.

La prioridad durante los primeros meses no consiste, por tanto, en reconstruir el paisaje que existía antes del fuego, sino en evaluar el soporte sobre el que tendrá que producirse su recuperación. Solo después llega el momento de comprobar si es necesario plantar, y tampoco entonces la respuesta es necesariamente afirmativa. "No siempre es necesario ni aconsejable reforestar", sostiene Cerezo.

Las fuentes defienden que la reforestación debería ser una excepción cuando el ecosistema conserva capacidad suficiente para recuperarse de forma espontánea. "Muchos ecosistemas poseen una gran capacidad de regeneración natural", destaca Girona, quien agrega que tras estabilizar laderas, proteger caminos, bienes o hábitats valiosos, el siguiente paso es observar la evolución del monte. "Si no fuera favorable, sí se podría considerar la posibilidad de realizar una reforestación", señala.

"La decisión depende de lo que haya quedado vivo bajo tierra. Si las raíces y el banco de semillas han aguantado el golpe, lo sensato es proteger el terreno y no tocar nada", apunta asimismo Cerezo. La intervención humana estaría justificada cuando esa "memoria biológica" se pierde o exista un riesgo grave de erosión. Esto obliga a asumir que durante un tiempo el paisaje continuará ofreciendo una imagen quemada aunque el ecosistema ya haya comenzado su recuperación.

Ahora bien, la recuperación también dependerá de las condiciones de los meses y años siguientes, que pueden decidir el futuro del monte. "Juega a favor tener orientaciones de umbría, pendientes suaves o partir de un bosque que ya estuviera bien tupido antes. Por el contrario, las laderas de solana y la falta de vegetación previa lo ponen muy difícil", explica Cerezo.

Pero, a su juicio, hay una variable más importante: "El factor determinante es la sequía de los meses posteriores". Como ejemplo, la experta cita un estudio de la Universidad de Lleida y el Centre de Ciència i Tecnologia Forestal de Catalunya (CTFC) sobre unas 200.000 hectáreas quemadas en el este peninsular entre 1988 y 2015 que concluyó que la falta de lluvias tras el incendio frena la recuperación.

A ello se añade la posibilidad de que el monte vuelva a arder antes de haber tenido tiempo de recuperarse. Cuando un área sufre incendios con una frecuencia superior a la propia del régimen natural y vuelve a quemarse sin haber completado su regeneración, disminuye su capacidad de recuperación a largo plazo. "La vegetación no llega a madurar y el paisaje cambia de forma irreversible".

Si finalmente es necesario intervenir, los expertos plantean otra cuestión: restaurar un monte no tiene por qué significar reproducir exactamente el paisaje que había antes. "Hay que asumir que no podemos replicar el bosque que teníamos; hay que diseñar uno que resista el siguiente fuego", sostiene Cerezo. Eso implica, entre otras cosas, elegir especies capaces de soportar las condiciones climáticas de las próximas décadas y evitar grandes superficies forestales homogéneas.

"Si dejas trabajar a la naturaleza, casi siempre consigues bosques más variados y que aguantan mucho mejor los envites que una masa de árboles plantados a mano", asegura la profesora de la UVI. Así, pone como ejemplo el incendio de Torre de l'Espanyol, en Tarragona, donde en 2019 ardieron unas 5.000 hectáreas de pino carrasco: "Pasados dos años sin tocar un solo árbol, salieron solos más de 2.500 plantones de pino por hectárea y 45 especies leñosas distintas".

Girona coincide en que la restauración no debería limitarse a "una reconstrucción del paisaje previo", sino convertirse en una oportunidad para aumentar su resiliencia. "Se trata de huir de la homogeneidad. Un monte diverso en especies y edades aguanta mucho mejor que los pinares de una sola especie y la misma edad que nos quedaron de las repoblaciones masivas de los sesenta y setenta", agrega Cerezo.

Una de las principales estrategias consiste en crear paisajes en mosaico, donde las masas forestales se alternen con terrenos agrícolas, pastizales o áreas de matorral menos combustible. Esas discontinuidades pueden dificultar que un incendio encuentre vegetación por la que avanzar de forma ininterrumpida. A ello pueden sumarse clareos para reducir la densidad del arbolado, pastoreo, quemas prescritas y el mantenimiento de usos tradicionales como la ganadería extensiva o determinadas actividades agrícolas.

El tiempo vuelve a aparecer así como uno de los elementos centrales de toda la recuperación. Y las prisas, como uno de sus principales enemigos. "El clásico es entrar corriendo a reforestar con pinos o eucaliptos para tapar el negro rápidamente y apaciguar a la opinión pública. No se le da tregua al suelo ni se respeta la brotación natural", critica Cerezo. Además, cuestiona también la retirada masiva de la madera quemada con maquinaria pesada, que puede eliminar nutrientes.

"Cada vez existe un mayor consenso científico en que la prevención de los grandes incendios requiere una gestión integrada del territorio y no únicamente actuaciones forestales dentro de las zonas quemadas", resume Girona, quien sostiene que la principal limitación es la "ausencia de protocolos estandarizados y basados en evidencias científicas" que permitan determinar dónde es realmente necesario intervenir.

Offene Fragen

  • ¿Se implementarán protocolos estandarizados basados en evidencias científicas?

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This article was originally published by 20minutos.

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