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Ahmadí missionaries in Spain: A mission of peace and spiritual prophecy
NOTICIA
El Mundo21.05.2026Religion8 dk okumaSpain

Ahmadí missionaries in Spain: A mission of peace and spiritual prophecy

En resumen

  • Ahmadí Muslim missionaries, following the spiritual prophecy of Khalifatul Masih III, undertake annual missions in Spain.
  • These young graduates distribute leaflets and engage in 'tabligh' (preaching), viewing their efforts as a spiritual endeavor to restore Islam's presence, drawing parallels to historical Islamic figures while emphasizing peace and integration.

Resumen generado por IA

Por qué importa

The Ahmadí Muslim Community, considered heretical by mainstream Islam and persecuted in Pakistan, sends annual groups of graduates from its UK seminary to tour Spain for missionary work ('tabligh'). This practice, initiated in 2014, aims to spread their interpretation of Islam, emphasizing peace and integration.

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«La profecía de Khalifatul Masih III se cumplirá, y un día España volverá a resonar con los cantos de la ilaha illa Alá. Y la lámpara del tauhid —la unicidad absoluta de Dios— iluminará de nuevo esta tierra, porque "Alá es la Luz de los cielos y la tierra"», escribía a finales del año pasado un joven misionero ahmadí al término de un viaje por España.

Las palabras que recogía un semanario anglófono de su congregación conocido como Al Hakam no eran la declaración de guerra santa de un puñado de musulmanes armados con cimitarras, sino el diario espiritual de Tamseel Mushtaq tras completar una misión organizada: desde 2014, el califa de esta comunidad musulmana —perseguida como herética en Pakistán y detestada por buena parte del islam mayoritario— envía a cada promoción de graduados de su escuela Jamia Ahmadiyya del Reino Unido a recorrer la Península con mochilas cargadas de octavillas.

En 2025 fueron 16. La promoción visitó España del 29 de septiembre al 5 de noviembre. Tenían un mes, varias rutas, una furgoneta, apoyo logístico de la comunidad española y la obligación concreta de repartir mil folletos diarios. Ellos llaman tabligh a esa tarea de predicación.

Lo suyo era una versión islámica de la misión que realizan esos muchachos mormones llegados de Utah o del Oeste religioso americano, formados durante años, enviados lejos de casa, acostumbrados a tocar puertas, detener desconocidos en la calle, encajar rechazos con una sonrisa y repartir promesas de salvación.

Sólo que aquí no hay camisa blanca, corbata fina ni placa negra con apellido anglosajón, sino jóvenes de barba rasurada, acento británico, nombres urdu y aire de seminario indo-paquistaní, con mochilas cargadas de folletos sobre el islam y una consigna que parece escrita para desactivar cualquier alarma: «Hola, mensaje de paz».

«Acercarme a la mezquita Basharat por primera vez me produjo una mezcla de orgullo y tristeza», escribió Tamseel Mushtaq algo antes de partir hacia Pamplona. «Tristeza, porque el islam había sido arrancado de esta tierra mediante el engaño, el odio y la crueldad de la Reconquista. Durante siete largos siglos, esta península había permanecido estéril sin la llamada a la oración».

"AVANZAMOS HACIA ESPAÑA COMO LOS SOLDADOS DE TARIQ"

El emocionado ahmadí tenía clara la magnitud de su misión. Él mismo se preguntaba a qué obedecía el interés de su califa por enviar cada año a un puñado de los suyos a recorrer España.

«Avanzamos hacia España igual que los soldados de Tariq, que cruzaron hacia tierras desconocidas con valor», aseguraba Tamseel. «Sin embargo, no estábamos equipados con armas, sino con tabligh y oraciones».

La Comunidad Ahmadía nació en 1889 en Qadian, en la India británica, alrededor de Mirza Ghulam Ahmad, un reformador religioso que se presentó como el Mahdi y el Mesías prometido que aguardaban las grandes religiones. Ahí empieza la herida doctrinal.

Para el islam mayoritario, la afirmación resulta inadmisible: Mahoma es el último profeta y no puede haber después de él una figura profética subordinada con ese rango espiritual. Los ahmadíes responden que no han fundado una religión nueva, sino que han venido a restaurar el verdadero islam: la yihad de la espada, sostienen, quedó abrogada; la única batalla legítima en su tiempo es la de la persuasión.

A ojos de sus adversarios, la segunda gran herejía tiene que ver con Jesús. Los ahmadíes creen que Cristo sobrevivió a la crucifixión, siguió predicando a las tribus perdidas de Israel, llegó hasta Cachemira y murió allí de muerte natural. A raíz de esas diferencias, la comunidad ha sido expulsada simbólica y legalmente del islam en varios países. En Pakistán, donde se concentra buena parte de su historia moderna, fueron declarados no musulmanes por la Constitución en 1974 y pueden acabar ante los tribunales por utilizar símbolos o palabras que el Estado reserva a los musulmanes.

España entró en esa historia mucho antes de que el país se acostumbrara a ver mezquitas, carnicerías halal o asociaciones islámicas en sus barrios. El primer misionero ahmadí que logró asentarse fue Karam Ilahi Zafar, llegado el 24 de junio de 1946, en plena dictadura de Franco.

Venía del mismo mundo indo-paquistaní del que había surgido la comunidad, pero pasó sus primeros años casi solo, abriéndose paso en un país impermeable a la disidencia religiosa. Antes de él había habido una tentativa frustrada: su predecesor, Malik Mohammad Sharif Gujrati llegó a Madrid, pero la Guerra Civil obligó a abandonar la misión en 1936. Zafar retomó el intento diez años después.

LA CARTA A FRANCO DEL 'PERFUMERO' DEL RASTRO DE MADRID

De acuerdo a las biografías oficiales ahmadíes, Karam estudió español durante meses, vendió perfumes artesanales en El Rastro para sostenerse y convirtió aquel puesto ambulante en un pequeño púlpito. También llegó a escribir una carta a Franco sobre el islam.

La congregación se inscribió en el Registro de Entidades Religiosas en 1970 como Comunidad Ahmadía. Y a no mucho tardar levantaron la mezquita Basharat, en Pedro Abad, a unos 30 kilómetros de Córdoba. Su primera piedra se colocó el 9 de octubre de 1980. Fue inaugurada el 10 de septiembre de 1982.

La comunidad suele presentarla como la primera mezquita construida en España tras la Reconquista. Pero esa afirmación exige nota al pie. La mezquita del rey Abdul Aziz de Marbella fue inaugurada en 1981, antes que la de Pedro Abad; los ahmadíes matizan que ellos pusieron antes la primera piedra y que la suya fue concebida como mezquita abierta y comunitaria, no como oratorio vinculado a una iniciativa palaciega.

Al margen de la controversia cronológica, Basharat no es sólo una mezquita blanca en un pueblo cordobés. Es su kilómetro cero español: la prueba material de que la misión de Karam Ilahi Zafar no se evaporó entre perfumes, soledad y permisos imposibles. Desde allí se coordina una comunidad pequeña —poco más de medio millar de fieles, según sus propios portavoces—, dispersa por Madrid, Barcelona, Valencia, Granada, Murcia, Cádiz, Logroño o Vitoria, pero conectada con una estructura global disciplinada que obedece al califa londinense. Para ellos, Pedro Abad es el viejo olivo del que vuelven a brotar las ramas.

¿Cómo le fue al final a Tamseel y al resto de sus compañeros en su viaje misionero? Una de cal y otra de arena. En Pamplona se encontró con una manifestación propalestina y repartió 400 folletos en 15 minutos. En San Sebastián discutió con un cristiano sueco que le reprochó que los musulmanes no hubieran dado al mundo «nada salvo terror». En Bilbao, algunos transeúntes rompieron sus octavillas delante de él. En Carballo, cerca de La Coruña, fueron insultados por un pequeño grupo. Pero Mushtaq lo interpretó como parte de la prueba espiritual del predicador: «La aceituna más fina sólo revela su verdadera riqueza cuando es prensada».

EL REZO EN COVADONGA

El 17 de octubre, su grupo decidió rezar la oración del viernes en Covadonga, buscaron un lugar tranquilo en campo abierto e inclinaron la frente ante Alá sin saber —según su relato— «el peso de la historia» que tocaban. Después, su guía les recordó dónde estaban: el escenario asociado a la batalla de 722, a Don Pelayo, a Al-Qama, a Munuza y al primer mito político de la Reconquista. El texto no lo trata como una anécdota turística, sino como una revelación. «De pie allí», escribió, «nos dimos cuenta de que éste era el suelo donde echó raíces el plan para borrar la civilización islámica de España».

El guía en cuestión asignado por su congregación se llamaba Tariq, como el caudillo bereber que cruzó el Estrecho en el 711 y dio comienzo a la conquista islámica de la Hispania visigoda con una invasión militar que partió la historia peninsular, derribó un reino cristiano, sometió territorios y obligó a la cristiandad a replegarse hacia el norte.

La geografía española de Mushtaq es menos un itinerario de predicación que una cartografía de la pérdida: Covadonga, Toledo, Las Navas de Tolosa, Granada. Allí donde la tradición cristiana sitúa el arranque de la resistencia, él vio el primer eslabón de una cadena de desastres que terminaría con la caída del último reino nazarí en 1492.

Pero su objetivo, escribió después en Santiago, no era apoderarse de ninguna tierra, sino «ganar corazones». Esa frase no proyecta sólo el entusiasmo piadoso del joven Tamseel Mushtaq. Es parte del vocabulario misionero ahmadí atribuido al tercer califa, Mirza Nasir Ahmad.

Cuando le entrevistamos, la repite también Qamar Fazal, hijo de Karam Ilahi Zafar, el hombre al que los ahmadíes consideran su primer misionero. Qamar tiene 69 años, nació en Madrid, está jubilado y habla con los modales de quien ha vivido esta historia como algo incrustado en su historia familiar. Estudió ingeniería, trabajó en el sector aeronáutico y durante una etapa también fue profesor universitario.

"NO VENIMOS CON INTENCIÓN MALIGNA"

Al mencionarle el viaje de Mushtaq, Qamar se apresura a aclarar que las misiones fletadas por su califa desde Londres no deben jamás interpretarse como una operación de revancha histórica ni como una fantasía de reconquista islámica, sino como la expresión de una comunidad que, precisamente por haber sido perseguida en otros países musulmanes, se presenta en España como agradecida, obediente a la ley y orgullosa de su integración.

«En 80 años que llevamos en España somos una comunidad apreciada», dice. «Hemos tenido rifirrafes con gente radical que no nos acepta, pero saben que se les puede denunciar. Yo soy ahmadí, musulmán y español, y la ley me apoya. Cuando se han dado amenazas, la Policía ha estado vigilante. Nosotros avisamos a los delegados del Gobierno, a los subdelegados, a los alcaldes de los pueblos donde van a ir los misioneros. No venimos con intenciones malignas». Quieren estar seguros de que no confunden a sus chicos con salafistas.

El diario del joven graduado está lleno de Reconquista, Tariq, Don Pelayo, Santiago Matamoros y de nostalgia por Al-Ándalus. Córdoba aparece como emblema de una civilización perdida; Granada, como «el ancla de la España islámica»; la Alhambra, como testamento de un brillo científico y tecnológico que el joven misionero cree mal recordado por los españoles.

Mushtaq no amenaza: suspira. Pero suspira sobre un mapa inflamable. Donde buena parte de España percibe la resistencia a una invasión que subordinó durante siglos a comunidades cristianas y judías, llenó la Península de fronteras armadas, razias, cautiverios y tributos, él ve una luz islámica arrancada y la promesa de volver a encenderla con octavillas.

La voz de Qamar, en cambio, pertenece a otra escuela: la del hijo de un hombre que pasó la dictadura vendiendo perfumes por Madrid, consiguiendo permisos, evitando conflictos y esperando décadas a que una comunidad casi invisible pudiera levantar una mezquita blanca.

Esa ha sido, en buena medida, la estrategia española de los ahmadíes: discreción, legalidad, actos interreligiosos, relación fluida con ayuntamientos y fuerzas de seguridad, y una insistencia casi obsesiva en presentarse como el islam de la obediencia civil, la paz y la integración.

En la última noche antes de regresar a Londres, Mushtaq escribió en su diario de viaje una frase en árabe que atribuía a una revelación recibida por Khalifatul Masih III: «A quien pone su confianza en Alá, Él le basta. Alá llevará a término su propósito. Alá ha fijado una medida para cada cosa». En esa medida cabían, para él, el cansancio de los pies, los insultos de Carballo, los folletos rotos en Bilbao, la oración en Covadonga y la certeza de que la historia del islam en España «definitivamente no ha terminado».

Preguntas abiertas

  • What is the long-term impact of these missionary efforts on the Ahmadí Community's presence in Spain?
  • How does the Spanish public generally perceive the Ahmadí Community's activities?
  • What specific theological differences lead to the persecution of Ahmadis by mainstream Islamic groups?
  • What is the current size and growth rate of the Ahmadí Community in Spain?

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This article was originally published by El Mundo.

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