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Entrevista a Sol Carmona: "Es más sencillo educar niños fuertes y seguros que reparar adultos rotos"
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El Mundohace 8 horasSociety9 min de lecturaSpain

Entrevista a Sol Carmona: "Es más sencillo educar niños fuertes y seguros que reparar adultos rotos"

La experta en crianza respetuosa Sol Carmona presenta su libro 'Quiéreme bonito' y reflexiona sobre los errores más comunes de madres y padres.

En resumen

Sol Carmona, creadora de Infancia Respetuosa, defiende en una entrevista una crianza basada en el amor, el autoconocimiento adulto y el respeto, huyendo de la sobreprotección y la perfección.

Resumen generado por IA

Por qué importa

El proyecto Infancia Respetuosa promueve una crianza basada en la conciencia, el respeto y la conexión emocional.

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Como todas las madres, Sol Carmona (Madrid, 22 de mayo de 1982) ha intentando dar lo mejor de sí para educar a sus hijos. Pero, también como todas las madres, ha perdido los nervios alguna vez. También ha gritado y llorado. Y, sobre todo, se ha sentido culpable. A veces, mala madre. ¿Habrá otra forma de criar? ¿Por qué educamos como educamos? De estas preguntas surgió el proyecto Infancia Respetuosa, un espacio que promueve una crianza basada en el amor, el respeto, la conciencia y la conexión. "Es más sencillo educar niños fuertes y seguros de sí mismos que reparar adultos rotos", defiende tras encontrar su misión de vida.

Psiquiatras, psicólogos y expertos en crianza coinciden: la sobreprotección de padres criados en el autoritarismo no está haciendo fuertes a los niños. ¿Hemos pasado de un extremo a otro?

Venimos de un modelo de crianza autoritario, del "tú, oír, ver y callar". Hoy tenemos más información y sabemos que esa manera de relacionarnos no saca lo mejor de nosotros. Pero muchos se han ido al extremo contrario: la permisividad. Y eso tampoco favorece a los hijos, porque la vida no siempre les va a decir que sí ni les va a resultar sencilla. Si siempre concedo sus deseos, no los preparo para la vida. Para mí lo esencial de la educación consciente es tomar conciencia de dónde estoy yo como madre o padre, desde dónde estoy educando. Ese es el punto de partida.

¿La educación consciente es una moda o ha venido para quedarse?

La crianza consciente no es una moda, no es sobreproteger, no es permisividad ni dejar que los niños hagan lo que quieran. Al final, quien educa es un adulto, así que este modelo pone el foco en el adulto: en cómo está, desde dónde educa. Invita a revisarse, favorece el vínculo y es respetuosa con el otro. Esa es la clave: si yo transmito respeto, mis hijos aprenderán a devolver respeto. Si les enseño a base de gritos, aprenderán que los problemas se solucionan chillando.

¿Hubo algún detonante como madre para querer formarte como coach, facilitadora de disciplina positiva, pedagogías activas, PNL...?

Mis hijos son mis maestros: llegaron a mi vida para que yo tomara conciencia de la mía. Mi hijo mayor me puso todo patas arriba, y lo que en ese momento proyectaba en él en realidad eran cosas mías que tenía que resolver. Por eso me dedico a esto: primero lo comprobé conmigo. Cuando fui consciente de mis heridas y de los patrones que repetía, me dejé ayudar por profesionales y me puse a formarme. Yo no empecé a practicar este modelo desde que nacieron mis hijos, sino cuando ya eran más mayores. De hecho, al principio estaba posicionada en otro lugar.

¿Por qué insistes tanto en que el cambio empieza en el adulto y no en el niño?

Cuando vi el potencial que tenía esto, no solo con los niños sino con nosotras mismas, porque es esencial no perder la figura del adulto, decidí cambiar de carrera y empecé a formarme, paso a paso, año tras año, hasta poder acompañar a otras familias en sus procesos de revisión interna y crecimiento personal, algo sumamente necesario. Porque nuestra mirada impacta en ellos: cuando somos conscientes de qué es la infancia, qué necesitan y por qué hacen lo que hacen, ese cambio de mirada cambia su mundo. Al final no es más que reconectar con quienes fuimos: todos hemos pasado por ahí, solo que se nos ha olvidado.

Como madres y padres hacemos todo pensando que es lo mejor con las herramientas e información que tenemos en cada momento, aunque después algunas decisiones resulten equivocadas. ¿Qué errores o patrones se repiten con más frecuencia en la crianza y pueden estar resultando perjudiciales?

Yo no impongo, invito a reflexionar sobre qué está pasando a nuestro alrededor. Uno de los errores más frecuentes es educar sin conocer al niño: sin saber cómo funciona su cerebro, hasta dónde puede llegar y cómo gestiona sus emociones. Muchas veces les pedimos comportamientos de adulto que, por edad, todavía no pueden dar, sin proporcionarles antes las herramientas para lograrlo. Para mí es vital entender en qué momento evolutivo está mi hijo. La neurociencia y la neuroeducación han avanzado muchísimo, y hoy tenemos a nuestro alcance mucha información y buenos libros, aunque también hay que saber elegir, porque cuesta encontrar el foco. Pero si algo destaca en esta manera de educar, que para mí es más una filosofía que un método, es que resulta tremendamente coherente y humana.

¿Qué dificultades presenta meternos tanta presión por hacerlo todo perfecto?

Yo vengo de ahí también. Creo que no tenemos modelos muy amables de maternidad en los que fijarnos. Lo primero es salir de esa idea de la perfección: la necesidad de hacerlo todo bien, de tenerlo todo controlado, es algo que habla de nosotras mismas, no de la maternidad, y que tenemos que revisar. Entender la maternidad como perfección es imposible, inviable e insano. Nuestros hijos no necesitan madres perfectas, necesitan madres más conscientes: alguien dispuesto a equivocarse, porque nos vamos a equivocare, y no una vez, sino muchas, a preguntarse por qué ha reaccionado de determinada manera, y a reparar, pedir perdón y buscar soluciones.

¿Siempre podemos mejorar como padres y madres?

Al final, la maternidad es un camino de crecimiento personal en el que vamos evolucionando junto a nuestros hijos, y eso no para nunca. Incluso nuestras propias madres siguen evolucionando, aunque ya no estemos con ellas: la madre que tuviste de pequeña no es la misma que tienes ahora, ni la que verás cuando estés con tus propios hijos. Muchas veces la ves interactuar con sus nietos y piensas: "Esta no es mi madre". Es porque ellas también han crecido y aprendido de sus propios errores.

Bajo tu experiencia, ¿padres y madres se sienten culpables por igual?

Esto le pasa sobre todo a la mujer, porque estamos acostumbradas a querer ser maravillosas en todas las áreas: profesional, ama de casa, madre, compañera, amiga... Y eso genera la frustración de sentir que no llegamos a nada. Veo casi un patrón en todas las madres que acompaño: perfección, exigencia y culpa. Cuando son madres, esto se activa mucho más, porque la maternidad supone un peso importante. Aparece esa sensación de no ser buena en nada, de estar en todas partes y no estar en ningún sitio: en el trabajo con la cabeza puesta en el hijo, con el hijo sintiendo que falta por hacer en el trabajo o en casa, con las amigas disfrutando pero pensando que debería estar en otro lugar.

¿Qué le dirías a esas madres?

Para mí, el mensaje más importante si estás pasando por ahí es hacerte amiga de la culpa y entenderla, porque tiene una función: señalarte que hay algo que resolver. No tiene la función de hacerte rumiar todo el día. Es una señal, no un estado permanente. Yo cuento en el libro que por las noches, en la cama, éramos tres: mi marido, yo y mi culpa. Siempre estaba ahí, recordándomelo todo, y yo hacía ese pacto nocturno de "mañana será diferente". Pero si quieres resultados distintos y no sabes cómo lograrlos, hay que pedir ayuda o buscar soluciones distintas, porque si seguimos en la misma rueda, obtendremos siempre los mismos resultados.

¿Y qué pasa con quienes trabajan fuera de casa a jornada completa y sienten que, cuando llegan, todo el tiempo es para su hijo? ¿Dónde queda el espacio para ellas?

Esto se acusa mucho más en la mujer: la conciliación, la disyuntiva de renunciar o no, de dónde nos posicionamos, sabiendo lo importantes que somos para nuestros hijos y el tiempo que pasamos con ellos. Invito a trabajar esto, porque si no, se vive constantemente como un duelo, sin terminar de posicionarse. Y tiene que haber un hueco para una misma, porque no podemos cuidar de otros si no somos capaces de sostenernos a nosotras mismas. El autocuidado es una necesidad, no una opción. No podemos esperar a que alguien lo haga por nosotras. Pero en la maternidad suele desplazarse, y cuando se practica, muchas veces se hace desde la culpa. Aun así, como siempre digo: hazlo, aunque sea con culpa, porque es una necesidad biológica del ser humano.

¿Qué etiquetas y frases de las que siempre hemos escuchado repetimos a nuestros hijos sin querer?

Las etiquetas no describen, condicionan. Cuando la repetimos muchas veces, el niño acaba creyéndosela y se identifica con ella. El problema es que su cerebro no tiene capacidad de cuestionar lo que le decimos. Cuando una figura de referencia, como un padre, una madre o un maestro le dice que es desobediente o un desastre, el niño no piensa en que se estará equivocando, sino que no es lo suficientemente bueno. Los niños no ponen en duda el mensaje del adulto: siempre asumen que el problema son ellos. Y cuando empiezan a identificarse con eso, la mayoría de las etiquetas que nos pusieron de pequeños las arrastramos de adultos.

¿Y si lo hacemos sin ser conscientes?

Claro que nos vamos a equivocar y en algún momento se nos va a escapar una etiqueta, pero la clave está en intentar formular las cosas de otra manera. No es lo mismo decirle a un niño "eres un desastre" que "tu habitación está desordenada". Lo primero engloba mucho más, y cuando el niño lo interioriza, acaba comportándose como tal, arrastrándolo hasta la vida adulta. Hay que tener cuidado con las etiquetas, porque son muy fáciles de poner y muy difíciles de quitar. Y solemos quedarnos con la etiqueta sin ver a la persona, al niño que hay detrás.

¿Cuál es cái mayor reto de la educación: las pantallas o la falta de tiempo y conciliación?

Una cosa que absorbe a la otra. Uno de los principales retos de la educación hoy es el tiempo y la prisa. Vivimos corriendo desde por la mañana: para desayunar, para vestirnos, para llegar al cole, al trabajo, a las extraescolares, a los deberes... Una prisa para la que un cerebro infantil no está preparado y que es enemiga de la educación consciente: no nos deja crear momentos de conexión, de mirar y escuchar a nuestros hijos, que es lo que necesitan. Y si le sumamos las pantallas, entendemos por qué han cuajado tanto: la necesidad de hacer más lleva a usarlas mientras nosotros hacemos otras cosas. Pero la pantalla no es inofensiva. No podemos convertirla en una niñera, en algo que "cuida" al niño, porque lo perjudica.

¿Por qué es tan importante para el desarrollo del niño el juego libre y analógico, incluso el aburrimiento, frente al tiempo de pantalla?

Durante mucho tiempo se pensó en el juego como algo opuesto a aprender, una simple manera de divertirse. Hoy sabemos que es un auténtico motor del desarrollo cerebral: favorece las conexiones neuronales y construye habilidades como la creatividad, la concentración, la regulación emocional y la capacidad de resolver conflictos. Los niños necesitan tiempo para ser niños, y muchos tienen agendas imposibles de sostener. Muchas veces esas agendas responden a problemas de conciliación, pero lo cierto es que ya no juegan como antes.

¿Qué consecuencias tiene?

Un niño necesita tiempo para jugar, pensar, aburrirse, equivocarse, explorar y experimentar: es una necesidad suya y de su cerebro. Y la pantalla está sustituyendo ese tiempo de juego, porque siempre resultará más atractiva y estimulante que un puzzle, una cabaña o unas piedras, que exigen ir más despacio y con mucha más atención y concentración.

Nuestro hijo es el más guapo, el más listo, el más todo. ¿Crees que tanto elogio es una manera incorrecta de construir la autoestima?

Para mí el aliento fue todo un descubrimiento. Pensamos que estamos alentando a nuestros hijos, pero en realidad los estamos elogiando constantemente. Conocer la diferencia entre ambos lo cambia todo. Detrás de un elogio hay una búsqueda de aprobación: "qué bonito", "qué guapo", "qué listo". Pone el foco en el resultado y crea dependencia del reconocimiento externo, algo que no contribuye a una buena autoestima.

¿Cuál es la diferencia?

El aliento, en cambio, no es un juicio ni una aprobación: pone el foco en el esfuerzo y en el proceso, y fortalece la confianza interna. Si un niño nos trae un dibujo y le decimos "qué bonito, qué artista", solo conseguimos que dependa de nuestra opinión. El aliento hace lo contrario: "Has usado un montón de colores, ¿qué querías dibujar?, ¿a ti te gusta?". Es devolverle la pregunta para que sea él quien valore su propio trabajo. Los niños necesitan más aliento que elogios: es como el agua que ayuda a una planta a florecer. Genera autoconfianza y esa sensación de sentirse capaz construye una buena autoestima. Y esto nos pasa también a los adultos: seguimos buscando la aprobación externa exactamente igual.

¿Qué te preocupa y qué te da esperanza de la educación actual?

Soy muy consciente de que el momento actual muchas veces invita a bajar la persiana, pero para mí hay esperanza. Cada vez hay más conciencia, más mentes abiertas a mirar hacia dentro, a revisarse y a aprender. Me preguntan a menudo si ya es tarde, porque los hijos ya son más mayores o porque una misma cree que ha perdido el momento. Y nunca es tarde: ni para buscar soluciones, ni para hacer las cosas de otra manera, ni para revisarnos y reparar lo que llevamos dentro, ni para tratar con respeto a nuestros hijos y aprender a relacionarnos de una forma que refuerce la familia.

Uno de tus cuentos aborda la prevención del abuso infantil, un tema del que como sociedad preferimos no hablar. ¿Cómo se construye una herramienta así para que ayude a los niños a hablar, sin generar miedo ni alarma?

Es un tema vital, del que hay que hablar, aunque sea peliagudo y prefiramos ni pensar. Por eso me parecía tan importante contar con una herramienta que lo favoreciera. No es en absoluto un cuento invasivo, todo lo contrario, pero está ayudando muchísimo: prácticamente todas las semanas recibo mensajes de madres y padres contándome lo que sus hijos les han confiado. Los niños sienten esa puerta abierta para hablar, y aunque a veces no cuenten algo propio, sí se atreven a contar lo de algún compañero.

¿Tienes algún mensaje de alguna familia que te haya llegado especialmente, o que te haya hecho pensar "por esto es por lo que he elegido esta profesión"?

Tengo la suerte de haber construido una comunidad muy bonita. Cuando una madre se permite sanar heridas y revisarse, porque nadie nos ha enseñado, y no lo hace sola, sino que pide ayuda, es precioso verla florecer, darse cuenta de que es posible, y de que es la madre que su hijo necesita.

Preguntas abiertas

  • ¿Cómo equilibrar la jornada laboral completa con la crianza consciente?

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This article was originally published by El Mundo.

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