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Europa se está cociendo: ¿por qué no quiere aire acondicionado?
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El Mundo3/7/2026Salud5 min de lecturaSpain

Europa se está cociendo: ¿por qué no quiere aire acondicionado?

El Centro Cardiológico Monzino de Milán analiza los desafíos de la cardiología y el impacto de las altas temperaturas.

En resumen

  • El profesor Piero Montorsi del Centro Cardiológico Monzino de Milán defiende el uso del aire acondicionado para proteger a los mayores de 75 años de las olas de calor, desmintiendo prejuicios.
  • Destaca los avances tecnológicos en cardiología y la importancia de la superespecialización.

Resumen generado por IA

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Aldo Grasso Corriere della Sera

Historias Europa se está cociendo: ¿por qué no quiere aire acondicionado?

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El Centro Cardiológico Monzino de Milán es toda una institución en Italia, un hospital dedicado en exclusiva a la salud del corazón y los vasos sanguíneos. Al frente de su Departamento de Cardiología Intervencionista se encuentra el profesor Piero Montorsi, catedrático de Enfermedades Cardiovasculares en la Universidad de Milán.

Hijo y hermano de prestigiosos cirujanos, Montorsi apostó por la medicina interna y el corazón en una época en la que la cardiología dependía casi exclusivamente del ojo clínico y el estetoscopio. Hoy, en plena ola de calor estival, atiende a la prensa para analizar los desafíos de la especialidad, los avances tecnológicos y el impacto de las altas temperaturas en la salud de los más vulnerables.

El verano y las cada vez más frecuentes olas de calor ponen a prueba el sistema cardiovascular. ¿Qué consejo le daría a la población anciana?

Voy a decir algo que puede sonar provocador: habría que regalar un aparato de aire acondicionado a todos los mayores de 75 años. El aire acondicionado, bien utilizado, salva vidas. La idea de que es perjudicial es un prejuicio que deberíamos desterrar. Por supuesto, también es fundamental hidratarse bien, comer correctamente, no fumar y dormir lo suficiente. Pero vivir en un entorno adecuadamente refrigerado es vital.

Y si el corazón falla, ¿Cómo se actúa en un centro de alta especialización como el suyo?

En urgencias todo empieza en el triaje. Si es un infarto agudo, el paciente pasa directamente a la sala de hemodinámica para realizar una angioplastia. Si sospechamos de una disección aórtica, activamos el protocolo diagnóstico y quirúrgico en cuestión de minutos. En las urgencias médicas, el tiempo no es dinero: es supervivencia.

¿Qué hace tan especial al Monzino en el panorama médico europeo?

Nos dedicamos exclusivamente a las enfermedades cardiovasculares. En Italia no existe nada igual y, de hecho, en Europa y en el mundo este nivel de super especialización es muy raro. Centralizar los recursos nos ha permitido desarrollar un conocimiento extremadamente profundo en todo lo relacionado con el corazón y el sistema vascular.

El centro nació de la alianza entre un gran médico, Cesare Bartorelli, e Italo Monzino, un gran empresario (fundador de los emblemáticos almacenes Standa)? ¿Quedan hoy filántropos así?

Fue una historia maravillosa. Bartorelli, uno de los grandes cardiólogos del siglo XX, tenía una idea revolucionaria: reunir cardiología, cirugías y departamentos de investigación en un mismo espacio. Monzino, un empresario ilustrado, entendió de inmediato que no se trataba solo de construir un hospital, sino de dejar un legado civil al país.

Cuando el centro abrió sus puertas hace cuarenta años, la cardiología era completamente distinta.

No tenía nada que ver. El cardiólogo se fiaba sobre todo de la exploración clínica, de escuchar al paciente y de su propia experiencia. Hoy disponemos de tecnologías de imagen extraordinarias: ecocardiografía avanzada, TAC, resonancia magnética cardíaca... Podemos observar el corazón con una precisión que hace cuarenta años habría parecido ciencia ficción.

¿Qué ha pesado más en esta evolución: la investigación pura o el desarrollo tecnológico?

La investigación siempre va primero. Es la ciencia la que hace las preguntas y obliga a la ingeniería a desarrollar herramientas cada vez más sofisticadas para encontrar las respuestas.

En las últimas décadas se ha popularizado el TAC coronario. ¿Ha sido la gran revolución diagnóstica?

Sin duda. Es un examen radiológico no invasivo que permite visualizar el corazón y las coronarias en tres dimensiones. Se realiza en pocos segundos, se sincroniza con el electrocardiograma y ofrece una nitidez absoluta.

¿Y la cirugía mínimamente invasiva? Antes los periódicos abrían con titulares solemnes sobre operaciones a corazón abierto.

Aquello era una cirugía heroica, extraordinaria, pero sumamente agresiva: implicaba abrir el tórax, parar el corazón, sustituir sus funciones temporalmente con circulación extracorpórea y luego intentar reanimarlo. Hoy los riesgos se han reducido drásticamente. Podemos sustituir válvulas cardíacas a través de catéteres, sin abrir el pecho, o implantar endoprótesis vasculares. El paciente llega con el diagnóstico hecho, se le interviene y, si todo va bien, al día siguiente recibe el alta y se va a su casa.

Por curiosidad científica, ¿existe realmente el "morir de desamor" o de "pena", como en las novelas del siglo XIX?

El "síndrome del corazón roto" existe. Es una miocardiopatía por estrés emotivo severo. A diferencia del infarto, las coronarias no están obstruidas. La buena noticia es que, en la mayoría de los casos, el corazón recupera su función normal en unas pocas semanas.

Usted es hijo de Walter Montorsi, una leyenda de la cirugía digestiva en Italia, y sus hermanos siguieron esa misma senda. ¿Por qué prefirió la cardiología a los quirófanos de la cirugía general?

Me enamoré de la cardiología en la facultad. Además, en una familia llena de cirujanos, hacía falta alguien que recordara que la medicina interna existe. Mientras los demás estaban obsesionados con operar grandes tumores, alguien tenía que encargarse de las dolencias médicas del día a día.

Para terminar, usted es un firme combatiente contra el tabaquismo, y sé que tiene una historia personal muy ligada al 11 de septiembre.

Así es. El 11 de septiembre de 2001 yo volaba hacia Washington para un congreso. Mientras sobrevolábamos Escocia, nuestro avión fue obligado a dar la vuelta por los atentados de las Torres Gemelas. Mi mujer sabía que cruzaba el Atlántico y, al no tener noticias, pasó horas aterrorizada. Me confesó después que en ese milisegundo de pánico hizo un voto: si yo regresaba vivo, ella dejaría de fumar.

¿Y cumplió?

A rajatabla. Cuando aterricé, el hospital ya la había avisado de que estaba a salvo. Pero la promesa estaba hecha y con eso no se juega. Desde entonces no ha vuelto a tocar un cigarrillo.

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This article was originally published by El Mundo.

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