Mar de Marchis: The Enigmatic Woman Who Built a Media Empire from the Shadows
A book explores the true story of a mysterious figure who captivated journalists and shaped Spain's media landscape without ever revealing her true identity.
Se llamaba Mar y era abogada. También era representante de futbolistas y empresaria de origen siciliano. Vivía en Londres. Y en Madrid. En Barcelona. Vivía en Roma. ¿O era en Santa Pola? Se llamaba Mar, pero también se llamaba Chus. Y Shizuka. Y Bluevelvet. E Isabella. Y Jun. Y Libertad. Tenía un cuerpo despampanante y los ojos verdes. Y menudo culo... Y se movía de un lado a otro con la armonía de una bola de billar. Tenía treinta y pico. O cincuenta y muchos. Y sufría obesidad mórbida. Y agorafobia. Y tenía la cara desfigurada de sus tiempos en Siria. Dicen que era hija de Aznar. Aunque también se rumoreaba que era en realidad Paloma Gómez Borrero, la antigua corresponsal de TVE en el Vaticano. Quizás era sólo la novia del periodista Enric González. Qué narices, Mar era el propio Enric González.
Con ustedes, Mar de Marchis o lo que sea. Una gigantesca incógnita.
"¿Que quién era realmente? Ella era quien tú quisieras que fuera. Mar de Marchis era, por encima de todo, una fabuladora en serie", retrata Daniel Verdú (Barcelona, 1980), autor de La bola (Alfaguara), un libro que cuenta la historia real -si es que esto es posible- de una enigmática mujer que durante cerca de una década fisgó en las redacciones de toda la prensa española, sedujo a decenas de periodistas a través de las redes sociales, calentó a unos cuantos vía WhatsApp, promocionó a no pocos, concertó mil citas a las que nunca se presentó y se convirtió en una de las personas más influyentes en el ecosistema mediático del país sin que nadie supiera ni siquiera qué cara tenía. "Era sólo una voz. Una llamada de teléfono", escribe Verdú.
Por si ustedes no la ubican, Mar de Marchis era oficialmente la fundadora, impulsora y directora de Jot Down, una revista cultural de diseño exquisito con aires de The New Yorker, portadas para enmarcar, fotones en blanco y negro, textos colosales y entrevistas inagotables que logró reclutar a las mejores firmas del país pagando mucho más ego que pasta. Por sus páginas desfilaron Arturo Pérez-Reverte, Fernando Savater, Santiago Segurola, Ana Pastor, Iñaki Gabilondo, Manuel Jabois, Maruja Torres, Pedro Simón, Antonio Muñoz Molina, Soledad Gallego-Díaz, por supuesto Enric González... Y una lista gigantesca de promesas del periodismo que ella promovió desde la sombra mientras se permitía rechazar textos de Vargas Llosa o Javier Cercas.
Hubo un tiempo en el que si no escribías en Jot Down, no molabas. Un tiempo en el que el prestigio de las cabeceras tradicionales caía en picado, emergían entre ERE y ERE nuevos medios que se forraban a clics haciendo listas de cosas, blogs y foros en los que todo el mundo se creía Truman Capote y en el que una red social llamada Twitter llegó para engordar la vanidad de los periodistas, valga la redundancia.
"El planeta de la prensa tradicional estaba a punto de estallar y ella se había colocado en primera fila para recoger algunos asteroides que iban a salir despedidos en la deflagración", se puede leer en La bola, título que hace referencia al logo de la revista que servía como avatar de Mar de Marchis en sus redes sociales: una bola negra de billar con las iniciales de su publicación.
De repente, la bola aparecía en tu buzón de mensajes privados: "Hola, soy Mar".
"Yo nunca la vi físicamente y la conocí relativamente", admite Verdú, que fue contactado por ella por primera vez cuando trabajaba como corresponsal de El País en Roma (hoy trabaja para el mismo periódico desde París). "La he podido conocer mucho más después, hablando con la gente que tuvo contacto con ella, pero el resultado es un retrato muy poliédrico", cuenta el periodista, que dedicó tres años y medio a seguir el rastro de su protagonista. "Había una base común, era irónica, corrosiva, rápida e inteligente. Pero después había una Mar para cada persona que trató con ella. Ella era quien tú necesitaras que fuera. Para muchos fue una amiga, para otros una ayuda en el trabajo, para otros una especie de amante telemática, una madre... Tenía un talento especial para influir y para saber con quién hablar siempre que fuera útil a su maquinaria".
Por eso el libro no es sólo la radiografía de un personaje fascinante, es también la autopsia de una época excepcional y de un perfil de periodista, especialmente hombre, que cayó rendido a los encantos de una misteriosa mujer en el momento oportuno. Decenas de reporteros y columnistas de este país recibieron en sus teléfonos supuestas fotografías de Mar de Marchis que eran en realidad posados de una joven y rubia peluquera de Santa Pola amiga de la editora. De Marchis compartía en privado fotos de sus manos, de sus ojos, de su boca, de sus pies desnudos. Y al otro lado, caían babas de periodista. "Mar ya había prometido amor, o lo que fuera aquello, a tantas personas que incluso viejos amigos o afamados columnistas de la prensa española, algo mayores o muy jóvenes, discutieron o se pelearon entre ellos y estuvieron a punto de no volverse a hablar", cuenta Verdú. Muchos intentaron quedar con ella en persona. Mar nunca se presentaba. Uno de los colaboradores de la revista contaba que había tenido una noche de pasión con aquella irresistible mujer. Por supuesto, jamás la llegó a ver.
"Ella era quien tú necesitaras que fuera. Para muchos fue una amiga, para otros una ayuda en el trabajo, una amante telemática, una madre..."
De Marchis había ensayado su capacidad de seducción a principios de los 2000 en varios foros de internet, donde aprendió a cultivar su anonimato mucho antes de que los filtros fueran tendencia y la verdad, un asunto a debatir. Ahí se hacía llamar, sobre todo, Shizuka. También Bluevelvet o Isabella. En 2011 fundó su revista, primero online y luego también con una cuidada edición impresa. Llegó a tener una veintena de empleados y cerca de 80 colaboradores: apenas dos o tres la conocían en persona. En 2015, cautivó a Antonio Caño, entonces director de El País, para distribuir una versión reducida de la revista con el periódico. También había negociado con EL MUNDO. Su influjo en el Grupo Prisa fue tan grande que hasta convenció a Juan Luis Cebrián, CEO de la compañía, para que posara en una de sus portadas con un casco de Darth Vader mirando al infinito desde un despacho de la Gran Vía. Nadie se resistía a los encantos de una "hembra alfa" como Mar.
"Se formó a su alrededor un caos de tíos, todos encoñados con ella, y de gente que no tenía interés sexual, pero sí interés profesional", explica Daniel Verdú. "Todo el mundo tenía la sensación de que hablando con ella, le irían mejor las cosas: ella te iba a conseguir un puesto mejor o te iba a encargar un reportaje estupendo. Mar tenía la habilidad para darle a cada uno lo que necesitaba, para decirle lo que quería escuchar".
En todas las redacciones se hablaba de ella, pero su identidad seguía siendo una incógnita. Organizaba eventos a los que no asistía, presentaciones a las que no se presentaba, cenas que cancelaba en el último minuto. Pero el truco funcionaba. Al menos hasta que en 2017 el periodista Alfredo Pascual desmontó la farsa. Pese a las presiones de su entorno y de ella misma, Pascual reveló en El Confidencial que Mar de Marchis se llamaba en realidad María Jesús Marhuenda Irastorza, y era una empresaria alicantina que entonces tenía 49 años, divorciada y con tres hijos. Su físico no tenía nada que ver con las fotos de aquella sexi peluquera que circulaban por los iphones de media profesión. Días después, Marhuenda concedió una entrevista a Vanity Fair, la primera y última, en la que tampoco se dejó fotografiar, pero dio la versión de su propia fantasía. Explicó que sufría agorafobia y que había fundado la revista Jot Down para no volverse loca en su casa. Luego justificó su impostura: "Si yo hubiera llamado a Enric González y le digo: ‘Hola, me llamo Marhuenda, soy agorafóbica y voy a montar una revista, ¿quieres colaborar conmigo?’, nadie me habría dicho que sí".
González, periodista en El País y en EL MUNDO, fue una de sus primeras víctimas, pero también uno de los pocos que acabó teniendo un relación de amistad real con De Marchis. "Durante diez años mantuve con ella un contacto constante. Me refiero a varias conversaciones telefónicas diarias y montones de mensajes. Sin entenderla, creo que nunca me he entendido tan bien con nadie", escribió Enric González en el obituario que publicó en El País el 28 de mayo de 2022. Un año antes, Mar (o María Jesús) se había desplomado en una calle del centro de Roma, donde creía vivir en una peli de Sorrentino. Estuvo ingresada en coma hasta que falleció.






