Rescate en el Mediterráneo: La historia de Mohamed y la tortura en Libia
En resumen
El Open Arms rescata a 85 migrantes a la deriva en el Mediterráneo central, incluyendo a Mohamed, un joven somalí que huyó de Al Shabaab y sufrió torturas y extorsiones durante casi tres años en Libia antes de intentar llegar a Europa.
Resumen generado por IA
Por qué importa
La política europea de control migratorio externalizado hacia Libia ha sido denunciada por organizaciones de derechos humanos por reforzar estructuras vinculadas a la tortura y extorsión de migrantes, como documenta el caso de Mohamed.
Un aviso por radio alertó al barco de una embarcación a la deriva. Otro buque cercano había facilitado unas coordenadas, pero la localización no resultaba sencilla. Durante casi dos horas, las dos lanchas rápidas del Open Arms rastrearon un punto perdido del Mediterráneo central. Solo había oscuridad, viento y un mar de verano revuelto.
Tres días antes, una embarcación de madera había salido de la costa occidental de Libia con 85 personas a bordo. Después, los motores dejaron de funcionar. Desde entonces avanzaba sin rumbo.
Uno de los rescatistas señaló una luz en la distancia. Al principio parecía un pesquero. Conforme se acercaban aparecieron más puntos luminosos. Eran las linternas de los móviles que agitaban desesperadamente los ocupantes de la patera para hacerse visibles. Entre gritos de auxilio apareció la silueta de la embarcación. Era de madera, estaba detenida en medio de la nada y llevaba a 85 personas hacinadas que procedían de Somalia, Bangladés y Egipto. Entre ellas viajaban dos mujeres y varios menores no acompañados. Algunos apenas podían mantenerse en pie.
Cuando los equipos del Open Arms se identificaron como una organización de rescate española, intentaron transmitir tranquilidad. Durante la evacuación, uno de los jóvenes señaló a una de las mujeres y aseguró que era su hermana. Días después confesó que no existía ningún parentesco. Eran amigos. Habían decidido permanecer juntos porque en Libia habían aprendido que tenían que cuidarse unos a otros.
Durante los días posteriores apenas se separó del pequeño grupo de somalíes con el que había compartido cautiverio y viaje. Hablaba poco. Observaba mucho. Vigilaba constantemente a las dos mujeres que viajaban con ellos. Nos propuso contar su historia cuando el barco ya navegaba hacia Italia.
El joven escribía en somalí sobre la pantalla de un móvil. Una aplicación traducía sus palabras al español. Durante casi una hora reconstruyó un recorrido que había comenzado mucho antes de subir a aquella embarcación.
Al terminar pidió una hoja y un bolígrafo. Escribió despacio, con una letra pequeña y ordenada. Después dobló varias veces el papel antes de entregarlo. Mohamed —nombre ficticio para proteger su identidad, ya que parte de su familia continúa en Somalia— quería poner a salvo a los suyos. En la nota manuscrita que escribió a bordo del Open Arms resumió su historia. Explicó que huyó de Somalia por la inseguridad y las amenazas de Al Shabaab, el grupo que, según relata, asesinó a su padre. Aquella pérdida fue el motivo que le llevó a abandonar el país.
Nos pedía, que, utilizando su nombre real, se tramitara una petición oficial a nuestro gobierno para sacar a su familia de Somalia porque considera que continúa en peligro. Solo le prometimos que su historia saldría a la luz.
Hasta poco antes de abandonar Mogadiscio había sido estudiante. Pero en Somalia estudiar nunca significó vivir al margen de la guerra. Desde hace casi dos décadas, Al Shabaab mantiene una campaña de atentados, asesinatos, extorsiones y reclutamientos forzosos que continúa desestabilizando el país.
Mohamed asegura que todo cambió el día que asesinaron a su padre. Después llegó la huida. Atravesó Etiopía, Sudán y finalmente alcanzó Libia. Llegó hasta Kufra, un oasis situado en el extremo sureste del país, junto a las fronteras con Chad, Sudán y Egipto. Para miles de personas procedentes del Cuerno de África, ese lugar representa el final del desierto. También el inicio de otro infierno.
Mohamed asegura que fue capturado poco después de cruzar la frontera. Dormían hacinados sobre el suelo. La comida llegaba dos veces por semana y consistía, según recuerda, en las sobras que dejaban los vigilantes. El agua era turbia. Las palizas seguían siempre el mismo ritual: primero exigían los teléfonos de los familiares y después comenzaban las llamadas. Mohamed intentó proteger a su madre facilitando un número falso. Dice que descubrieron el engaño. Lo ataron de manos y pies y comenzaron los golpes. Aquella fue la primera vez que comprendió que en Libia el sufrimiento también tenía un precio. Las palizas no buscaban únicamente castigar. Tenían un objetivo: extorsionar.
Recuerda que antes de aplicarle descargas eléctricas mojaban el suelo de cemento. Después llamaban por teléfono a su madre y le hacían escuchar los golpes, los gritos y las amenazas mientras exigían dinero. Pagó, pero no todo. Prefiere no explicar cómo su madre consiguió reunir 4.000 dólares. El resto lo obtuvieron mediante la explotación laboral a la que sometían a quienes no podían pagar. Él, al menos, seguía vivo.
Años de tortura y miedo
Mohamed permaneció cerca de tres años en Libia. Durante ese tiempo pasó por distintos lugares de cautiverio, dentro de un sistema que Naciones Unidas, la Organización Internacional para las Migraciones, Amnistía Internacional y Médicos Sin Fronteras llevan años documentando.
En el sur y el oeste del país, grupos armados, traficantes y milicias han convertido el secuestro y la tortura en un negocio basado en la desesperación de quienes atraviesan el Sáhara con la esperanza de llegar a Europa. Las víctimas son golpeadas, privadas de agua y alimentos, sometidas a descargas eléctricas o violencia sexual mientras sus familias escuchan las agresiones por teléfono. En la cubierta del Open Arms, Mohamed todavía conservaba algunas cicatrices. Los videos conseguidos por EL MUNDO demuestran el testimonio de Mohamed. Escenas que difícilmente nadie querría enseñar, pero que nos pidieron que mostráramos.
La política europea de externalización del control migratorio hacia Libia ha sido denunciada durante años por organizaciones de derechos humanos y supervivientes de la ruta, que señalan que los recursos destinados al control fronterizo y a la cooperación con las autoridades libias terminan reforzando estructuras de poder vinculadas a un país donde continúan documentándose graves abusos,
Uno de los casos que ha generado mayor controversia es el de Osama Almasri Njeem, antiguo responsable de la prisión de Mitiga, en Trípoli, señalado por la Corte Penal Internacional por presuntos crímenes de guerra y contra la humanidad, incluidos tortura, violencia sexual y asesinatos. Su detención en Italia en 2025 y su posterior puesta en libertad, facilitada por Italia incluso con un avión para regresar a Libia, provocaron indignación.
Otro de los nombres vinculados a las estructuras de poder de Trípoli es Abdel Ghani al-Kikli, conocido como Gheniwa, líder de la Stability Support Authority, una milicia integrada posteriormente en estructuras oficiales de seguridad y señalada por Amnistía Internacional por abusos contra personas detenidas y migrantes. Gheniwa acabó tiroteado por un clan rival en Tripoli el año pasado.
Para activistas como David Yambio, superviviente de la detención en Libia y fundador de Refugees in Libya, esta es la contradicción central de la política europea: mientras la UE y algunos gobiernos, especialmente Italia, han convertido a actores libios en interlocutores para frenar las salidas hacia Europa, las víctimas denuncian que esas mismas estructuras están relacionadas con la violencia que sufren.
Las sanitarias que detectan la tortura
Paula de la Fuente, médica de Familia y Comunitaria especializada en migraciones y atención integral a supervivientes de tortura, fue la responsable sanitaria de la misión 129 del Open Arms donde rescataron a Mohamed. La voluntaria forma parte del Centro SIRA, especializado en la documentación médico-legal de víctimas de tortura. Junto a ella, Rita, la enfermera que no dejó de cuidarles y Said, el mediador socio-cultural cuya figura es fundamental en las misiones .
«La sospecha clínica nunca surge por una sola lesión», explica. «La valoración consiste en integrar el relato de la persona, la exploración física, las secuelas psicológicas y el conocimiento que existe sobre los métodos de violencia documentados en ese contexto».
Durante el rescate, el equipo realiza una primera evaluación en la que se buscan lesiones físicas y señales psicológicas. «Encontramos con frecuencia cicatrices lineales compatibles con golpes repetidos con cables o barras metálicas, quemaduras, lesiones por ataduras, fracturas mal consolidadas o alteraciones musculoesqueléticas derivadas de traumatismos y posiciones forzadas mantenidas durante largos periodos», explica.
Pero las heridas físicas son solo una parte. «La ausencia de lesiones físicas nunca demuestra que no haya existido tortura», insiste. También aparecen miedo intenso al contacto físico, hipervigilancia, bloqueos emocionales...
«Hemos atendido a personas de Sudán, Eritrea, Etiopía, Somalia, Siria, Bangladés o Costa de Marfil. Habían recorrido rutas diferentes y habían permanecido en centros de detención distintos. Describían secuencias de violencia extraordinariamente similares».
La médica recuerda que muchas víctimas no identifican lo ocurrido como tortura. «Cuando les preguntas, algunas responden que eso le ocurría a todo el mundo». Por eso defiende que las entrevistas deben realizarse sin prisas y con profesionales formados en trauma. «La identificación de una víctima de tortura requiere tiempo, formación específica y un entorno que genere confianza».
Como resume la médica, muchas personas llegan a Europa después de sobrevivir a procesos de violencia prolongados. «Abordar su sufrimiento requiere una mirada integral, que contemple la dimensión médica, psicológica, social y jurídica, y que reconozca la historia completa de cada persona más allá de su llegada».
Preguntas abiertas
- ¿Qué medidas concretas tomará el gobierno español ante la petición de Mohamed para su familia?
- ¿Cómo se abordará la contradicción entre la política migratoria europea y los abusos en Libia?





