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25 años de la cumbre del G-8 de Génova: un trauma que marcó a una generación
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25 años de la cumbre del G-8 de Génova: un trauma que marcó a una generación

L'essentiel

  • La cumbre del G-8 de Génova en 2001, que cumple 25 años, es recordada por la muerte de Carlo Giuliani, la brutal irrupción policial en la escuela Díaz y las torturas en el cuartel Bolzaneto.
  • Estos eventos, que resultaron en condenas del TEDH a Italia, marcaron a una generación y expusieron fallas en la gestión del orden público y la legislación contra la tortura.

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La cumbre del G-8 de Génova en 2001 fue escenario de graves incidentes, incluyendo la muerte de un manifestante, brutalidad policial y torturas, lo que llevó a condenas del Tribunal Europeo de Derechos Humanos contra Italia. Estos eventos marcaron el fin de la inocencia para una generación y expusieron deficiencias en la legislación italiana contra la tortura.

Taille de police

Esta semana se han cumplido 25 años de una de las páginas más negras de la historia reciente italiana: la cumbre del G-8 de Génova entre el 19 y el 22 de julio de 2001. Mencionarla evoca de inmediato imágenes y hechos dramáticos. El primero, la muerte de Carlo Giuliani, de 23 años, aquel 20 de julio, por el disparo de un agente de los Carabinieri en medio de graves incidentes. También la brutal irrupción de la policía la noche del 21 en la escuela Díaz, donde pernoctaban grupos de manifestantes, y que además era el centro de prensa del Genoa Social Forum. Al menos 82 personas resultaron heridas, a golpes y porrazos. Escenas de “carnicería mexicana” o de “una matanza de atunes”, tal como dijo en el juicio uno de los agentes.

La memoria sigue con las torturas denunciadas en el cuartel Bolzaneto, convertido en cárcel provisional, y a donde fue llevado medio millar de personas, o 250 según la versión oficial. Todo ello ha merecido condenas a Italia por torturas del Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) de Estrasburgo. Pesa como una losa la conclusión de Amnistía Internacional: “Fue la más grave suspensión de derechos democráticos en un país occidental después de la II Guerra Mundial”.

Para toda una generación significó el fin de la inocencia. “Ha quedado en la memoria como una gran herida”, admite en conversación con EL PAÍS el historiador y politólogo Giovanni Orsina, de la universidad LUISS Guido Carli de Roma, que entre otras cosas ha estudiado la era de Silvio Berlusconi, quien entonces acababa de llegar al poder. Lo ocurrido en Génova ha marcado la desconfianza hacia la policía en Italia, un fantasma que resurge periódicamente ante casos de abusos policiales, como se ha podido ver aún esta misma semana en el suceso de Bolonia, con la polémica muerte de un detenido inmovilizado por agentes. Quedó como un estigma del modo en que la derecha gestionaba el orden público, que aún pesa hoy sobre Giorgia Meloni. Orsina opina que en 2001 la policía no estaba preparada para aquel tipo de protesta, pero luego ha aprendido y ha cambiado porque la sociedad italiana lo juzgó “inaceptable”.

La propia elección para la cumbre de Génova, con una geografía encajada entre el mar y la montaña, fue un error, pero el planteamiento de seguridad fue un despropósito: se estableció la llamada “zona roja”, un área inexpugnable donde tuvo lugar la cita oficial. Fuera, entre 200.000 y 300.000 manifestantes de decenas de países, más de un millar de colectivos, desde boy scouts católicos a agrupaciones de extrema izquierda, que creían que “otro mundo es posible”, lema de la protesta. Entre ellos se infiltraron elementos violentos, conocidos como black bloc. La ciudad se convirtió en una batalla campal, con cargas indiscriminadas y lacrimógenos contra manifestantes y periodistas.

Entre los testimonios que estos días han salido a la luz está el del agente que disparó a Giuliani, que era otro joven de 20 años, Mario Placanica. No llevaba ni un año en el cuerpo y estaba en un jeep que fue atacado por algunos manifestantes, entre ellos Giuliani con un extintor en las manos, la dramática imagen que ha quedado en el recuerdo. “Ese día morí yo también”, ha dicho en una entrevista a La Repubblica. Dejó el cuerpo en 2005, no tuvo juicio, la acusación se archivó por uso legítimo del arma y legítima defensa. Según la reconstrucción judicial, disparó al aire, pero un proyectil golpeó en una piedra lanzada en ese momento y se desvió sobre la cabeza de Giuliani. Aun así, ni él ni la familia del fallecido están convencidos de la versión oficial. La hermana de Giuliani, Elena, aún acusa a “fuerzas del orden, gran parte de los medios, parte de la magistratura, un parte consistente de la política, que no ha afrontado la cuestión a fondo”. Ha quedado como otro asunto turbio italiano más.

Igual de oscuro fue el periplo judicial de los hechos denunciados en la escuela Díaz y en el cuartel Bolzaneto. Solo en 2010 fueron declarados culpables de falso testimonio 25 de los 28 agentes acusados de violencia en el colegio, pero el resto de delitos violentos habían prescrito. En el cuartel quedaron demostradas torturas y trato degradante, privación de sueño, agua y comida, y por fin en 2013 el Tribunal de Casación, equivalente al Supremo, sentenció graves violaciones de derechos humanos por una “masacre injustificable”, pero con solo siete condenas leves, sin prisión, de un total de 45 acusados.

La ligereza de las penas en ambos casos se debía a algo asombroso: Italia no tenía aún una ley contra la tortura. El TEDH condenó luego al país y le conminó a dotarse de una, cosa que por fin hizo en 2017, 30 años después de haber ratificado la convención de la ONU contra la tortura. Con todo, muchos de los responsables fueron ascendidos e incluso llegaron a altos cargos. El controvertido jefe de la policía de aquel año, Gianni de Gennaro, llegó a ser presidente de Finmeccanica, la empresa pública de defensa. Filippo Ferri fue nombrado jefe de policía de Como el año pasado. Gilberto Caldarozzi, número dos de la Dirección de Investigación Antimafia.

Trauma para una generación

El G-8 de Génova es un trauma para una generación. Es un símbolo de una batalla política del cambio de siglo, la del movimiento antiglobalización, nacido en Seattle en 1999 ante la euforia de una nueva era de capitalismo sin límites tras la caída del comunismo, pero que luego fue arrollado por la historia. Mes y medio después fueron los atentados del 11-S y el mundo cambió para siempre.

Por eso, a medida que se acercaba el aniversario, se ha debatido más sobre ello en Italia. Muchos de quienes entonces estuvieron allí se han dado cuenta de que han pasado 25 años y se han preguntado por sus utopías. “No hay un solo cómic mío, película, serie, en el que no haya al menos una referencia a Génova”, ha confesado el popular dibujante romano Zerocalcare, de 42 años y que fue allí con 17, muy comprometido políticamente en su obra. “Probablemente es un tema que no archivaré nunca, para mí fue una línea del paso de la infancia a la edad adulta”, ha concluido. Cree que fue un momento de “desafío” que luego no se repitió y ahora ve la sociedad civil “sustancialmente muerta”.

Visto con perspectiva, lo cierto es que en aquel momento se plantearon ya muchas cuestiones políticas que hoy son muy actuales. “Ahora se puede tener una visión más objetiva: fue un gran movimiento que atravesó todo Occidente, quizá el último gran movimiento a esa escala global, que construyó un lenguaje comprensible para todos y para personas muy distintas”, opina Luca Casarini, uno de los líderes visibles del movimiento de protesta, en conversación con este diario. Ahora tiene 59 años y dirige la ONG Mediterranea Saving Humans, dedicada al rescate de migrantes en alta mar. Cada uno de los protagonistas de aquellos días ha seguido la batalla por su cuenta.

Casarini considera que en 2001 su movimiento planteó problemas que hoy “tenemos delante de los ojos”. “No se trata de decir que teníamos razón, pero anticipó cuestiones como el cambio climático, la inmigración, la desigualdad, el poder de las oligarquías, el neoliberalismo extremo, la globalización solo basada en el mercado… Y también pedía más democracia, veía los riesgos que hoy comprobamos, cómo se está destruyendo el derecho internacional. La reacción del poder a una crítica que era muy radical pero también muy sensata fue una violencia nunca vista, la aniquilación militar del disenso”. El otro rostro de la protesta, el médico Vittorio Agnoletto, ha señalado que la represión “marcó a una generación en términos de derrota cultural, y a partir de entonces se impuso la hegemonía del individualismo”.

Es un análisis que, pasado el tiempo, ha encontrado consenso incluso entre quieres entonces eran escépticos. “En aquel momento aquello me parecía una cosa fuera de su tiempo, de la izquierda radical de los años sesenta y setenta. Sin embargo, hoy tengo que reconocer que estaban anticipando dificultades y límites del futuro, de la globalización”, reconoce Orsina. “Lo interesante es que si entonces fue la izquierda la que diagnosticó bien el problema, es la derecha populista la que luego ha capitalizado ese malestar. La izquierda no fue capaz”. Señala como ejemplo, en la estela de Génova, el movimiento 15-M en 2011 en España y el nacimiento de Podemos (Pablo Iglesias era uno de aquellos jóvenes que fueron al G-8, con 22 años, como el griego Alexis Tsipras, futuro líder de Syriza), que luego “no ha conseguido crear una identidad duradera”.

El trauma G-8 siguió en la memoria como un tabú. La película Díaz. No limpiéis esta sangre, de Daniele Vicari, un relato de lo ocurrido que recibió el premio del público en el festival de Berlín en 2012, tuvo que hacerse en Rumania, donde se reconstruyeron con decorados las calles de Génova, porque las autoridades italianas no dieron permiso para rodar en la vía pública. Vicari ha contado que hizo la película al ver los gritos de una chica alemana escandalizada, diciendo que nunca en su vida volvería a Italia, como si fuera un país salvaje. “Nos hizo comprender que ese país era el nuestro”, ha dicho.

En 2006, cuando cayó el Gobierno de Berlusconi, no hubo mayoría parlamentaria para aprobar una comisión de investigación, aunque fue una promesa del Gobierno de centroizquierda de Romano Prodi. El Estado italiano nunca ha condenado públicamente las violaciones de derechos humanos de Génova ni ha pedido perdón oficialmente a las víctimas. La UE aún reclama a Italia que introduzca códigos de identificación en los casos de los agentes antidisturbios.

En 2017, el nuevo jefe de policía, Franco Gabrielli, reconoció sin rodeos que en Bolzaneto hubo torturas y habló por fin de forma clara para asumir la verdad y defender una policía moderna: “Génova fue una catástrofe. Una infinidad de personas sufrieron violencias que marcaron sus vidas. En estos años no se ha reflexionado lo suficiente”. Son palabras que en 2026 a muchos italianos aún les parecen actuales.

Questions ouvertes

  • ¿Por qué el Estado italiano nunca ha pedido perdón oficialmente a las víctimas?
  • ¿Se implementarán códigos de identificación para agentes antidisturbios en Italia?
  • ¿Cómo evolucionará la desconfianza hacia la policía en Italia?

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This article was originally published by El País Internacional.

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