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El miedo, el fantasma que persigue a la política occidental
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El País Internacional23/06/2026Politique5 min de lectureSpain

El miedo, el fantasma que persigue a la política occidental

L'essentiel

  • El miedo, legado de crisis económicas, impulsa el ascenso de la ultraderecha en Occidente y debilita a los partidos de centro.
  • En Reino Unido, Keir Starmer enfrenta críticas por su gestión y políticas migratorias, mientras se vislumbra un posible relevo con Andy Burnham.

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“Mi madre dio a luz gemelos: yo y el miedo”. La frase es de Thomas Hobbes: la madre del filósofo inglés estaba aterrorizada por la llegada de la Armada española.

Cinco siglos después, el miedo sigue vigente en la política británica, y en casi todo Occidente. Todo lo que ocurre hoy tiene su origen político en 2008: las grandes crisis económicas mal resueltas producen monstruos, y el más fiero de esos leviatanes es el miedo. La Gran Recesión dejó como legado una inestabilidad formidable y el imparable ascenso de la ultraderecha, otra manera de nombrar ese cruce de miedo y resentimiento tan propios de esta época. Y de retruque provocó el descalabro de los partidos del centro político: liberales, conservadores y socialdemócratas, que lidiaron mal con aquella crisis, no levantan cabeza.

La Francia de Macron acumula ocho primeros ministros en ocho años, y la ultraderecha roza el 40% en las encuestas. En Alemania, la gran coalición se cae a pedazos, con la popularidad de Merz por los suelos y los ultras como primera fuerza. Y el centroziquierda europeo parece el protagonista de aquella película de los años cincuenta, El increíble hombre menguante.

El último capítulo de esa historia se rueda en Reino Unido, que hace solo un siglo pugnaba con Estados Unidos por la hegemonía global. Hoy su economía languidece. Su política está hecha unos zorros: van seis primeros ministros en seis años, y también allí los ultras van mandando en los sondeos. Aquel miedo de Hobbes, unido a cierta nostalgia posimperial, explica muchos de los errores que aceleran ese abrupto declive, empezando por el Brexit. Y acabando por Keir Starmer.

Exitoso abogado de derechos humanos y exfiscal, Starmer llegó al Parlamento en 2001. Procedía de un entorno obrero; clase media del norte de Londres. Barrió tres lustros de desastres tories en 2024 con una campaña en la que se presentó como el hombre tranquilo, capaz de gestionar la ingobernable cocina política de Westminster. Con ese peculiar estilo soso cosechó una de las mayorías más amplias desde las guerras mundiales. Y justo ahí empezaron los achaques de una enfermedad que aqueja a toda la socialdemocracia: Starmer no ha dejado de titubear. Incumplió su promesa de estabilidad. Protagonizó constantes cambios de estrategia. Ha sido un quiero y no puedo, incapaz de devolverle el lustre a la economía. Se encontró, eso sí, una herencia envenenada en el plano fiscal y un PIB estancado. Y en el plano exterior, con las dificultades inherentes al lanzallamas de Trump. Pero acumuló errores no forzados, como los malos tenistas.

En su primer presupuesto recortó las ayudas energéticas a los pensionistas pobres y hundió su popularidad. No fue capaz de acometer reformas audaces. Nombró como embajador en Washington a Peter Mandelson, con un papel estelar en los papeles de Epstein. Traicionó a su electorado con políticas migratorias propias de la ultraderecha. Y ha sido incapaz de articular una visión de su proyecto político, y de controlar su partido tras los primeros reveses electorales.

Le sucederá Andy Burnham, el rey del Norte. La socialdemocracia tiene un amplio historial de remontadas que contrasta con los réquiems que le dedican las urnas a cada poco: Burnham destaca por su capacidad para conectar con los votantes y por una gestión aseada en Manchester. Sus recetas tienen un inconfundible aroma a Tony Blair; dicen los politólogos que si el centroizquierda quiere resucitar no debería volver a percutir en la discutida Tercera Vía. Quizá el modelo a seguir sea más parecido al alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, o al primer ministro australiano, Anthony Albanese, que hablan abiertamente de redistribución y de recuperar poder adquisitivo. Ese no parece el perfil de Burnham, que se ha comprometido a respetar a rajatabla las reglas fiscales para contentar a los mercados de bonos; que promete no subir el IRPF y el IVA e incluso rebajar las cotizaciones sociales; que estudia perforar el mar del Norte en busca de petróleo pese a las advertencias de los verdes; que promete regular el agua, la energía o los ferrocarriles, pero rechaza de plano nacionalizarlos. Se ha mostrado partidario de ir “más lejos” contra la migración irregular. Es difícil saber qué puede ser ese más lejos: Starmer era partidario de alojar a los irregulares en campos de concentración fuera del Reino Unido.

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This article was originally published by El País Internacional.

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