Gerardo Contreras, el fotógrafo que inmortalizó la historia de España
L'essentiel
- El legado de Gerardo Contreras, fotógrafo nacido en 1902, abarca más de 200.000 imágenes que documentan la historia de España desde 1924 hasta su muerte en 1971.
- Su obra, que incluye la Guerra Civil y la posguerra, se encuentra digitalizada y disponible.
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El siglo pasado fue el primero en ser fotografiado de principio a fin. La historia, desde entonces, se cuenta a modo de imágenes, iconos que han terminado dando forma, tamaño y medida al mundo actual. En nuestro caso, una foto fija sigue ocupando el marco temporal. La Guerra Civil, tantas veces desenfocada, marcó para siempre a una generación de fotógrafos destinados a inmortalizar su propia historia. Nacidos en el primer cuarto del siglo XX, fueron testigos de unos acontecimientos que sufrieron en primera persona y nunca pudieron borrar. Su mirada no siempre fue la más adecuada para el momento político y social que estaban viviendo, por eso, su testimonio gráfico sigue siendo hoy imprescindible.
Uno de los legados más completos que se conserva de esta obra colectiva es el de Gerardo Contreras (1902-1971), con más de 200.000 imágenes restauradas y digitalizadas en el Portal de Archivos de la Comunidad de Madrid. La colección, que abarca desde 1924 hasta el año de su muerte y que ahora está a disposición de cualquiera que tenga interés por observar nuestro pasado reciente, se compone tanto de su obra particular como de la de su agencia, por lo que cuenta con colaboraciones en los principales medios gráficos españoles e internacionales del momento.
Contreras siente desde muy pronto la llamada de la prensa gráfica. Deja su Coruña natal para trabajar como aprendiz en Madrid. En 1916, con tan solo 14 años, inicia su carrera como ayudante de fotografía en La Tribuna, diario germanófilo que cubre la Primera Guerra Mundial. Poco después, comienza a retratar la sociedad aristocrática de los años 20. Lo hace en grupo, pero también consigue algunos de los principales perfiles políticos de la época, con el general Primo de Rivera o Alfonso XIII a la cabeza. Nunca ocultó el reverso de aquella época de la que mostró su declive, sobre todo, a través del impacto profundo de la guerra de Marruecos y de la recta final de la monarquía.
Con la llegada de la Segunda República, Contreras, como otros grandes fotógrafos y periodistas, experimenta un gran cambio y logra captar la esencia del momento, la fuerza de un nuevo y pujante mundo urbano en plena transformación. Narra el triunfo de la sociedad de masas, su despliegue en la calle, en las plazas, en una nueva visión de la arquitectura y de los espacios abiertos. En 1926 recibe el encargo, junto a sus compañeros Marín y Alfonso, de realizar un proyecto para la implantación de la telefonía en España. Consigue así el capital suficiente para crear, junto a su amigo Alejandro Villaseca, su propia agencia, Contreras y Villaseca, que se convertiría en suministradora de material gráfico de los principales periódicos madrileños en esta época, como Estampa o Ahora, donde compartirían cartel nombres como Alfonso, Calvache, Campúa, Díez Santos, Marín o Santos Yubero.
Ahora, fundado por Luis Montiel y Manuel Chaves Nogales, sale a la luz en diciembre de 1930, justo en plena sublevación de Jaca. La agencia no solo cubriría los hechos, también el juicio posterior de forma excepcional. Contreras se mantiene en primera línea, no para de trabajar. Es, prácticamente, el único testigo del proceso al general Sanjurjo en el Tribunal Supremo. Cubre también el reportaje del juicio a Largo Caballero, que, en 1935, realiza la periodista Josefina Carabias. A pesar de todo, sigue muy pegado a la calle, no quiere dejar de contar aquellos otros cambios más profundos, como el voto de la mujer y su incorporación al trabajo, a la vida pública española. Son momentos de una gran efervescencia, cultural, social, deportiva... pero, de pronto, el escenario del fotógrafo se vuelve totalmente oscuro.
Recibe una breve llamada y se dirige al domicilio de Calvo Sotelo, el diputado acaba de ser asesinado. Fotografía a las primeras autoridades que van llegando y todas las pesquisas de una investigación policial que narra minuto a minuto. Las imágenes transmiten la gravedad del momento, el cadáver ensangrentado, petrificado en la camilla, la tensión irrespirable del sepelio. Una escena sobrecogedora a la que sigue, con muy pocas horas de diferencia, otro asesinato, el del teniente Castillo. Las coordenadas de la guerra, aunque ya estaban fijadas anteriormente, romperían de un plumazo la convivencia, la vida en común, dividiendo las fuerzas armadas, la población y el territorio en dos mitades.
LA GUERRA, DE LADO A LADO
Contreras se convierte en fotorreportero bélico. Trabaja mucho para Ahora, que convierte la sección «Crónicas gráficas» en el primer escaparate de guerra de la zona republicana. Recoge la movilización del Madrid miliciano y asiste al asedio del alcázar de Toledo, con algunas instantáneas de las voladuras en las que resuena todavía la onda expansiva. Pero su posición, como la de la mayoría de sus compañeros, está cuestionada y no es nada fácil. Contreras ocupa, desde principios de 1936, la vicepresidencia de Unión de Informadores Gráficos de Prensa (UIGP), con sede en el Palacio de la Prensa de Callao.
Tras el comienzo de la guerra, el periódico pasa a ser dirigido por un consejo obrero de la propia rotativa que destituye a su director Luis Montiel, aunque Chaves Nogales continuó al frente del mismo hasta el mes de noviembre de 1937. Contreras es cesado como reportero, acusado de «desafección a la República». Su agencia comienza a colaborar con los semanarios Fotos y Vértice, dos de las principales publicaciones que Falange pone en marcha para controlar la propaganda de guerra. Realizan la misma cobertura de la información gráfica del frente y la retaguardia sublevada, en la que colaboran con Diéz Santos, Ángel Jalón o el famoso Campúa. Se mueven prácticamente por todas las grandes campañas, el norte, Aragón y Cataluña, sin perder de vista el interior del propio Madrid.
Contreras sigue pensando en la capital. La mañana del 27 de marzo de 1939, se incrusta con su cámara en las primeras columnas que alcanzan las afueras de la ciudad. Al día siguiente, están en el mismo centro donde son recibidos por la multitud que celebra el final de la guerra. Retorna a aquel paisaje lunar de la Ciudad Universitaria atravesado de trincheras y obuses por el que había corrido al principio de la guerra para inmortalizar la entrada de las tropas que han estado más de dos años esperando ese momento; pero no hace la foto oficial de una entrada marcial, capta la alegría del momento, especialmente entre la gente joven. Muestra incluso a chicas que abrazan y besan a los soldados, una confraternización que no superó la censura militar.
Desde entonces no dejará de trabajar para Arriba, el periódico falangista dirigido por José María Alfaro, quien ha pasado toda la guerra en Madrid y que, junto a Valdés Larrañaga y bajo los parámetros de la Jefatura de Prensa y del propio Serrano Suñer, reestructuran la información de postguerra. Contreras vuelve a su ciudad y a su oficio. Quiere contar cómo es la vida cotidiana en esa «ciudad de un millón de muertos», como la describe el poeta Gerardo Diego, al que retrata para la revista Escorial.
Busca escenas a contraluz que, como los seriales de la radio, sirvan de escape y faciliten el olvido de todo lo que han pasado. Encuentra un lugar, entre la propaganda y la acción, para mostrar el rostro humano de la interminable posguerra: el reencuentro, los amigos, la juventud, es ahí donde coloca el foco de su lente que convierte en estatua de sal todo lo que mira al pasado. Pero no puede modificar la realidad, ni volver al tiempo anterior a la guerra, por mucho que encuadre las cartillas de racionamiento, el hambre, los hospitales de inválidos o los grandes y superpoblados penales de posguerra.
Entonces llega la noticia del Desfile de la Victoria. Y quien mejor que él para participar en el reportaje oficial de la parada, que inmortalice el triunfo y la figura de Franco. Sabe que aquel es un escenario irrepetible que nunca más va a poder grabar. Los decorados de cartón piedra, las luces, los planos de la aviación, las unidades militares serpenteando por las calles de una ciudad convertida en nuevo escaparate político, cuyo plan de reconstrucción iba a servir de modelo a todas las demás.
Canon oficial que Contreras ayuda también a forjar entre el mundo de la universidad, las academias y las embajadas gracias a la agenda del Instituto de Cultura Hispánica del que forma parte. Para entonces dirige en solitario la agencia, que no para de ampliar su trabajo, sobre todo con la extensión de la Segunda Guerra Mundial. Del conjunto de imágenes que guarda del gran conflicto, destaca el intercambio de prisioneros de guerra entre el Eje y los Aliados que se produce en el puerto de Barcelona en 1943, una serie que termina con la llegada de la penicilina a España un año más tarde.
DEL BLANCO Y NEGRO AL COLOR
Para entonces es fotógrafo de la casa civil de Franco. Todo el mundo que pasa por las recepciones de El Pardo quiere retratarse allí; es un auténtico desfile de personalidades, mezcla de miembros destacados de las familias del régimen y de celebrities, nacionales e internacionales, del momento. Al mismo tiempo que fomenta esta imagen muy cuidada del jefe de Estado, Contreras va creando otra más cercana y humana que había aprendido y ensayado en la fotografía de empresa en la que se había formado años atrás. Una apuesta estética continuada por el color, el turismo y la prensa rosa de los años 60.
La vida social de famosos, sobre todo de las estrellas del cine mundial que ruedan en España (Gina Lollobrigida, Sophia Loren, Orson Welles, Charlton Heston...), seguidas por el fútbol y los toros, claro, pero también el ciclismo, la hípica o las carreras de motos; pero, sobre todo, su imagen está presente en una larga crónica de sucesos en los que los diarios envolvían la vida cotidiana en el franquismo. No en vano, estas fotografías, que constituyen la mayor parte del fondo, reflejan su actividad como reportero gráfico de Arriba, diario para el que estuvo trabajando más de 30 años. Los temas, los enfoques de su cámara nunca se reducen, parecen infinitos, ya que Contreras absorbe cualquier evento de interés informativo durante toda su vida.
Poco antes de fallecer, en 1971, acaba de recoger el homenaje a los astronautas del Apolo XI que habían llegado a la Luna y estaba trabajando en un reportaje sobre las nuevas autopistas de las grandes ciudades. Contreras, por encima de todo, fue el gran fotógrafo de Madrid, de sus calles y de su gente, durante más de medio siglo. Su oficio ha quedado grabado en cientos de miles de rostros, de momentos y escenas que componen nuestra historia.





