La transformación de Pamela Anderson: entre la autenticidad y el postureo
L'essentiel
Pamela Anderson, de 57 años, ha reinventado su imagen, abandonando el maquillaje y los implantes, pero su nueva actitud plantea dudas sobre su autenticidad y estrategia de marketing.
Résumé généré par IA
De unos tres años a esta parte no hay festival internacional de cine que se precie que no cuente con una irreconocible Pamela Anderson sobre la alfombra roja. Digamos que se trata de una Pamela posmoderna, una versión neofeminista de la barbie que fue en los 90 y que la hizo tan rica como le pasó una elevada factura personal. "Hoy, salvo el cabello rubio, las tetas y los zapatos de plástico, todo es de verdad", dice en broma de sí misma en esta nueva etapa sin maquillar y con ropita oversize. Por un lado resulta loable que alguien de aspecto tan al gusto de los tíos -gays y heteros- se deje al fin en paz a sí misma, pero por otro, esta nueva actitud tan bienqueda suena a estrategia de márketing, a puro postureo para contentar a las nuevas generaciones. La canadiense, de 57 años, tiene un nuevo discurso pero, ¿es realmente el suyo o el de su actual agente, su repre, su estilista y su peluquero? Pam dice que ya no se pone eyeliner en honor a su maquilladora muerta, que no sólo ha dejado de hacerlo por liberarse de las inclemencias estéticas que marca Hollywood. Eso sí, una cosa es que ya no se pinte las cejas ni se perfile los labios, pero a cara exactamente lavada no va. ¡Y no pasa nada! Ese es su relato. El de víctima del heteropatriarcado de finales del siglo XX que resurge en el XXI de sus implantes. En el mismo arranque que tuvo Jane Fonda a principios de 2000, Pamela se quitó las prótesis mamarias para volver a ponérselas, aunque más pequeñas, poco tiempo después. Llegó a odiar su personaje de C.J. Parker, la rubia despampanante de Los vigilantes de la playa, pero lo mismo que la repudia hoy le está tremendamente agradecida. A lo largo de los años han mantenido ambas una relación tóxica, aunque sin llegar a los niveles de la que tuvo con el que fue su marido y padre de sus hijos, el músico Tommy Lee. Por su culpa llegó al punto más bajo de su carrera y no tanto cuando le llevaba desnuda la tarta de cumpleaños a Hugh Hefner en calidad de su playmate favorita. Tras sus más de 12 portadas en Playboy y la filtración de su vídeo sexual en internet muchos la hicieron responsable de la popularización del porno casero, incluso de una nueva ola de la hepatitis C que contrajo al compartir agujas de tatuaje con su ex. Pasados los años más duros de lapidación, nuestra María Magdalena sobrevivió participando en realities mediopeleros hasta que un documental y un libro de buena factura que llevaban por título Pamela, a Love Story hicieron que los directores más jóvenes se fijaran en ella y en su triste historia y encontraran magia en su apariencia entre campesina dulce y guardia policial del Tercer Reich.







