Victorino Martín salva la feria de Santander con una importante corrida
L'essentiel
- La corrida de Victorino Martín salvó la feria de Santander, presentando toros serios y variados.
- El Cid y Manuel Escribano cortaron una oreja cada uno, mientras Tomás Rufo se fue de vacío a pesar de un lote prometedor.
Résumé généré par IA
Pourquoi c'est important
La feria de Santander enfrentaba problemas con la calidad de los toros, y la corrida de Victorino Martín fue esperada para mejorar la situación.
Vino Victorino Martín a salvar la feria de Santander, que hacía agua por la vía del toro, con una importante corrida. "Veni, vidi, vici", podría decir Victorino como Julio César. Hubo en su ejército una seriedad -salvo una excepción menor- por fuera y por dentro, soldados de todo tipo y condición en su bravura, variadas calidades y exigencias, pero con un fondo de nobleza. El Cid sacó su buena mano a pasear y Manuel Escribano, su autoridad. Una oreja se embolsaron por cabeza. Tomás Rufo se marchó de vacío, por hache o por be, con el lote de la tarde, que fue de gran triunfo.
Madrugador traía hechuras de caballo y embistió como un mulo. Deslumbró al público santanderino cuando apareció por la puerta de toriles —tan largo, tan alto, tan cargado de kilos (593)— y, por contraste con las vacas del día anterior, pensaron que eso era un toro. Y tampoco. Lo peor es que algunos lo siguieron pensando cuando lo aplaudían en el arrastre. Después de cómo se había movido, sin humillar nunca, ni darse con la mínima entrega, desparramando la vista... El Cid echó un rato malo en esa lucha por sobreponerse, cuando venía la mole radiografiándole las ingles. Lo pasaba el hombre haciendo de tripas corazón, esos segundos terribles por indefinidos antes del embroque; luego no había entrega, pero tampoco maldad. Los gitanos no quieren buenos principios, y así no saltó ninguno más.
En las antípodas salió un victorino bajo, pelín saltillado, escaso perfil, muy cortito poder e infinita bondad. Superó una costalada en el caballo y un tercio de banderillas de Manuel Escribano, sobradísimo en combate de desigual potencia. Quiso clavar un cuarto par para suplir la caída de un palo, pidió permiso (¿?) y el presidente se lo negó absurdamente (en mis tiempos el matador tenía libertad para poner un cuarto par o cambiar con dos). Sucedió la faena muy templadita y suave, dejándole Escribano la muleta muerta con la izquierda en la cara. Un amigo no te embiste así. Faltaban la emoción que necesita este torero para trepar y el filifí que necesitaba el toro para emocionar. Ese tono cálido de la obra lo sostuvo Manuel Escribano dándole sus tiempos. Hasta que enterró la espada en los blandos. Brotó una petición menor.
Más entereza, un equilibrio exacto en el tipo y la seriedad —entre los dos anteriores— y una definición nítida desde que apareció. Tomás Rufo lo toreó a la verónica jugando los brazos y los vuelos, con el buen lance recuperado que posee, y remató con una media genuflexa, tan abajo en el capote que provocó un volatín. Fue notable el toro el victorino, mejor por la mano izquierda que por la derecha, por donde acusaba más un final de muletazo no tan humillado. Un taponacito que enganchó repetidas veces a Rufo después de sacárselo sin un solo toque a los medios.
Fue allí donde por la mano izquierda TR levantó el cénit de la faena toreando espléndidamente al natural. Camino llevaba de explotar a lo grande por el trazo y las trazas. Alguien gritó en ese momento "¡Zabala, tonto!" y supuse que iba por mí. Aunque Zabalas en la plaza éramos dos, el apoderado y yo. Pero la cosa no acabó de despegar como debiera; por aquel citado defecto evitable del toro o por alguna reiteración en el planteamiento, el diapasón bajó. Y, aun así, si entierra la espada... Pero no fue el caso y a Melonero lo arrastraron íntegro las mulillas.
Entró en el lote de El Cid otro toro alto, tocado arriba de pitones, pero con otra expresión. El veterano torero de Salteras vio sus posibilidades y lo entendió extraordinariamente bien: sin ser el gran humillador de Victorino, ni el exquisito, ni complicado, viajaba por su izquierda, la mano célebre de El Cid, que en línea recta rememoró viejas glorias. Esa clave de su toreo ha ayudado a muchos toros, más allá de la baraka, a parecer mejores de lo que fueron. Como éste. Resolvió el viaje más corto a derechas y su zurda fue la piedra angular, incluso con la embestida ya en son menor. Un desplante a cuerpo limpio agarrando con las manos los pitones. Un pinchazo, una estocada y una oreja.
Verdadera importancia tuvo la que cortó Manuel Escribano a un quinto con su calambre y su nervio, su raza y su exigencia, pero siempre por abajo. Escribano —al margen de la entrega a porta gayola y en banderillas— anduvo superior con él, especialmente al natural. Viajaba el victorino. Firme, asentado, con autoridad y gobierno. Un espadazo contrario.
Questions ouvertes
- ¿Por qué el presidente negó el cuarto par de banderillas a Escribano?
- ¿Qué causó la falta de despegue en la faena de Tomás Rufo?







