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El Mundial sin inmigrantes: España lidera, Francia cae al quinto puesto
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El Mundial sin inmigrantes: España lidera, Francia cae al quinto puesto

Hızlı Bakış

  • Un experimento analiza el impacto de los futbolistas nacidos fuera o hijos de inmigrantes en el Mundial.
  • España lideraría sin ellos, mientras que Francia caería al quinto puesto.
  • Marruecos sufre la mayor caída.

Yapay zekâ özeti

Neden Önemli?

Un experimento visual cruza valoraciones de futbolistas con plantillas mundialistas para calcular el peso de la inmigración en el fútbol actual, analizando qué pasaría si no se contara con jugadores nacidos fuera o hijos de inmigrantes.

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Cada cuatro años el Mundial se disfraza de fiesta de banderas. Un país frente a otro, un himno tapando al de al lado, una camiseta que se supone resumen de toda una identidad. Y sin embargo basta detenerse un poco en las listas de convocados, leerlas despacio, para descubrir que el fútbol de selecciones lleva tiempo desbordando cualquier frontera dibujada en un mapa. Hay futbolistas que nacieron en un país y defienden otro. Hijos de familias que un día hicieron las maletas y crecieron repartidos entre dos culturas. Chavales formados en academias europeas que hoy visten los colores de selecciones africanas. Estrellas que pudieron elegir entre varios escudos antes de quedarse con uno.

El Mundial es un torneo de naciones. También, aunque cueste más admitirlo, es un torneo de migraciones.

Esa intuición, tan presente en cualquier bar o tertulia futbolera pero difícil de convertir en cifra, acaba de aterrizar en un experimento concreto: ¿qué pasaría si ninguna de las 32 selecciones del cuadro final pudiera contar con futbolistas nacidos fuera del país al que representan, ni con hijos de inmigrantes? ¿Qué equipos se desinflarían? ¿Cuáles resistirían el golpe? ¿Quién saldría ganando de un Mundial sin inmigración?

La respuesta traza un mapa alternativo del torneo, casi de ciencia ficción. Francia pierde el trono. España se convierte, de repente, en la selección más fuerte del planeta. Marruecos se derrumba. Brasil y Argentina apenas se inmutan. No hablamos de una predicción ni de un estudio académico blindado, sino de un ejercicio visual —consultable en la web The Immigrant Factor— que cruza las valoraciones de los futbolistas con las plantillas mundialistas para calcular cuánto pesa realmente la inmigración en el fútbol de hoy.

El mecanismo, en el fondo, es simple. Primero se mide la fuerza de cada selección con todos sus convocados: la media de valoración de los 26 jugadores de cada plantilla, no solo el once ni la estrella que más brilla, sino la profundidad completa del grupo. Después llega la segunda fotografía, la incómoda: el mismo Mundial, pero sin migrantes. Los futbolistas nacidos en otro país, o hijos de inmigrantes, salen de la selección que representan y regresan, simbólicamente, a la tierra de sus raíces. Si ese país está entre los 32 analizados, entran ahí en lugar del jugador peor valorado. Si no tiene sitio en el torneo, su selección de origen lo sustituye por un futbolista estándar, de nivel más bajo. La distancia entre una imagen y la otra es, literalmente, el precio de borrar la inmigración del mapa.

En el Mundial real, Francia encabeza la tabla con una media de 83,2. Le sigue España, pisándole los talones, con 82,8. Después aparecen Brasil (81,8), Alemania (81,7), Portugal (81,5), Inglaterra (81,3), Argentina (80,6) y Países Bajos (80,5). Bélgica (78,8) y Croacia (77,1) cierran ese primer bloque de diez.

La lista sigue bajando: Egipto (76,9), Senegal (75,8), Suiza (75,6), Marruecos (75,4), Costa de Marfil (75,3), Noruega (75,3), Colombia (75,2), Austria (75,1), Suecia (75,0), Estados Unidos (74,6), Argelia (73,7), México (73,6), República Democrática del Congo (72,8), Japón (72,6), Ghana (72,4), Paraguay (72,1), Canadá (71,8), Ecuador (71,3), Bosnia (71,2), Sudáfrica (70,8), Cabo Verde (69,3) y Australia (67,8).

Ese es el punto de partida, el Mundial tal y como lo conocemos. Lo interesante empieza cuando se pulsa el botón de “sin migrantes”.

Ahí es donde el experimento enseña las cartas. Francia, la gran potencia del fútbol multicultural europeo, se cae del primer puesto. España, que salía segunda, pasa a liderar. Marruecos, una selección construida en buena medida sobre su diáspora, se hunde dieciocho posiciones. Brasil y Argentina, con un modelo menos dependiente de jugadores nacidos fuera, casi ni lo notan. El mapa tiembla, sí, pero no de manera uniforme: y ahí está una de las claves de todo esto, que la inmigración no pesa igual en todos los países ni empuja siempre en la misma dirección.

En Francia el golpe es mayúsculo. Su selección lleva décadas siendo el espejo de una sociedad atravesada por la migración. Ni la Francia campeona de 1998 ni la de 2018 se entienden sin hijos de inmigrantes, sin barrios periféricos, sin raíces africanas y caribeñas mezcladas con lo europeo, sin academias que convirtieron esa mezcla en fábrica inagotable de futbolistas. Francia es potencia porque produce talento, pero también porque ha sabido acoger historias familiares que empezaron muy lejos de París, de Marsella, de Lyon.

El experimento confirma esa dependencia, aunque con un matiz que sorprendió incluso a quienes lo diseñaron. Artur Scartazzini, uno de los creadores de la herramienta, admite que esperaban una caída todavía más brutal. “Pensamos que iba a aparecer una bajada impresionante de muchas selecciones de Europa, pero la verdad es que no fue tan así”, explica a MARCA. El motivo tiene su lógica: Francia también recupera, dentro del juego estadístico, a futbolistas que hoy defienden otras camisetas pero llevan sangre francesa. “La fuerza baja, pero no tanto como uno se imagina”, añade.

Aun así, el golpe deja marca. Francia cae hasta el quinto puesto. No desaparece de la conversación por el título, pero pierde el privilegio de mirar a todos desde arriba. Y el dato incomoda a cualquier discurso que insista en separar identidad nacional y movimiento humano: buena parte de la grandeza francesa reciente nace, precisamente, de esa mezcla que algunos preferirían no nombrar.

España cuenta otra historia. La Roja aparece como la segunda plantilla más fuerte del torneo, con 82,8 de media, y solo tres de sus 26 convocados entran en la definición de migrante que usa el experimento: Lamine Yamal, Nico Williams y Aymeric Laporte. Poco volumen, mucha densidad.

Basta repasar la lista para entender la profundidad de este equipo. Rodri encabeza la tabla con 90. Lamine Yamal, considerado de segunda generación, aparece con 89, igual que Pedri. David Raya suma 87. Nico Williams, también segunda generación, llega a 86. Fabián Ruiz, Dani Olmo y Unai Simón se quedan en 85. Grimaldo, Marcos Llorente y Álex Baena rondan el 84. Cucurella, Mikel Merino, Ferran Torres, Gavi, Eric García y Zubimendi se mueven cerca del 83. Y más abajo, con 82, aparecen Pedro Porro, Laporte, Oyarzabal y Cubarsí, junto a otros perfiles de rotación.

España no tiene, según este criterio, una lista larga de jugadores migrantes. Pero los nombres que sí entran en esa categoría pesan como pocos. Yamal y Nico no son complementos: son presente, desequilibrio, futuro. Laporte aporta jerarquía atrás. En el escenario sin inmigrantes La Roja pierde talento, claro que lo pierde, pero aguanta mejor que Francia y termina liderando el ranking alternativo.

“Yo quería saber cuál era el impacto de Yamal en el equipo”, admite Scartazzini. La respuesta, sin embargo, no es tan sencilla como restar a Yamal y ver cuánto cae España, porque el experimento también devuelve a cada país a los futbolistas nacidos allí o conectados con sus raíces. El caso más llamativo es el de Achraf Hakimi. Nacido en España, formado en el Real Madrid, hoy estrella de Marruecos: en este Mundial alternativo España perdería a Yamal, pero recuperaría a Hakimi. La herramienta no reconstruye normas federativas ni deseos personales de cada futbolista; solo enseña cómo circula el talento entre país de nacimiento, país de formación y país de raíz familiar.

“Sale Lamine Yamal, pero puede entrar Hakimi en la lista de convocados. La puntuación baja, pero España sigue muy fuerte”, resume Artur.

La consecuencia es curiosa: España termina siendo la gran beneficiada del experimento. No porque la inmigración le sea ajena, sino porque su caída resulta menos dolorosa que la francesa. “España es la más beneficiada de todas”, explica Scartazzini. “Con inmigrantes es la segunda fuerza de selecciones. Cuando se sacan los inmigrantes, Francia cae al quinto puesto y España, aunque también baja, sigue siendo la primera”.

Pero la lectura española va más allá del número frío. Esta Roja se explica por una cantera local extraordinaria, sí, pero también por una generación que retrata una España más plural que la de hace veinte años. Lamine Yamal, nacido en España, hijo de padre marroquí y madre ecuatoguineana, es quizá el símbolo más potente de todos. Nico Williams, hijo de padres ghaneses, cuenta otra historia de integración, de barrio, de familia empujando hacia la élite. Y Laporte, nacido en Francia y nacionalizado español, abre una tercera vía: la de quienes se forman fuera y acaban defendiendo otro proyecto.

España es Rodri, es Pedri, es Gavi, Zubimendi, Fabián, Unai Simón. Pero también es Yamal, es Nico, es Laporte. Esa mezcla no diluye la idea de selección. La agranda.

Marruecos, en cambio, muestra la otra cara de la moneda. Si Francia enseña cuánto pesan los hijos de inmigrantes en una potencia europea, Marruecos enseña la fuerza de una diáspora bien trabajada, casi cultivada como si fuera una cantera más. Su selección parte en el puesto catorce, con 75,4 de media, y al retirar a los nacidos fuera o hijos de inmigrantes se desploma dieciocho posiciones. Es, con diferencia, la mayor caída de todo el ejercicio.

El dato no sorprenderá a nadie que siga el fútbol internacional de cerca. Marruecos lleva años tejiendo una selección competitiva a base de futbolistas nacidos o formados en Europa: chavales criados en España, Francia, Bélgica, Países Bajos, que un día eligen jugar por el país de sus padres o de sus abuelos. La federación marroquí convirtió esa búsqueda en política deportiva de estado, y el resultado se nota en el campo tanto como en este experimento.

“Es imposible no comentar la situación de Marruecos”, señala Scartazzini. “Son muchísimos los jugadores que nacieron fuera del país. Pierde 18 posiciones, es la selección que más puestos pierde. Hay un esfuerzo muy grande de la Federación de Marruecos por estar atenta a los jugadores de origen marroquí. Su selección está formada claramente por gente que no nació en el país. Y eso no quiere decir que no sean marroquíes”.

“Pensamos que iba a aparecer una bajada impresionante de muchas selecciones de Europa, pero la verdad es que no fue tan así”

Artur Scartazzini

Esa última frase encierra, quizá, la clave de todo el reportaje. Nacer fuera no resta pertenencia. Ser hijo de inmigrantes no vuelve a nadie menos nacional. Hakimi no es menos marroquí por haber nacido en Madrid. Yamal no es menos español por sus raíces marroquíes y ecuatoguineanas. Nico Williams no es menos español por ser hijo de padres ghaneses. El fútbol de selecciones de hoy está lleno de identidades que no caben en una sola casilla, y el experimento no viene a discutirlas: solo enseña hasta qué punto resultan decisivas. La camiseta simplifica lo que la vida, tozuda, se empeña en mezclar.

Vista así, el Mundial funciona como el gran escaparate de una realidad que es global aunque a veces se olvide. Las potencias europeas forman a muchos hijos de inmigrantes y los incorporan sin pestañear a sus selecciones. Algunas federaciones africanas, mientras tanto, rastrean talento entre su propia diáspora. Brasil y Argentina, en cambio, aparecen mucho menos tocados por esta definición concreta de migración. El resultado es un torneo donde cada plantilla cuenta, en el fondo, una historia distinta.

Brasil, tercero en el ranking inicial con 81,8, apenas se mueve. Argentina, séptima con 80,6, tampoco sufre gran cosa. Son selecciones con un modelo menos cerrado sobre sí mismo, menos dependiente de jugadores nacidos fuera o de segunda generación. “Las selecciones que no tienen este perfil, como Brasil, no cambian de posición. Argentina, aunque tenga algún jugador nacido fuera, tampoco cambia demasiado”, apunta Scartazzini.

“Sale Lamine Yamal, pero puede entrar Hakimi en la lista de convocados. La puntuación baja, pero España sigue muy fuerte”

Artur Scartazzini

Ese contraste ayuda a entender mejor el fenómeno completo. La inmigración no es un concepto abstracto flotando sobre el torneo: tiene geografía propia, afecta sobre todo a países que han recibido grandes flujos migratorios en las últimas décadas, o a selecciones que han sabido tender puentes hacia sus comunidades fuera del territorio. Europa occidental y África se convierten así en los dos grandes polos de esa tensión. Unos forman y absorben. Otros recuperan y reclutan. Y muchos futbolistas viven, sencillamente, a caballo entre ambas realidades.

No es una foto fija

El Mundial es el escenario donde todo eso se vuelve, por fin, visible. Un chico puede nacer en Madrid, formarse en Valdebebas y acabar jugando para Marruecos. Otro puede crecer en España con raíces africanas y convertirse en el rostro más querido de La Roja. Uno más puede nacer en Francia y terminar de central de la selección española. Otro puede curtirse en Países Bajos y liderar más tarde una selección africana. Son trayectorias que se salen del molde clásico de nación, pero que definen, sin discusión, el fútbol moderno.

El experimento se apoya en una definición concreta —nacidos fuera y segunda generación— que deja fuera, a propósito, a los nietos de inmigrantes. Y ahí el mapa podría moverse todavía más. La tercera generación es una frontera más difusa, aunque no menos relevante para entender el fútbol de hoy: hay futbolistas nacidos y criados plenamente en un país que arrastran, sin embargo, una historia migratoria familiar más antigua. Si se incluyeran también esos casos, el impacto crecería.

“Nos gustaría que en el futuro también entren en la cuenta los nietos de inmigrantes”, explica Scartazzini. “Ahí sí siento que cambiarían muchísimas cosas. Muchos jugadores ya son tercera generación. No son hijos, pero sí nietos de inmigrantes, y el cambio sería mucho más grande”.

Esa reflexión empuja el debate más allá de los datos actuales. Porque si ya uno de cada cuatro jugadores mundialistas puede considerarse, según las referencias del proyecto, inmigrante o hijo de inmigrantes, la proporción crecería sin remedio al sumar a las terceras generaciones. El fútbol de selecciones, que tantas veces se vende como expresión pura de identidad nacional, se revela entonces como justo lo contrario: el producto acumulado de décadas de gente moviéndose de un lado a otro del planeta.

“Con inmigrantes es la segunda fuerza de selecciones. Cuando se sacan los inmigrantes, Francia cae al quinto puesto y España, aunque también baja, sigue siendo la primera”

Artur Scartazzini

Las selecciones ya no son fotos fijas de un territorio cerrado, sino historias familiares todavía en movimiento. Las academias, los barrios, los pasaportes, los vínculos afectivos, las decisiones personales de cada futbolista construyen equipos tanto como cualquier entrenador o sistema táctico.

Los cambios de vida afectan

Por eso este ejercicio tiene una lectura deportiva, pero también, inevitablemente, una lectura social. En lo deportivo, demuestra que el Mundial cambiaría de raíz si se borrara el factor migratorio: Francia pe

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  • ¿Cómo afectaría la inclusión de la tercera generación de inmigrantes?
  • ¿Qué otros deportes muestran dinámicas migratorias similares?

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