La crisis energética se disipa: el mercado petrolero resiste mejor de lo esperado
Hızlı Bakış
- A pesar de las alarmas por la disrupción en el mercado petrolero tras el cierre del Estrecho de Ormuz, la crisis energética ha sido menos severa de lo anticipado.
- Factores como reservas estratégicas, mayor producción de GNL y eficiencia energética han mitigado el impacto, superando el trance más duro.
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La AIE alertó sobre la mayor disrupción de oferta petrolera de la historia tras el cierre del Estrecho de Ormuz, temiendo una crisis energética. Sin embargo, la situación ha sido menos grave de lo previsto.
Ormuz no llevaba ni tres semanas cerrado cuando, a mediados de marzo, la Agencia Internacional de la Energía (AIE) encendía todas las alarmas con un informe demoledor: la guerra, decía, ya había provocado “la mayor disrupción de oferta de la historia del mercado petrolero”. Unos 15 millones de barriles de crudo y otros cinco de productos refinados se habían volatilizado, un escenario de terror. La crisis energética estaba servida. En abril, con el estrecho aún clausurado, la alerta tomaba un cariz aún más dramático: Europa, advertía el brazo sectorial de la OCDE, solo tenía queroseno para seis semanas.
Han sido más de tres meses de nervios y sudores fríos, pero la realidad ha dado la espalda a los augurios más lúgubres. Varios países de Asia, por mucho el continente más afectado, han tenido que aplicar restricciones para evitar la temida escasez de combustibles fósiles. Pero ni los aeropuertos del Viejo Continente han tenido problemas para suministrar a los aviones, ni el trago —preocupante, sí, pero no extremo— tiene ni siquiera las trazas que permitirían catalogarlo de crisis energética hecha y derecha. Nada que ver con 2022, cuando Rusia invadió Ucrania, cortó el grifo del gas y puso a Europa en su mayor brete en décadas. Y, por supuesto, nada que ver con 1973, cuando el entonces todopoderoso cartel de la OPEP decretó el mayor embargo petrolero de la historia sobre Occidente, en represalia por su apoyo a Israel en la guerra del Yom Kipur. Aún quedan curvas, como ha quedado claro esta misma semana con los nuevos bombardeos y el cruce de acusaciones entre Donald Trump —que ha llegado a dar por terminado el alto fuego— y los ayatolás. Pero el trance más duro se ha superado con nota.
“Todos hemos pecado un poco de pánico”, reconoce por teléfono Francisco Blanch, jefe global de materias primas y derivados de Bank of America. “Sin embargo, había motivos para pensar que iba a ser mucho peor. [Donald] Trump ha llevado la situación al límite: solo se ha sentado a negociar cuando ha visto que sus propios inventarios de crudo estaban cayendo en picado”. La AIE, completa Gonzalo Escribano, investigador principal y director del Programa Energía y Clima del Real Instituto Elcano, “tiene razón en que ha sido el mayor choque de la historia del mercado petrolero en términos absolutos, pero la realidad es que esta sacudida nos ha afectado muchísimo menos que la crisis de 2022 y, por supuesto, que las de los años setenta: el de hoy es un mundo distinto”.
Reservas estratégicas
Hace medio siglo, en fin, no había reservas estratégicas —se crearon a raíz de aquella sucesión de crisis—. La fracción de crudo procedente de países ajenos a Oriente Próximo era mucho menor. Las renovables se reducían a saltos de agua: la eólica y, sobre todo, la solar estaban aún en pañales. La eficiencia energética era ínfima: un coche medio de combustión consume hoy unos seis litros a los 100 kilómetros, frente a los 15 de entonces. Y el coche eléctrico, que ya es una auténtica realidad, no consume ni una gota de carburante. “Estos meses hemos tenido muchas más bazas que entonces. Hemos podido aguantar el tirón y, sobre todo, hemos comprado tiempo”, añade Escribano. “Aun así, hemos estado muy cerca del precipicio: si Ormuz hubiese seguido cerrado e Irán hubiese continuado golpeando activos energéticos, la crisis sí habría sido enorme”.
También respecto a 2022, la fecha negra más reciente en la memoria del sector energético, “tanto el mercado petrolero como el gasista estaban esta vez [2026] en una situación más holgada”, aquilata Samantha Dart, jefa global de análisis de materias primas de Goldman Sachs. “Los inventarios visibles de petróleo llegaron [al cierre de Ormuz] muy por encima y la producción mundial de gas natural licuado [GNL, el que se mueve por barco] venía aumentando, sobre todo, desde 2025, con la entrada en funcionamiento de nueva capacidad exportadora en EE UU y Canadá”.
Los cálculos de Blanch son nítidos. En las semanas que ha estado cerrado el estrecho se han evaporado del mercado 1.500 millones de barriles, unos 20 millones al día, a los que hay que restar alrededor de 2,5 de excedente previo a la crisis (la oferta ya era mayor que la demanda, una dinámica que irá a más cuando las aguas vuelvan completamente a su cauce). La redirección de producción a través de los oleoductos de Este-Oeste (Arabia Saudí) y Habshan–Fujairah (Emiratos Árabes), así como a través de vías alternativas mucho más pequeñas (tren, carretera…) han aliviado esa pérdida en otros seis. Irán, además, pudo seguir exportando hasta el segundo cerco, el decretado por Estados Unidos sobre el golfo de Omán: dos millones más a restar. Con todos esos mitigantes, el déficit se quedaba en unos 10 millones de barriles diarios. Palabras mayores, sí, pero exactamente la mitad que las pérdidas iniciales.
Hay más. “Había mucho crudo flotando en el mar, unos 300 millones de barriles a finales de febrero, en gran medida por las sanciones occidentales sobre las petroleras rusas Rosneft y Lukoil. Otro buen colchón”, añade el analista de Bank of America. “Y si se suma la retirada de China del mercado durante unos meses y el uso tan intensivo que se ha hecho de las reservas estratégicas en Occidente, el resultado es que ha acabado habiendo casi más de lo que faltaba”. Toma paradoja.
El petróleo y el gas siguen siendo la gran fuerza motriz energética del mundo, pero cada vez lo es menos. Una buena noticia cuando, como estos últimos meses, vienen curvas. La electrificación ha dado un giro importante a la forma en la que el ser humano devora energía. Y, como escribían recientemente Ajay Rajadhyaksha y Amrut Nashikkar, analistas de Barclays, “la economía global es, en conjunto, mucho menos intensiva en energía que hace unas décadas: el cambio estructural de la industria manufacturera a los servicios, y décadas de mejoras en eficiencia, hacen que un aumento de 15 o 20 dólares por barril en el precio del petróleo cause mucho menos daño económico”.
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