María Jesús Montero's "Mopongo" Becomes Viral Meme, Highlighting Social Media's Impact on Politics
No se extrañen si este verano, cuando se lancen al primer bailable en la verbena de su pueblo, reconocen la voz de la exvicepresidenta del Gobierno María Jesús Montero en un pegadizo montaje musical medio tecno que reproduce una y otra vez dos palabras: “Me opongo”. O, más bien, “Mopongo”, la contracción que surge inevitablemente cuando se habla con cierta velocidad. Lo que en otro tiempo hubiera resultado anecdótico puede, en la era de las redes sociales, contener el germen del que nace una marea de conversación y una moda. Es exactamente lo que ha sucedido. Durante la campaña andaluza algunos internautas recuperaron una intervención de Montero durante un mitin de 2025 en Málaga en el que acusaba al PP de oponerse a todo, de ser el partido “Mopongo”. Poco después la frase ya no le pertenecía. En el último mes ha habido quien ha recortado el vídeo, acelerado el audio, otros le han añadido música. Lo que empezó siendo una intervención política ha terminado convertida en meme, en remix, en sonido viral. En TikTok y X circulan cientos de montajes humorísticos y vídeo con “Mopongo” como leitmotiv. Algunos usuarios han inventado coreografías. Otros la utilizan para acompañar escenas cotidianas o bromas políticas. La candidata socialista sufrió una estrepitosa derrota en las urnas, pero se ha coronado, muy a su pesar, como la reina de la viralidad.
El “Mopongo” de Montero es ahora una especie de identidad digital paralela. Queda solo el personaje y con él nace una caricatura. Algunos vídeos resultan divertidos y la cancioncilla se pega como una lapa. Convendría, sin embargo, mirar un poco más allá. Este caso esconde una de las transformaciones más profundas de nuestro tiempo. Las redes sociales poseen la capacidad de reescribir emocionalmente una reputación, de aupar o derribar figuras políticas sin utilizar un solo argumento. Basta con el humor, la ironía, una campaña de risas compartidas. La crueldad contemporánea rara vez se presenta como crueldad. Se instala disfrazada de buen rollo.
Para las democracias es todo un desafío asistir a esta mutación de los mecanismos que condicionan la percepción sobre las personas y las cosas. ¿Dónde queda el debate de los temas de fondo? Un reciente análisis publicado en Le Monde advertía del riesgo de que las próximas elecciones presidenciales francesas, que se celebraran el año que viene, queden condicionadas por los salseos y los conflictos permanentes en detrimento de una conversación digital pública con fundamento. Los temas esenciales corren el riesgo de quedar relegados por los algoritmos, que tienden a premiar el mero conflicto emocional. El rotativo francés se preguntaba cómo abordar los debates esenciales, la vivienda, la sanidad, el clima, los incendios o el coste de la vida en un ecosistema donde la atención política está cada vez más controlada por plataformas privadas.
Si los franceses temen unas elecciones presidenciales demasiado tumultuosas desde el punto de vista digital, qué decir de España, un país instalado al borde del ataque de nervios a base de investigaciones policiales sobre corrupción, filtraciones y un enfrentamiento parlamentario cada vez más áspero. Hace años, el filósofo Byung-Chul Han ya advirtió de que las sociedades digitales terminarían agotadas por el exceso de exposición, velocidad y reacción permanente. Basta pasar unos minutos en X para comprender hasta qué punto aquella intuición era correcta. Todo ocurre demasiado rápido y parece diseñado para convertir la conversación pública en un combate emocional continuo.






