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Putin's Russia: From War Propaganda to Economic Strain and Public Discontent
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Putin's Russia: From War Propaganda to Economic Strain and Public Discontent

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El Mundo
Yayıncı
Yazı boyutu

Cuando cayó la URSS y a la vieja Leningrado se la comían las bandas criminales, Vladimir Putin se movía por la ciudad con una pistola de aire comprimido en la chaqueta: "No me salvará, pero me hace sentirme más tranquilo", dijo a un amigo. Han pasado 30 años, y el presidente ruso ha vuelto a optar por el fetiche a la hora de protegerse, ante una guerra que cada vez golpea más en su territorio y en su economía.

La solución ha sido restringir el 3G y el uso de internet en todo el país. Se trataba de desubicar a los drones ucranianos y de evitar que los hastiados rusos se comunicasen demasiado entre sí. Pero los ataques se suceden, los rusos hablan cada vez más alto y la popularidad de Vladimir Vladimirovich está cada vez más baja. La magia menguante ha tenido que ser reemplazada por la coerción. Por eso, los servicios de seguridad rusos están copando el poder y aterrorizando a otros sectores de la élite con detenciones. En 2023 se perdió la esperanza en la victoria súbita, en 2025 se perdió la esperanza en la paz urgente de Trump. Ahora la élite y la gente en general empiezan a familiarizarse con la idea de que no están ganando la guerra.

Cuando los rusos encendieron sus televisores el 24 de febrero de 2022 vieron a su presidente prometiendo derrotar y desarmar al nazismo en Ucrania. La propaganda rusa ha cambiado del triunfalismo a la gestión del desgaste: la narrativa ya no trata de justificar la guerra, sino de encubrir el error de Putin de 2022. La alta popularidad del presidente, que hace unos días se quedó afónico tratando de gritar "hurra" con sus tropas, acumula siete semanas consecutivas de descenso (según la encuestadora VTsIOM) o incluso meses de caída (según el centro Levada). "El Putin de antes de la guerra, con el torso desnudo y montando un caballo negro, es ahora imposible de imaginar", señala Alexander Baunov autor del libro Koniec rezhima (El final del régimen), traducido al italiano pero todavía no al español.

Una razón del desgaste es la economía. Las autoridades han tenido que subir los impuestos y reprimir la evasión fiscal. Los tipos de interés siguen siendo altos porque el Banco Central está aplicando una política monetaria restrictiva para combatir la inflación. Como resultado, el crecimiento económico y los ingresos familiares se ralentizaron significativamente. Hay un agotamiento del modelo de guerra: el gasto militar aún sostiene a las fábricas; pero a costa de inflación, tipos de interés altos, presión fiscal, recortes y un déficit cada vez más difícil de contener. Putin ha gastado casi tres cuartas partes del oro del Fondo Nacional de Bienestar que tenía en 2022, porque en esas arcas no tiene ya dólares ni euros. La economía rusa creció un 4,1% en 2023 y un 4,3% en 2024, impulsada por el gasto militar. Pero se frenó hasta el 1% en 2025; en el primer trimestre de 2026 se contrajo un 0,3%

Otra razón de la frustración son los problemas en el frente. Anne Keast-Butler, directora del GCHQ, un servicio británico de inteligencia, corroboró lo que centros de observación como el ISW ya venían apuntando en esa dirección desde marzo y abril de este año: el Ejército ruso toma menos territorio, sufre más bajas por cada kilómetro ganado y, por primera vez en mucho tiempo, Ucrania empieza a recuperar en algunas semanas más terreno del que pierde. Rusia ha sufrido probablemente más de un millón de bajas totales, con varios cientos de miles de muertos. La cifra mínima documentada supera los 200.000 nombres y la estimación independiente más contrastada ronda los 352.000 muertos hasta finales de 2025.

"Rusia se ha quedado sin recursos económicos. La gente está cansada de la guerra. No hay grandes victorias. Y tanto en las élites como en la sociedad existe la comprensión de que hace falta un cambio" explica en Tallin Roman Dobrojotov, que tuvo que marcharse de Rusia en 2021 tras años como activista y hoy es investigador estrella de la web The Insider.

El estallido de la guerra destruyó varios acuerdos tácitos del putinismo que habían estado más o menos vigentes hasta entonces: antes el poder no se metía en la vida de los ciudadanos a cambio de que los ciudadanos no se metiesen en política, el sistema impedía el cambio pero garantizaba la estabilidad y el patriotismo de los rusos podía emular el de sus mayores pero no requería riesgo ni sacrificio. De pronto la censura pasó a vigilar al ciudadano vulgar, la economía se asomó a lo desconocido como en los malos años de Boris Yeltsin y el reclutamiento puso en fuga a centenares de rusos amedrentados.

Aun así el putinismo rápidamente les ofreció un acuerdo nuevo: no se podía estar en contra de la guerra, aunque se podría vivir al margen de ella. Pero ahora los cortes de internet, la crisis aguda y el miedo a los drones traicionan la idea de que la guerra puede ignorarse. "Vivo cerca de un cuartel militar, desde mi ventana he visto continuos ataques con drones por la noche", explica Olga, madre de tres hijos que reside cerca de Kotelniki, una ciudad satélite de Moscú con una Instalación de logística y soporte del ejército ruso a pocos minutos del centro. La ciudad cobró relevancia debido a las redadas masivas de reclutamiento forzoso, sobre todo en estaciones de metro, centros de oración y tiendas de la zona con el fin de detener a hombres en edad militar y enviarlos directamente a las oficinas de alistamiento del distrito. "Durante el día me cruzo con jóvenes a los que les falta una pierna o un brazo y salvo en casa apenas consigo abrir Telegram, que es como me contactan mis clientes".

Tras el inicio de la invasión, Olga encontró una nueva forma de ganarse la vida con la importación paralela de bienes sancionados, pero su reencarnación ha vuelto a complicarse. La fuente del malestar ya no son tanto las sanciones que impusieron gobiernos extranjeros, sino las limitaciones que han diseñado las propias autoridades rusas.

Mientras Putin esperaba que Ucrania se agotase y Europa perdiese el interés en su causa desesperada, Rusia ha ido quemando etapas en silencio. 2022 fue el año del shock y la negación: la invasión no era una guerra y la cruel destrucción de ciudades de sus vecinos. era supuesta propaganda occidental. En 2023 se asumió que no sería una batalla corta y en 2024 se instaló un sentimiento que Baunov califica de "patriotismo ciudadano". Tras el impacto inicial (la movilización, la desaparición de marcas muy queridas, la fuga de amigos y celebridades entre una ola de represión y prohibiciones) surgió una nueva prosperidad sobre las ruinas de la vida anterior y bajo el espejismo de una economía basada en los 'consumibles' de la guerra.

El rearme empujó la inversión hacia las olvidadas provincias, donde ya es visible la nueva liquidez por matar o morir en el frente. Aunque los rusos no habían tomado Kiev, demostraron que Ucrania no podía echar a Rusia de su territorio. Pero sobre todo quedó claro que no era fácil excluir a Rusia de la economía global. Ni tampoco de la geopolítica, porque Donald Trump ganó las elecciones. Ucrania era dura de pelar, pero Rusia también. Incluso para los que no respaldaban la guerra pero odian que su país pierda, la supervivencia económica se convirtió en motivo de orgullo.

2025 fue el año de las expectativas, con la negociación impuesta por Trump a los ucranianos y a sus aliados europeos. Pero en la primavera de 2026, "el sentimiento compartido de 2024 ya no existe", dice Baunov, y las expectativas del año pasado se han difuminado. Ahora la gente se está dando cuenta de la imposibilidad de ganar la guerra, que ya dura más que la batalla contra los nazis que libraron sus abuelos.

Descontento sin salida

Todo este proceso está desembocando en algunas protestas que aisladas son un efecto anecdótico para la policía pero juntas suponen un síntoma incómodo para un régimen consagrado a la inmovilización de una minoría y la desmovilización de la mayoría. Entre las voces más destacadas, la influencer Viktoria Bonya publicó un video dirigido directamente a Putin que sumó millones de reproducciones, en el cual denunciaba la censura digital criticando que existe un "muro grueso" que aísla al presidente de los problemas reales de los ciudadanos.

Putin, que no tiene ni email ni móvil, "comprende poco de lo que está sucediendo, pero aun así ha dado su aprobación" a los cortes de internet propuestos por los securócratas de su entorno, explica Tatiana Stanovaya, fundadora de R.Politik, una firma de análisis político independiente.

Pero todo este descontento no tiene posibilidades de transformarse de momento en un cambio político. En parte porque los servicios de inteligencia funcionan a pleno rendimiento. Y también porque la élite entiende que está atada al líder: "Creo que la gente alrededor de Putin se da cuenta de que está llevando al país en una dirección muy equivocada. Pero si intentan eliminarlo, el sistema puede colapsar y ellos quedarían enterrados con él, ya que Putin es el centro de una red muy sofisticada de dependencias mutuas, conflictos y gestión de recursos", explica a EL MUNDO Boris Bondarev, que en 2022 fue el único diplomático ruso en dimitir por la invasión: "Por eso están en una trampa. Putin va a destruir el sistema con su política, pero si intentan salvarse destituyéndolo, el sistema colapsará de todas formas".

"Creo que la invasión buscaba solidificar el régimen y repetir la experiencia de Crimea", dice Bondarev. Olvidada esa meta, la pistola que tranquiliza a Putin es la del FSB, heredero del KGB, "que es particularmente poderoso en tiempos de guerra y que, si los combates en Ucrania terminaran, podría tener que renunciar a su objetivo de lograr dicho control total", escribe en Vlast la analista Farida Rustamova, que cree que "la caída de la popularidad de Putin es significativa", pero "no crítica". Nina, profesora en la capital, discrepa: "Los precios están creciendo y la gente está irritable, los problemas con internet son constantes".

Bu haber ilk olarak şurada yayınlandı: El Mundo.

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