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Antony Beevor: "Sin Rasputín no hubiera habido un Lenin"
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Antony Beevor: "Sin Rasputín no hubiera habido un Lenin"

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El País
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Acostumbrados a escuchar a Antony Beevor detallar los movimientos de tropas en Stalingrado, el cerco de Berlín, el desembarco de Normandía, el esfuerzo de los paracaidistas en Arnhem o la ofensiva de los pánzers en la última baza de Hitler en las Ardenas, sorprende oírle hablar del pene de Rasputín. La verdad es que pone la misma cara de reconcentrado interés que con sus habituales temas bélicos. “El pene de Rasputín… es un objeto atractivo desde luego”, dice al mencionarle su interlocutor que ha visto, en una tarde de estupefacción y vodka, el que se exhibe como tal apéndice en un museo en San Petersburgo en un frasco de cristal. “Ya, se supone que mide 13 pulgadas, unos 33 centímetros, pero no sé si es algo que debamos tomarnos en serio. Mi suegro, el historiador John Julius Norwich, explicaba que su padre, Duff Cooper, primer embajador británico en Francia tras la Liberación y también historiador [y padre de la notable escritora Artemis Cooper, esposa de Beevor], estaba convencido de que parte del éxito sexual y del magnetismo de Rasputín residía en su miembro y en su control muscular, pero no hay constancia histórica de que se lo hubieran cortado tras su asesinato. Hoy es imposible afirmar que lo que se exhibe sea suyo, no creo que se haya hecho ningún test de ADN”. De hecho hay quien dice que se trata del pene de un caballo, eso si no es un pepino de mar desecado, como también se ha sugerido. Beevor recuerda, en todo caso, que en su momento en la Rusia zarista se le atribuía una potencia sexual extraordinaria a Rasputín y corrían caricaturas que mostraban su órgano, en referencia a la influencia del monje sobre la zarina y, a través de esta, sobre el zar, con la leyenda: “La caña que dirige Rusia”.

Toda esta singular conversación con Sir Antony Beevor (Londres, 79 años), reconocido como uno de los mejores historiadores militares de nuestro tiempo, y que incluirá luego tararear la célebre canción de los Boney M dedicada a Rasputín, viene al caso porque el autor acaba de publicar un libro en cuyo centro está el controvertido personaje del denominado monje loco, Rasputín y la caída de los Románov (Crítica, 2026), una obra apasionante y reveladora que entra dentro de otra de las áreas de interés del estudioso, Rusia (con títulos como Rusia, revolución y guerra civil 1917-1921, Un escritor en guerra, en colaboración con Luba Vinográdova, sobre Vasili Grossman en el Ejército Rojo; El misterio de Olga Chekhova o el propio Stalingrado). En su nuevo libro, Beevor investiga la verdad tras el extravagante personaje de Grigori Yefimovich Rasputín (1869-1916), el gran seductor, el místico salvaje, el libidinoso, borrachín y algo guarro mujik (campesino típico de la literatura rusa, rudo y pobre), que encandiló al zar Nicolás y su esposa la zarina Alejandra, y del que dice que le fascinaba desde hace tiempo.

El historiador subraya que pese a no tener ningún cargo oficial y ser un campesino siberiano casi analfabeto, Rasputín, personaje de novela con una vida (y una muerte) de leyenda o de sainete, según se vea, “contribuyó, sin pretenderlo y sin ser para nada un revolucionario sino un monárquico devoto, más que ninguna otra persona al hundimiento de la mayor autocracia del mundo”, el imperio de los Románov. En ese sentido Beevor cree que no es desacertado y que hay “algo de verdad” en el juicio de Kerensky, que, abundando en la idea de que el influjo del monje sobre la zarina desestabilizó el imperio, afirmó que “sin Rasputín no hubiera habido un Lenin”. Y recuerda el historiador que Rasputín, influyendo en los gobiernos de Nicolás, tuvo responsabilidad en que, por ejemplo, hubiera escasez de pan en San Petersburgo, lo que llevó a revueltas, y es, por tanto, “un enlace directo con la revolución”.

En su libro, Beevor resigue la vida de Rasputín pero no como una biografía al uso sino insertándola en la historia general y en la marcha de la Rusia del zar hacia el desastre, y observando la conexión del personaje con los acontecimientos que precipitaron el final de la casa de los Románov. “La caída de un imperio es un momento sumamente dramático, digno del Ozymandias de Shelley, y me ha fascinado como lo hizo el hundimiento del imperio nazi que relaté en Berlín”. Al historiador, que considera que el ruso de los Románov era” un imperio narcisista cuya caída es un acto de justicia poética”, le interesa especialmente la red de mitos y mentiras, muchos de ellos sexuales, que se arremolinaron en torno a la figura del favorito de la zarina y que compara con las fake news de la actualidad. Y cómo los rumores paranoicos sobre conspiraciones pudieron (y pueden) crear efectos tan poderosos o más que la realidad.

De hecho, el asesinato de Rasputín, en 1916, fue producto de la obsesión de una parte de los seguidores del zar y la monarquía —entre ellos la emperatriz viuda madre de Nicolás y varios de los grandes duques— que veían con alarma la influencia del monje sobre la familia imperial y quisieron librarla de él. La conspiración para matar al rijoso padrecito y el acto de su eliminación, que incluye el torpe uso de veneno caducado en pastelillos y vino, y disparos con una pistola en mal estado, tienen los mismos tintes surrealistas de toda la historia del personaje y la época final del régimen. Al respecto, Beevor recuerda que hay un elemento irreductible a la lógica en el gran país del Este. Y trae a colación la frase de Churchill (tras el inesperado pacto de la URSS con los nazis en 1939) de que “Rusia es un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma”, y la máxima del poeta Fiódor Tjútchev de que “no se puede entender a Rusia tan solo con la razón”. Y añade: “Tampoco a Rasputín”.

“Era en parte charlatán, pero creo que también había un lado de auténtico en su personalidad, una espiritualidad sincera y hasta inocente”, reflexiona Beevor. “Lo más sorprendente es que pasaba de un personaje a otro, había un elemento casi esquizofrénico en él”. ¿Y qué hay de la lujuria que se le atribuía? “Sin duda había un componente de eso en Rasputín, de pura lujuria y lascivia extremas, los testimonios hablan de una compulsión a tocar a las mujeres —decía que así establecía una comunicación especial—. Muchas estaban seducidas por su carisma y su comportamiento desvergonzado e indecente, su combinación de erotismo y misticismo, tenían relaciones íntimas con él, e incluso había grandes damas que se ofrecían voluntarias para cortarle las uñas y guardaban los recortes como talismanes, y también los restos de su comida. El caso es que se veía atraído por la carne femenina. Obsesionado con la tentación, el pecado y el arrepentimiento, sentía una atracción irresistible por las prostitutas, a las que contrataba incluso por parejas, y a veces se probaba a sí mismo si era capaz de contenerse, acostándose con ellas y permaneciendo desnudos sin más —mortificación con ecos de la secta flagelante de los jlysty—. Hay pruebas de que trató de manera perversa a numerosas mujeres de todas clases, muchas solitarias, infelices o vulnerables, y de que las acosaba, abusaba de ellas y las violaba. Un comportamiento que hoy sería juzgado como absolutamente criminal”.

“Para extravagantes asimismo, desde luego, el zar y la zarina”, continúa, “que no eran tampoco personas normales”. Apunta Beevor las contradicciones de la alemana de origen Alejandra, criada como princesa pobre luterana (Alicia de Hesse y del Rin) y ascendida luego a la grandeza imperial, con cambio de nombre incluido, hasta tal punto que la reina Victoria, su abuela, se sorprendió de verla revestida de las impresionantes joyas de la corona de los Románov y dijo: “quién lo hubiera pensado”. En cuanto a Nicolás, “no estaba bien preparado para su papel como autócrata, y era, además de fatalista y carente de imaginación, terco e indeciso”, muy mala combinación para sacar adelante un imperio en horas difíciles. Eran los dos muy guapos eso sí (él más bajo que ella, lo que le producía complejo) y estaban marcados por la enfermedad de su único hijo varón y heredero, el hemofílico zarévich.

“Hay que ver a Rasputín como síntoma”, prosigue Beevor. “Existía en Rusia en la época una predisposición al misticismo, el espiritismo y los santones que facilitó su ascensión en la sociedad imperial; en parte era entretenimiento, pero el zar y la zarina se lo tomaban muy en serio y para ellos, sobre todo para Alejandra, Rasputín fue un verdadero hombre santo y un gurú, un maestro espiritual y un sanador”. ¿Había algo de cierto en los poderes mentales que se atribuían? “Bueno, era muy intuitivo pero fue incapaz de ver que le iban a asesinar. En cuanto a su capacidad de supervivencia y su ‘diabólico rechazo a morir’, todo el relato popular del asesinato es basura. Simplemente fue una gran chapuza, el cianuro estaba caducado o lo hizo inefectivo el azúcar de los pasteles, y la pistola con la que le dispararon primero era un arma muy ligera. Fue el asesinato más incompetente de la historia de Rusia”. Hablando de gurús, ¿ve relación con Gurdjieff? “No lo conozco bastante como para emitir un juicio, pero es interesante cómo esos personajes llenan las fantasías masculinas de algunas mujeres”. El historiador recalca que el monje siberiano llegó en un momento muy malo para la monarquía pero muy bueno para él, tras el desastre de la guerra ruso-japonesa y las revueltas populares. “La llamada de Rasputín a contemplar la belleza de Dios y la espiritualidad de la naturaleza reconfortó a Nicolás, pero a la vez el monje erosionó la reputación del zar, al que se veía como cornudo y como incapaz de frenar la interferencia del personaje en la política rusa”.

Es curioso que a Rasputín le elimina el sector más reaccionario y ultraderechista ruso. “Sí, los monárquicos absolutistas más rancios, desesperados por su influencia y arrogancia —se estaba metiendo hasta en decisiones militares de la Primera Guerra Mundial que se libraba entonces— y que creían que tenía hechizada a la familia real. Le matan porque creen que así salvarán a la dinastía Románov; el asesinato causó sensación en toda Europa, donde Rasputín era muy conocido. Personajes como Yusúpov, el asesino principal, que se travestía, son casi tan extravagantes como el propio Rasputín”.

Algunos de esos personajes antirrasputinianos, por no hablar del propio Rasputín, parecen salidos de la pluma de Dostoyevski o de Chéjov. “Es cierto, el arte imita a la vida, pero Rasputín no había leído a ninguno de los dos, de hecho no le veo interesado por ninguna figura de la literatura rusa”. Por Rasputín en cambio se interesaron los Boney M, ¿recuerda la canción de 1978?, tenía alguna estrofa interesante, aquello de “he was big and strong/ in his eyes a flaming glow” o lo de “full of ecstasy and fire”. Beevor esboza una sonrisa y, sorprendentemente, cita otras estrofas de la popular melodía, “lo de ‘russia’s great love machine’ era una tontería, seamos francos, y también lo de ‘love of the russian queen’, todo muy superficial y falso, claro. Perdona que no la tararee, que canto fatal”. Curiosamente, los Boney M cantaban una frase que concuerda mucho con lo que piensa el historiador: “ah, those russians”, ah esos rusos.

En Internet, por cierto, puede encontrarse una parodia de Boney M con Vladimir Putin cantando y bailando Rasputín. Ras-Putin, ¿hay alguna relación entre ambos rusos? “No la veo, más allá de que Putin cuenta que su abuelo Sprididón Ivánovich había sido chef del Astoria y que Rasputín siempre le daba de propina una moneda de oro de diez rublos, lo que puede ser otra de las fantasías e invenciones de Putin”.

¿Va a regresar Beevor a la Segunda Guerra Mundial como esperamos todos sus lectores? “La verdad no me veo como mi suegro, que escribió su último libro, sobre Francia, a los 88 años, pero sí que haré otro, el último, y será sobre la Batalla de Inglaterra, que es un gran punto de inflexión, en el que el fracaso de Hitler hizo vislumbrar que no podía ganar la guerra. Y me apetece escribir sobre la guerra aérea, algo que nunca he hecho”.

En cuanto a la actualidad internacional, Beevor no ve con especial inquietud que el aliado tradicional, EE UU, se desmarque de la defensa europea. “Hasta cierto punto es nuestra culpa, tendríamos que habernos esforzado más antes de Trump. Confío que el nuevo ejército europeo va a saber defender Europa, porque tengo claro que va a haber guerra en el Báltico en tres o cuatro años, y hay que estar preparados. España estáis lejos, y nosotros tenemos el canal, pero si vives cerca de la frontera con Rusia eres muy consciente del peligro”. En cuanto a la guerra de Irán “me temo que es imposible predecir como van a evolucionar los acontecimientos pero no me parece que vaya a haber un salto muy grande de escala, será una cuestión de grado. Vivimos tiempos oscuros, sí”.

This article was originally published by El País.

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