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Fondation Michalski: Un Refugio Literario y Artístico en el Jura Suizo
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El Mundo18.06.2026Other11 dk okumaSpain

Fondation Michalski: Un Refugio Literario y Artístico en el Jura Suizo

Un espacio único que combina arquitectura moderna, residencias para escritores y exposiciones de arte, atrayendo a talentos de todo el mundo.

نظرة سريعة

  • La Fondation Michalski, en Montricher (Suiza), es un centro cultural que fusiona arquitectura vanguardista, residencias literarias y exposiciones de arte.
  • Atrae a escritores y artistas de todo el mundo, ofreciendo un espacio inspirador para la creación y el intercambio cultural.

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La Fondation Michalski, situada en un entorno natural idílico en el Jura suizo, es un centro cultural que alberga residencias literarias, exposiciones de arte y una vasta biblioteca. Fue creada en honor a Jan Michalski y se ha convertido en un refugio para creadores de todo el mundo.

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«¿Quieres ver mi cabaña?», pregunta la escritora francesa Julia Malye. A los pies de las montañas del Jura suizo, a las afueras del remoto pueblo de Montricher en el que apenas hay un colmado, el albergue Deux Sapins y el bar Lyon d'Or, que lleva cerrado algún tiempo, se esconde un bosque literario de cabañas suspendidas, solo que no en los árboles. Bajo una gran pérgola de hormigón, como si fuera un cielo con huecos que se dirían nubes o los claros de las copas de los árboles, se extiende una pequeña aldea de arquitectura hipermoderna diseñada por el estudio Mangeat-Wahlen como si fuera una prolongación del Jura con cierto aire de ciencia ficción.

Julia abre la puerta de su cabaña de acero blanco, con puntos y líneas tatuados sobre el metal, un código morse que reproduce una cita del Walden de Thoreau sobre la vida en los bosques: «Más allá de la simplicidad, desnudez». El interior no podría ser más sobrio y ascético, pero cálido. La sensación de cabaña es total: todo es madera, incluida una celosía neoarabesca que separa el pequeño dormitorio. «Escribir aquí es increíble, muy inspirador», dice la moradora, que escribió su primer libro, La fiancée de Tocqueville, a los 15 años, pero a quien el público español ha conocido por su reciente Louisiana (Salamandra).

Habla un perfecto español porque, aunque sea parisina, una serie de casualidades la llevaron a sacarse el carnet de conducir en... Granada. «Fue la mejor escuela de idiomas. Si no aprendía rápido, podía atropellar a alguien», ironiza. Desde su mesa frente a un gran ventanal, la ladera del Jura parece entrar en la cabaña y fundirse con el idílico campo suizo, con balas de paja aquí y allá. A lo lejos, asoma una casa de madera de estilo campestre. Es la de Vera Michalski-Hoffman, la mecenas que puso en marcha la Fondation Michalski en honor a su marido fallecido, Jan, editor de Noir sur Blanc.

Nuestra primera guía por el retiro literario más cool de Europa prepara un té y se sienta para continuar su nueva novela, que transcurre entre París y la isla griega de Tinos. Afuera, siguiendo un camino pavimentado entre flores silvestres cual sendero entre las cabañas/árboles, se llega a la plaza principal, con su cafetería y una de las emblemáticas esculturas de Jaume Plensa: la silueta de un hombre arrodillado formada por letras de distintos alfabetos, Le voleur de mots (El ladrón de palabras). La directora de la fundación, Natalia Granero, y la responsable de Comunicación, Aurélie Baudrier, reciben a los primeros invitados del festival Bibliotopia, que este año gira en torno a la locura. «Este es nuestro gran evento anual. Entendemos la literatura en un sentido amplio. No solo aparece al abrir un libro, también entra por los ojos y las orejas. Además de exposiciones, organizamos recitales, sesiones de cine y todo tipo de eventos, siempre con la literatura en el centro», explica Granero, que nació y creció en Ginebra pero cuyos padres son de origen español.

Más que una residencia de escritores, la Fondation Michalski se erige como un centro cultural en medio de los interminables campos poblados por vacas pastando y caballos. Una postal digna de Heidi. En las coquetas carreteras salpicadas de amapolas prácticamente hay más tractores que coches. Hasta que la fundación abrió sus puertas en 2013 -aunque las residencias literarias no empezarían hasta 2017-, el principal reclamo del pueblecito de Montricher era la Fromagerie Gourmande, que produce algunos de los mejores quesos del Vaud, como el gruyère suizo. «¡Oh, la Fromagerie! Aún recuerdo el olor a leche concentrada y las vacas a dos metros», habla Miquel Barceló desde Barcelona.

La literatura también se escribe a pinceladas y, en 2025, el artista realizó una exquisita exposición titulada Autofictions, casi una retrospectiva que releía su obra desde los libros: empezaba con un autorretrato del joven Barceló colocado cual díptico junto al retrato del poeta Miquel Bauçà, mallorquín como él. «Le conocía desde niño, era un poeta muy singular. De él aprendí lo que es la universalidad: una ensaimada puede ser un símbolo de Mallorca o contener el cosmos entero, ser el big bang». Y se apasiona hablando de los bellos (y exigentes) versos de Bauçà. «Qué curioso que sea en Suiza, en un microlugar como la fundación, donde se apueste por la poesía más minoritaria, por la literatura más radical... ¡Y en todas las lenguas! Allí descubrí cosas inauditas. Parece que no pueda existir un lugar así, es como un invento de Borges», cuenta en su mallorquín natal.

Lejos de las grandes plazas donde suele exponer, Barceló prestó obras de su colección particular para su exposición en Michalski, como sus raros libros pintados que apenas suele mostrar: algunos parecen hallazgos arqueológicos sacados del fondo del mar, otros son una escultura en sí. «Hice esta exposición solo por el placer de hacerla. No era para el gran público, era para letraheridos», reconoce. Lector omnívoro desde niño (de adolescente ya había devorado la biblioteca de Felanitx), dejó su particular lista de lecturas en todos los idiomas, sus filias personales: Séneca, Leopardi, Baudelaire, Bowles, Yeats, Pessoa, Vinyoli... Aunque su exposición cerró el pasado otoño, Barceló no se ha ido del todo, anda cavilando «un umbráculo o escultura donde la gente pueda recogerse para leer», tal vez de cerámica. «Será como un refugio. De hecho, la Michalski se ha convertido en un refugio para escritores de Palestina, de Ucrania, de Rusia...», apunta. Sin ir más lejos, uno de los residentes de este mes es Atef Abu Saif, que nació en el campamento de Jabalia, en Gaza, y cuyos libros hablan de la ocupación y la vida en conflicto perpetuo.

«Por aquí ha pasado gente de todo el mundo. El impacto ha sido muy importante», resalta la directora de la fundación. «Muy pocos escritores se ganan la vida escribiendo, y a veces las políticas culturales, basadas sobre todo en becas, no son suficientes. Aquí, en medio de la naturaleza, procuramos que tengan una experiencia completa alrededor de la escritura», continúa Granero al tiempo que ofrece un vino local, denominación de origen Fléchy, elaborado con uva Chasselas. «Esta no la tenéis en España», sonríe.

"Qué curioso que sea en Suiza, en un microlugar como la Fondation Michalski, donde se apueste por la poesía más minoritaria, por la literatura más radical"

Miquel Barceló

Entonces aparece Rosa Montero, de negro y con un fular rojo, recién llegada de Madrid tras un vuelo a Ginebra, tren a la ciudad de Morges y media hora de coche. Es una de las protagonistas de Bibliotopia, junto al poeta rumano Mircea Crtrescu o el psiquiatra Patrick Lemoine, que en su último libro analiza la salud psíquica de los genios, de una posible bipolaridad de Marie Curie al narcisismo de Picasso. «¡Pero este sitio es maravilloso!», se exclama Montero, que tiene su particular refugio de escritura en Cascais, en la costa portuguesa.

«Las novelas son sueños que se sueñan con ojos abiertos: sueños diurnos que nacen del mismo inconsciente que los nocturnos», dirá poco después en una de sus dos charlas, tan profundas como divertidas. La escritora se gana al público suizo con su luminoso carisma y encantadora cercanía. Parece una residente más. Cual Mary Poppins, sorprende a todos sacando una bolsita de muñequitos de apenas tres centímetros que regala a los lectores cuando firma sus libros (además de una pegatina de estrellitas).

«¡Esta mujer es magnífica! Admito que no la conocía, pero buscaré uno de sus libros en inglés», asegura Mateo Askaripour, uno de los nuevos residentes que acaba de aterrizar desde Nueva York. De madre jamaicana y padre iraní, viene a revisar el manuscrito de su tercer libro, Pure Ox, que publicará el próximo enero en Penguin. «Y tal vez a empezar un cuarto», aventura. Su debut, Black Buck, una sátira sobre el racismo en las compañías tecnológicas (de un chaval que pasa de trabajar en Starbucks a una startup), se coló en pocos días en la lista de best sellers del New York Times y le proporcionó una atención mediática inmediata. Ahora, busca calma: «Este lugar es perfecto, puedes sentir cada detalle. Hay una paz infinita». Y añade: «Sobre todo, para alguien que viene de un país donde la verdad ya no es la verdad y a la gente ya ni siquiera parece importarle...».

Algo más alejado, sentado sobre un muro con vistas a los Alpes franceses, con la imponente silueta del Mont Blanc que aparece en días despejados, el escritor Rémy Ngamije se toma una taza de café. Nació en Ruanda, pero sus padres se marcharon a Namibia por la guerra. Desde Windhoek, la capital del país, trata de impulsar proyectos culturales como una bienal o la primera -y única- revista literaria. «No hay circuito cultural alguno. Ojalá existiera algo parecido a esto», suspira Rémy.

"En medio de la naturaleza, procuramos que los autores tengan una experiencia completa alrededor de la escritura"

Natalia Granero, directora de la Fondation Michalski

Tras su ópera prima publicada en Sudáfrica y una recopilación de cuentos, ¿qué está escribiendo ahora? «Una historia erótica muy muy sucia», responde muy serio antes de echarse a reír. «Es broma». Anda con una recopilación de historias cortas. «¿Sabes que tenía un bar de salsa en Namibia?», susurra el colombiano Antonio Ungar. «Rémy sabe más de música latina que yo», ríe. Lo cuenta después de comer en la cabaña de cristal, que proyectó el arquitecto chileno Alejandro Aravena antes de obtener el Pritzker en 2016. Salvo la estructura principal, cada cabaña ha sido diseñada por un estudio distinto: el japonés Kengo Kuma, el brasileño Marcio Kogan, los escandinavos Rintala-Eggertsson... La Fondation Michalski es, en sí misma, un manifiesto arquitectónico.

A Antonio le suelen dejar la comida del día -pescado del lago Lemán, verduras de temporada, productos de kilómetro zero- en la nevera: es el único que come en horario español y no a mediodía. Tras ganar el Premio Herralde por Tres ataúdes blancos y narrar el choque entre guerrillas, ejército y narcos en Eva y las fieras (Anagrama) está escribiendo otra historia de migración y violencia. «Colombia sigue controlada por el narco. Quedaron grupúsculos de las FARC que pelean por todo el país, la industria ilegal de la cocaína todavía sostiene muchos sectores y la corrupción no termina», lamenta. Pero a los pies del Jura solo se oyen pájaros y el aire huele a flores. «Estar aislado en medio de la naturaleza, bajo esta arquitectura, a veces se siente como una distopía rara», confiesa. «Pero es un experimento muy interesante».

El brutalismo de la cubierta ondulante y las 96 columnas de hormigón se suaviza con el verde de la vegetación y de las enredaderas que poco a poco van cubriéndolas. La joya de la fundación es, sin duda, su magna biblioteca, abierta al público; resulta frecuente cruzarse con ciclistas con sus maillots fluorescentes ojeando libros, en una parada de sus rutas de montaña. La puerta de entrada impresiona: más de 10 metros de roble macizo, como si replicara la forma de una estantería o un mikado gigante. Cual biblioteca de Babel o actualización futurista de las abadías benedictinas, en sus cuatro plantas se despliegan más de 80.000 volúmenes en varios idiomas, del árabe al ruso. La sección de lengua española ocupa todo el lateral de la segunda planta y se divide por países: empieza por España (con clásicos pero también novedades como Seducción, de Sara Torres, o Han cantado bingo, de Lana Corujo, además de la subsección catalana con la poesía de Bauçà) y continúa con estantes dedicados a todos los países hispanoamericanos.

Siguiendo con el espíritu filantrópico de la fundación, todos los volúmenes se compran en librerías independientes, ya sea de Suiza (la Albatros de Ginebra para autores españoles) o del resto de Europa, como una especializada en Viena para los libros en árabe. Entre las estanterías, los cómodos sofás de cuero y los rincones de lectura, sorprenden piezas de arte como Ex-libris. No man's land (2008) de Laurent Sfar, un libro-objeto concebido a partir de la novela de Louis Calaferte, o el monumental Universo-Islas (2017) de Anselm Kiefer, un magno volumen de yeso, acuarela y cáscaras de moluscos.

"Estar aislado en medio de la naturaleza, bajo esta arquitectura, a veces se siente como una distopía rara. Pero es un experimento muy interesante"

Antonio Ungar, residente colombiano

Chez Michalski la literatura está intrínsecamente ligada al arte y, en 2019, el mismísimo Kiefer -uno de los artistas más cotizados del mundo- preparó en persona la inauguración de una muestra basada en sus libros y xilografías. «Nos costó mucho posicionarnos en el circuito artístico. Pero instituciones como el Pompidou nos ceden ya obras», afirma la directora. Su lista de exposiciones rivaliza con la de un museo al uso: Antonio Saura. De las escritura a la pintura (2016), Jacques Prévert. Images (2017), Boris Vian. En avant la musique! (2018)... «Intentamos no caer en lo obvio. Fuimos los primeros en dedicar una exposición a la fotoliteratura. Tratamos a Lorca desde la escena teatral. A Joan Miró lo contrapusimos a Paul Éluard», señala Granero.

Salvo los lunes, el único día cerrado al público, cualquiera puede pasearse entre las cabañas de esta aldea literaria y descubrir las obras de arte discretamente colocadas en todos los rincones. En la cafetería llama la atención una ventana repleta de antiguos frascos de medicamentos. El bote de pastillas rosas lleva la etiqueta de La náusea de Sartre, el tubito alargado la de El amante de Marguerite Duras y aquel líquido condensado corresponde a La Odisea de Homero: así es la Farmacia literaria (2014) de Peter Wüthrich. «La literatura también cura», sintetiza la directora. En el circuito de residencias literarias, la Fondation Michalski ya se ha posicionado como una de las que más interés genera. Ofrece cerca de 60 plazas cuya duración varía entre un par de semanas o dos meses, pero las solicitudes ya superan las 3.300, de las que apenas se podrán atender el 2%.

أسئلة مفتوحة

  • ¿Cuál será el próximo gran proyecto artístico o literario de la fundación?
  • ¿Cómo se gestionará la creciente demanda de residencias frente a la oferta limitada?

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This article was originally published by El Mundo.

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