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Las redes sociales ya no son 'sociales': la era de las relaciones parasociales
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El País22‏/6‏/2026تقنية5 د قراءةSpain

Las redes sociales ya no son 'sociales': la era de las relaciones parasociales

نظرة سريعة

  • Las redes sociales evolucionan de espacios de conexión a plataformas de consumo de contenido, fomentando relaciones parasociales en lugar de interacciones recíprocas.
  • Este cambio, impulsado por modelos económicos que priorizan la atención y los beneficios, cuestiona la pertinencia del término 'red social'.

ملخص مُنشأ بالذكاء الاصطناعي

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Una vez tuve un profesor en el instituto famoso por sus interminables sermones. Entre bostezo y bostezo, repetía una advertencia que entonces sonaba obvia: “nunca olvidéis que lo que ocurre en la televisión es ficción, no realidad”. Años después, al constatar en qué se han convertido las redes sociales, aquella advertencia resuena con una vigencia inesperada.

El término “red social” se generalizó a mediados de los años 2000, coincidiendo con el auge de plataformas como Facebook, Twitter o YouTube. Durante sus primeros años, la expresión describía con bastante precisión lo que allí ocurría: espacios digitales donde las personas compartían contenidos, mantenían el contacto con amistades y familiares, y reconstruían vínculos debilitados por el tiempo o la distancia. Lo importante no era solo el contenido, sino el vínculo que generaba: comentar una foto, responder a una publicación. Esa dimensión relacional alimentó una ilusión colectiva sobre el potencial de estas plataformas para fortalecer la solidaridad y democratizar la comunicación.

Sin embargo, las mismas plataformas que facilitaron la conexión se han convertido en altavoces de la desinformación, el acoso y la polarización, mientras la lógica de la viralidad premia contenidos extremos o falsos. Pero más allá de estos problemas ampliamente documentados, se ha producido una transformación más profunda y menos visible: un cambio en el uso que las personas hacen de las redes. Los datos del Global Consumer Research Data on Social Media Use muestran que cada vez más usuarios priorizan el consumo de contenido frente a la interacción. Además, ese contenido, ha cambiado de naturaleza. Las publicaciones que dominan los feeds ya no son, en su mayoría, espontáneas, sino piezas elaboradas con una intención clara: captar la atención.

Esta evolución responde a un modelo económico concreto. El activista Cory Doctorow lo describe así: las plataformas, una vez que han fidelizado a sus audiencias gracias a la oferta de servicios gratuitos, priorizan gradualmente otros intereses, orientando el entorno primero hacia los anunciantes y luego hacia la maximización de beneficios, aunque deterioren la experiencia de quienes las usan. En ese proceso, la sociabilidad, motor inicial de estas redes, se convierte en un recurso explotable: las interacciones dejan de ser el fin y pasan a ser el medio para captar y retener la atención, el bien más disputado del ecosistema mediático actual.

El resultado es un entorno donde la visibilidad está profundamente jerarquizada. Un pequeño grupo de creadoras y creadores concentra la atención, mientras la mayoría adopta un papel pasivo: ya no se trata tanto de hablar con otras personas como de seguir a quienes producen constantemente. Lo que emerge no es una red social en el sentido original, sino algo más cercano a un sistema de relaciones unidireccionales. A este tipo de vínculo, en el que una de las partes conoce (o al menos cree conocer) a la otra sin que exista correspondencia real, se le llama parasocial. No es un fenómeno nuevo: ya existía entre el público y las celebridades de la televisión o la radio. La diferencia es que ahora se ha convertido en la forma dominante de interacción en plataformas que seguimos llamando sociales.

Nada de esto significa que la ficción sea negativa en sí misma; puede ser fuente de entretenimiento y aprendizaje. El problema aparece cuando sustituye a los vínculos que implican reciprocidad y presencia mutua. Una cosa es seguir la vida de alguien a través de una pantalla, y otra muy distinta formar parte de una red de relaciones que puede sostenernos cuando lo necesitamos. Las primeras entretienen; las segundas construyen tejido social. Hoy, buena parte del tiempo en redes se dedica a lo primero, reforzado activamente por algoritmos que priorizan los contenidos que maximizan el tiempo de permanencia. Como consecuencia, quienes aún valoran una conexión más auténtica se están retirando hacia espacios más acotados: grupos de mensajería privada, comunidades cerradas y entornos de suscripción donde la confianza importa más que la escala.

Conviene, entonces, volver a la pregunta inicial. Si lo que ocurre en estos espacios se parece cada vez menos a una red de relaciones y cada vez más a un sistema de consumo de contenido, ¿sigue teniendo sentido llamarlos “redes sociales”? Nombrar no es un gesto trivial. Las palabras que utilizamos para describir la realidad condicionan la forma en que la entendemos. Seguir hablando de redes sociales puede hacernos olvidar la transformación que han experimentado estas plataformas y dificultar una reflexión crítica sobre su funcionamiento actual. Si su naturaleza ha cambiado, también deberían hacerlo las categorías con las que las pensamos y analizamos. No se trata solo de una cuestión terminológica: se trata de reconocer que lo que hoy domina en estos espacios no es precisamente la conexión entre iguales.

Aquel profesor nos pedía que no confundiéramos la pantalla de la televisión con la realidad. Hoy, cuando la pantalla cabe en el bolsillo y la llevamos a todas partes, su advertencia ya no suena obvia. Suena urgente.

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This article was originally published by El País.

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