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Vecinos de Ceuta suplen al Estado tras la crisis migratoria: comedores improvisados y refugio contra abusos
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El Mundoقبل 23 ساعةالعالم8 د قراءةSpain

Vecinos de Ceuta suplen al Estado tras la crisis migratoria: comedores improvisados y refugio contra abusos

Una red vecinal en barriadas de Ceuta asume la alimentación, el aseo y la protección de menores migrantes ante la falta de respuesta institucional, en medio de tensiones y denuncias de agresiones sexuales.

نظرة سريعة

Vecinos y activistas de barriadas musulmanas en Ceuta transforman casas particulares y espacios públicos en centros logísticos para alimentar, vestir y proteger a los migrantes llegados masivamente, supliendo la inacción estatal y combatiendo abusos.

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لماذا يهم

Llegada masiva de miles de migrantes a Ceuta, generando una crisis humanitaria ante la falta de respuesta inmediata de las administraciones públicas.

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Cada mañana, a las nueve, Sabah abre la puerta de herraje de su casa. No vuelve a cerrarla hasta cerca de las 11 de la noche. A veces, incluso más tarde. Por esa puerta pasan hasta 400 personas al día. Su vivienda de Los Rosales se ha convertido en comedor social, almacén de ropa para inmigrantes, baño público, oficina de búsqueda de desaparecidos y refugio para menores. Una casa particular está haciendo una parte del trabajo que, casi una semana después de la llegada masiva de migrantes a Ceuta, todavía no han asumido los servicios sociales de la ciudad autónoma ni los del Gobierno central.

Sabah es empresaria de bazares y comparte normalmente las dos plantas y la terraza del edificio con su marido, su hijo y una sobrina. «Cuando estalló todo esto se fueron de vacaciones y me dejaron aquí a lo mío», cuenta. Ahora, sus habitaciones sirven de refugio para niñas vulnerables y de almacén para bolsas de ropa, cajas de comida y perolas. También reciben a personas que necesitan comer, lavarse, vestirse o encontrar a sus seres queridos.

No está sola. Una red de mujeres musulmanas de Los Rosales, El Príncipe y La Reina cocina durante horas, clasifica prendas, reúne productos de higiene y busca un lugar seguro para quienes duermen en la calle. Los vecinos aportan alimentos, dinero y vehículos. Algunas familias abren sus casas. «Los productos son donaciones de vecinos, empresarios locales e incluso niños que han vaciado sus huchas», cuenta emocionada.

En la terraza, varias mujeres remueven un estofado de carne picada dentro de grandes perolas. Otras llenan recipientes que después se reparten en la calle. La actividad no se detiene. «Ayer entregamos unas 200 y pico raciones», calcula Sabah. «Pero luego está la gente que estaba escondida en los campos y que viene por la tarde para ducharse y comer. Han pasado unas 400 y pico personas».

Los hombres y los niños se lavan al aire libre en la azotea. Suben en pequeños grupos con la ropa dentro de bolsas de basura. No hay duchas ni vestuarios. Se asean con cubos, barreños y recipientes de plástico, mientras los voluntarios reponen el agua y reparten jabón. Las mujeres utilizan los baños de las plantas inferiores para conservar su intimidad. Algunos migrantes, después de recibir comida o ropa, se quedan para ayudar a quienes continúan esperando.

Las camas de la vivienda han desaparecido bajo bolsas, barras de pan, latas, ropa, paquetes de macarrones... Lo que antes era una casa es ahora un centro logístico. ¿Qué es lo que más cuesta encontrar? «Ropa interior», responde ella. «Mi hija fue a Algeciras a recoger varios paquetes que enviaron unas amigas de Gibraltar y he regalado los calzoncillos de mi marido y mis hijos... Verás cuando vuelvan», cuenta riendo.

Su prioridad, sin embargo, son los menores. Especialmente, las niñas. Cuatro llegaron sin previo aviso esta madrugada. La víspera, le despertó el timbre: otras tres entraron «con la ropa desgarrada y pidiendo auxilio». El relato de Sabah coincide con lo que otros vecinos ya contaron a este diario: algunas de menores que vagan solas por Ceuta han sufrido abusos o situaciones de explotación sexual.

«Yo no quiero tener a nadie durmiendo», comienza. Después se interrumpe: «Pero cuando ves un intento de violación...». Las niñas duermen donde pueden, dentro de las habitaciones de una familia que no conocían antes de cruzar la frontera. «Ayer, estaban como sardinas en lata», afirma.

La violencia sexual contra las chicas es uno de los problemas que más preocupa a los habitantes de estas barriadas. Usman y su amigo Abdalá son dos veteranos activistas de estos barrios que han montado una zona segura para mujeres y niñas -en su mayoría magrebíes, pero también subsaharianas- en una pista de fútbol sala en la que, antes de la crisis humanitaria, los vecinos se reunían para ver los partidos del Mundial.

Allí, dos niñas de 17 años tratan de relajarse bebiendo una Fanta de naranja. Fueron rescatadas in extremis la noche anterior de un grupo de cinco personas con aspecto patibulario. «Tenían unos 40 años, tatuajes carcelarios, estaban bebiendo alcohol y vimos cómo trataban de arrastrar a las niñas al bosque», cuentan. Los hombres les dijeron que las chicas eran «sus hermanas»; luego, que eran «sus novias». Los activistas los definen como «una manada» que «quería llevárselas al bosque».

Afortunadamente, consiguieron trasladarlas hasta un lugar seguro. Las jóvenes trataron de denunciar lo sucedido ante la Policía Nacional. Sin embargo, las propias menores relatan a este diario que los agentes les dijeron «que se marchasen a las naves del Tarajal», la favela situada junto a la frontera cuya existencia ya ha denunciado este diario.

La protección de las menores se ha convertido en una carrera sin descanso para los vecinos de las barriadas musulmanas. Los voluntarios intentan localizarlas antes de que los hombres se acerquen a ellas. Después, les hacen un hueco en alguna vivienda: a veces, en casa de Sabah; otras, en la de vecinas como «una anciana ciega» con la que contactaron los activistas para que se apiadara de las niñas.

La vivienda de Sabah funciona también como punto de búsqueda de desaparecidos. Las vecinas llegan con fotografías y hacen circular por WhatsApp mensajes sobre niñas supuestamente llevadas a Ceuta a las que sus padres buscan al otro lado de la frontera. Aprovechando el trajín de la casa, Sabah pide que se impriman los avisos y se coloquen en la vivienda para que la gente los vea. También promete difundirlos por los grupos de WhatsApp de las vecinas.

Como la fama de Sabah precede a la última gran ola migratoria, algunos padres incluso pidieron a sus hijos que se acercasen a casa de esta mujer. Así llegó un menor de 14 años a la vivienda convertida en centro logístico. Sabah lo metió en casa, le dio de comer e intentó convencerlo para que no volviera a la calle. «Yo lo metí en casa, lo duché, le dimos de comer y le dije: 'No te vayas, que tu madre ha dicho que te quedes con nosotras'», relata. El niño terminó marchándose. Sabah cree que sus amigos le hicieron pensar que las mujeres llamarían a la Policía. Durante horas no supieron dónde estaba. Finalmente, la madre comunicó que había regresado a Marruecos y que habían podido reunirse.

Las prioridades de esta red improvisada han cambiado con el paso de los días. Primero hubo que alimentar a quienes permanecían en las calles; después, vestirlos y asearlos; ahora, mantener a los niños a salvo, porque «la calle no es lugar para niñitos de ocho años como estos», según cuenta la mujer. «Lo primero son los niños. Es una cuestión de vulnerabilidad», explica Usman.

Barriadas musulmanas

Aunque ahora las barriadas musulmanas estén cubriendo los huecos dejados por el Estado, la respuesta no fue inmediata. En las primeras horas hubo miedo, rumores y enfrentamientos. Usman asegura que algunos vecinos salieron con barras y katanas. La percepción cambió cuando comprobaron que muchos de los recién llegados eran jóvenes hambrientos, niños o familias que habían cruzado sin saber qué encontrarían al otro lado.

«La reacción del barrio ha sido solidaridad: 'de pobrecita esta gente'», sostiene.

Pero el abandono mantiene la tensión. A cinco minutos de la casa de Sabah, algunos migrantes han buscado refugio en el cementerio musulmán. Descansan a la sombra, lavan la ropa o duermen entre las tumbas. Otros han hecho allí sus necesidades.

El vigilante acude al camposanto para intentar que los hombres se marchen «por respeto a los muertos» y evitar un enfrentamiento con los familiares de las personas enterradas. «La ropa la pueden lavar y tender. Pueden estar un rato aquí a la sombra, pero no pueden dormir ni hacer sus necesidades. Esto es un sitio sagrado», afirma.

Ante el intenso olor a orín y la presencia de heces entre las tumbas de sus antepasados, algunos vecinos han amenazado con expulsarlos por la fuerza. «Ha habido gente a la que hemos tenido que calmar. Decían: 'Bajamos y los masacramos'. Están enfadados porque son sus muertos», relata el trabajador, que también asegura que algunos vecinos quieren llamar al Ejército para desalojar el cementerio, aunque se trata de «una solución radical» que tampoco desean. «Si los militares montan aquí un retén lo que pasará es que se los llevarán a todos a la frontera, y tampoco queremos eso».

Usman advierte de que el hambre, la falta de alojamiento y la presencia de miles de personas en las calles pueden volver a desatar los enfrentamientos si los servicios públicos no actúan.

«¿Qué hacemos, no les damos de comer, como dicen algunos?», se pregunta. «Cuando llega el hambre, la gente empieza a saltar y no se dan cuenta de que esto es muy grave porque aquí puede correr sangre».

Sabah también entiende su trabajo como una manera de contener el deterioro. Cada plato, cada ducha, cada prenda y cada menor acogido por su red de sororidad reducen la presión en unas calles donde la solidaridad y el conflicto caminan hombro con hombro.

«Nosotros estamos quitando mucho trabajo al Gobierno. Hay mucha gente ayudando a la que no se está viendo, pero la situación aguanta gracias a la ciudad, que se ha volcado», sostiene.

Sin embargo, se trata de un trabajo que no les corresponde y para el que no tienen apenas medios. Es donde, casi una semana después de la llegada de 80.000 inmigrantes, de los cuales 6.000 continúan «deambulando» por las calles -según el Gobierno de Ceuta-, siguen sin llegar las administraciones públicas.

ما الذي يجب مراقبته

توقعات الذكاء الاصطناعي — احتمالات وليست حقائق

  • Continuarán las tensiones vecinales y el riesgo de enfrentamientos si los servicios públicos no intervienen en el cementerio y las calles.

    مرجح · خلال أسابيع

أسئلة مفتوحة

  • ¿Cuándo asumirán las administraciones públicas la atención a los migrantes?
  • ¿Qué medidas tomarán las autoridades ante las denuncias de abusos sexuales a menores?

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This article was originally published by El Mundo.

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