Vecinos de Los Gallardos regresan a sus casas tras el incendio
نظرة سريعة
- Más de 1.400 personas regresan a sus hogares tras un incendio en Los Gallardos.
- El regreso está marcado por la tensión y la incertidumbre ante el paisaje calcinado, mientras algunos vecinos cuestionan la información recibida durante la evacuación.
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Más de 1.400 personas fueron evacuadas por un incendio en Los Gallardos. Los vecinos regresan a sus casas tras la extinción del fuego y se enfrentan a un paisaje desolador y a la incertidumbre sobre lo ocurrido.
Nadie de las más de 1.400 personas que abandonaron su casa por el incendio de Los Gallardos sabía qué rostro iba a encontrar al regreso. Entre la noche del sábado y la tarde de ayer, poco a poco los vecinos volvieron a desandar el camino de la huida y con sus propios ojos se quitaron las dudas. Pero antes tuvieron que enfrentarse a un paisaje vestido de un gris difunto -como el que rodea Bédar y conduce a sus pedanías- que les acrecentaba la tensión.
A Jane, una británica que tiene casa en la pedanía de Los Pinos desde 1993 y que se instaló definitivamente allí en 2012, el regreso la obligó a detenerse, una vez más, en la curva donde la memoria todavía le conserva el olor del humo. Allí la muerte aguardaba en el lado derecho del camino y la esperanza al izquierdo. "No sabíamos en qué dirección ir y de repente nos encontramos con las llamas de frente", dice. "Hicimos todo en una maniobra milimétrica para cambiar de dirección, pero era una ratonera, podríamos habernos despeñado por el barranco o haber sido alcanzados por las llamas".
Jane escucha con desazón las opiniones que estos días señalan las supuestas decisiones equivocadas de las 13 personas fallecidas -algunas dentro de sus vehículos- y de la veintena de desaparecidos. "No se puede hablar de que tomaron un camino erróneo porque no teníamos información", explica, "puede que ellos no tuvieran el tiempo de maniobrar que teníamos nosotros o su caravana fuese más grande que la que venía siguiendo nuestro camino".
Mientras avanza desde Bédar hasta su pedanía, por un laberinto de carreteras asfaltadas, pistas de tierra y caminos de piedra que parecen colgar sobre el vacío, detiene su furgoneta gris una y otra vez para fotografiar las viviendas de sus vecinos. Las contempla rodeadas de laderas calcinadas, con la vegetación quemada llegando hasta los mismos umbrales, y le cuesta comprender el extraño pacto que algunas casas parecen haber sellado con el incendio. "Me cuesta entender cómo las casas no ardieron", dice al ver todas las laderas y vegetación quemadas a los pies de las puertas de las casas, "quizás debamos de plantearnos aprender más del camino que toma el fuego".
Habla entonces de la velocidad con la que avanzaban las llamas, de una fuerza que casi parecía escaparse de toda explicación y que, asegura, "nunca" había visto en su vida, ni siquiera en otros incendios que ha vivido, el último en 2012 en esta misma zona.
Cuando por fin llega a casa junto a Barry, el «amigo de su infancia» con el que vive -un hombre de avanzada edad y con graves problemas de movilidad-, ambos permanecen unos instantes sin encontrar las palabras. La vivienda sigue en pie. Dentro, todo permanece exactamente igual que lo dejaron al marcharse. También la yurta, esa tienda tradicional mongola, que tiene levantada sobre una alfombra de césped artificial, ha sobrevivido intacta al paso del fuego. "Esto sí que no me lo puedo creer", dice, "pensaba que había sido posible que alguna chispa o pavesa podría haber llegado hasta aquí".
Solo faltan sus tres gatos. Los comederos siguen sobre la mesa y también el pescado que estaba preparando antes de huir. Se alegra, al menos, de saber que los gatos de su vecina Emma han sobrevivido.
Después de un incendio uno aprende cosas que antes parecían innecesarias. Jane y Emma creen ahora que para vivir en lugares tan apartados hace falta algo más que un único camino de salida. También hace falta que la vecindad viaje por los teléfonos móviles igual que antes viajaba de puerta en puerta. Hablan de crear un grupo de WhatsApp para avisarse cuando vuelva a ocurrir una emergencia. "Los avisos de desalojo de las zonas fueron escasos y carecían apenas de información sobre por dónde se estaba propagando el fuego", explica Emma, "a nosotros nos avisó un vecino que había bajado de la sierra y vió el avance del fuego".
Esa sensación de caminar a ciegas se repite entre muchos de los desalojados. También en Alfaix o en el camping de Los Gallardos. Allí Nati permanece todavía junto a su autocaravana con la voz atravesada por el cansancio y el shock. "No entiendo que se diga que las cosas se hicieron bien", dice Nati aún nerviosa enfrente de su autocaravana, "aquí llegó la Guardia Civil diciendo que desalojásemos pero no nos decían hacia dónde ir". "¿De qué sirven las palabras ahora y los 'lo siento' si hay 13 personas muertas?", se le rompe la voz antes de terminar la frase, "solo quiero irme a mi casa a Asturias y los incendios, por desgracia, se repetirán en otros sitios de España".
A unos diez kilómetros hacia el suroeste, Alfaix ofrece otra imagen de la misma desgracia. La carretera hizo de cortafuegos y las labores de los bomberos evitaron daños mayores, aunque en algunas viviendas continúa fallando el suministro de agua potable.
El pueblo parece dividido entre dos maneras de mirar la montaña. En las villas blancas de piedra, donde viven numerosos extranjeros, todavía cuesta apartar los ojos de las laderas quemadas. En el bar La Venta, en cambio, los vecinos se reúnen poco después de las diez de la mañana. Piden café, alguna cerveza temprana, comentan lo ocurrido y rebajan el peso del miedo con bromas.
Lore, belga, tampoco consigue olvidar el momento en que creyó que el incendio alcanzaría la casa de sus padres, instalados en la zona desde hace cinco años.
Concretamente en este pueblo, se dan las dos caras de la catástrofe desde extranjeros como Lore que no olvidan el momento del fuego amenazando su casa en la parte de las villas turísticas cinceladas de blanco y piedra, hasta los autóctonos que se reúnen pasadas las 10 horas escasas en el bar La Venta para encontrarse con sus amigos e intercambiar impresiones quitándole hierro al asunto. "El problema aquí haya sido posiblemente que por la montaña no se veía el fuego", dice Lore.
Desde la ventana, solo apreciaba las columnas humo por lo que con un dron decidió ver a vista de pájaro qué era lo que estaba pasando. "Mis padres estaban regresando de un viaje desde Sevilla", cuenta, "veían el humo lejos, no creían que pudiera llegar hasta aquí, pero siempre tienes la duda". Cuando las imágenes del incendio comenzaron a circular por medios de comunicación de distintos países, otros compatriotas belgas con viviendas en la costa les ofrecieron refugio. "Somos conscientes de que no fuimos los más afectados", dice, "pero esto ha sido una catástrofe que uno nunca se imagina que le podría pasar y hemos tenido suerte".
Y acaso esa sea la palabra -"suerte"- que más se repitió ayer entre los caminos quemados por el incendio de Los Gallardos. Una palabra humilde que se les plantea también como un misterio.
أسئلة مفتوحة
- ¿Por qué falló el suministro de agua en algunas viviendas de Alfaix?
- ¿Qué información específica faltó durante las evacuaciones?
- ¿Cómo se gestionará la recuperación de las zonas afectadas?






