Bardem y Sorogoyen exploran la masculinidad tóxica en Cannes
Auf einen Blick
Javier Bardem y Rodrigo Sorogoyen presentan en Cannes 'El ser querido', película que aborda la masculinidad tóxica y la coartada moral de los 'genios' creadores, criticando el machismo arraigado en la sociedad.
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Si eres fan como yo de los mitos, sabrás que los dioses han tenido bufé libre para cometer todo tipo de tropelías y fastidiar las vidas ajenas. El relato ha sustentado parte de la narrativa, arraigado como un parásito que marca un estándar cuestionable y poroso: el del genio creador.
Javier Bardem, como un Prometeo ibérico pero con vocación de ONG, vuelve al eterno retorno en la rueda de prensa de la última película del director Rodrigo Sorogoyen, El ser querido, presentada en el Festival de Cannes. Arrastrando sus balls de oro (nada que ver con el premio futbolístico) y plantándose ante cuestiones incómodas como la geopolítica mundial, enredada en los tentáculos de la masculinidad tóxica.
El argumento es otra revisión del hombre sorogoyiano, que incide precisamente en una de las vetas de la toxicidad divina: la coartada moral que la sociedad ofrece a los creadores, legitimada por la cultura del genio, permitiéndoles actuar de maneras monstruosas con quienes les rodean, en especial las mujeres.
Un reconocido director de cine abandona a su hija cuando era niña. Años después, intentará redimirse ofreciéndole un papel en su próxima película. Pero hay heridas que, una vez abiertas, no cierran, y te dejan unas daddy issues que ni las terapias psicoanalíticas más sofisticadas pueden aplacar el vacío que seguirá latiendo, insalvable.
Efectivamente, como dice Bardem, somos un país de tradición machista, con genios, sí, pero algunos dotados con la sensibilidad de un cactus. Pensemos en Picasso. Los ninguneos a sus hijos. A las mujeres. No nos vayamos tan lejos ni al tópico mil veces esgrimido. Porque, hablando de menosprecios con chiste incorporado, no puedo evitar recordar las recientes palabras de Nativel Preciado dirigidas a Manuel Vicent sobre el machismo patente en las tertulias del Café Gijón, donde las mujeres eran transparentes como las lágrimas de una folclórica. «Era lo que se llevaba entonces», alegó Vicent, mientras la sala carcajeó la ocurrencia del genio, cuando las risas, en nebulosa, son tan solo una máscara incómoda para espantar la fealdad. Lo que duele y lo que pica. Y qué menos que mirarla de frente.






