Rusia está perdiendo la guerra en Ucrania, pero Ucrania también paga un precio enorme
Un periodista que cerró su etapa en el frente repasa cuatro años en Ucrania y sostiene que Moscú ha fracasado estratégicamente, aunque Kyiv enfrenta un desastre demográfico y social.
En resumen
- El autor sostiene que Rusia ha perdido la guerra en términos estratégicos, aunque Ucrania sigue dañada por la guerra, la emigración y la fractura social.
- También plantea que el conflicto podría prolongarse en una guerra de baja intensidad.
Resumen generado por IA
Por qué importa
El texto repasa casi cinco años de experiencia del autor en Ucrania y sitúa la guerra como un conflicto de desgaste prolongado. También menciona conversaciones públicas en Alemania y debates sobre si Rusia puede ser forzada a negociar.
El 28 de mayo finalizó mi etapa como periodista en Ucrania. Mi madre opina que me he vuelto “eslavo”. Con eso quiere decir que me he vuelto menos efusivo. Hay amigos que aseguran que me he “asalvajado”. Para ellos esto significa que lo relativizo todo, desde las convenciones sociales a la protección del Amazonas. Desde que cerré mis cuatro años y tres meses en Ucrania estoy descomprimiendo, reduciendo presión, adaptándome a la vida en paz.
Lo primero es visitar médicos: he sufrido pulmonías, he tenido que conducir cientos de kilómetros delirando de fiebre, estuve meses supurando pus de la retina por una infección del polvo que se levanta en el frente y me han mordido perros trastornados por las bombas; volví a fumar en 2022 con el primer misil que impactó demasiado cerca de mí, enfermé al retirar restos de cadáveres en descomposición, he acompañado a muertos y a soldados que cargaban su pierna amputada dentro de una bolsa de plástico. También padezco algo de estrés postraumático acompañado de hábitos poco saludables. Tengo una mala salud de hierro, concluye mi psiquiatra. Con ella también hago terapia, mido la medicación y, en definitiva, intento ser normal.
Me había mentalizado para resistir en Ucrania hasta que algún tipo de acuerdo cerrara el conflicto o por lo menos redujera su intensidad. Necesitaba un final simbólico para pasar página. Pero no ha sido posible, quizá porque la paz con Rusia es una quimera.
El 10 de junio participé en una charla sobre Ucrania organizada por el Instituto Cervantes de Bremen y la Fundación Konrad Adenauer, dependiente del partido democristiano alemán, la CDU. Junto a mí hablaba Nico Lange, destacado experto en defensa y conocedor del mundo eslavo. El público estaba entregado a la causa ucrania, pero hubo un hombre que levantó la mano para recriminarnos que en ningún momento habíamos abordado cómo podía conseguirse de una vez la paz. El público se lo tomó mal, a mí me pareció un apunte de lo más sensato.
Expliqué a aquel hombre que el principal problema es que hay un bando que no quiere la paz, el ruso. Ucrania lleva casi dos años ofreciendo por lo menos congelar el frente, ni siquiera exige para ello que Rusia se retire de ningún territorio ocupado. “Eso no es ninguna respuesta”, dijo mi interlocutor. Lange recordó el argumento oficial en Kiev y en las cancillerías de sus aliados: solo la presión política, sancionadora y militar podría llevar a Rusia a la mesa de negociaciones.
China y Trump
Confieso un error. En el segundo semestre de 2024 yo estaba convencido de que la guerra terminaría al año siguiente, en 2025. El conflicto podía continuar abierto, pero la carnicería en el frente y los bombardeos de largo alcance sí acabarían. Mi tesis, nada original, era que China y Estados Unidos llegarían a un acuerdo para obligar a Rusia a silenciar las armas. Ya lo manifestó alto y claro en septiembre de 2024 el ministro de Exteriores polaco, Radoslaw Sikorski: “China es el único país capaz de forzar un alto el fuego en Ucrania. La dependencia rusa de China es tan grande que lo permitiría”.
Si alguien puede hacer cambiar de parecer a Vladímir Putin, ese es el presidente chino, Xi Jinping. La estabilidad política y económica de Rusia depende de China. Mi tesis era que Xi y Donald Trump, una vez llegado a la Casa Blanca en 2025, sellarían un acuerdo comercial en el que habría una adenda sobre Rusia.
Pero me equivoqué porque Trump asumió la presidencia para destruir el orden mundial. Y Pekín ha dejado claro que la situación le conviene: en julio de 2025 se filtró a los medios de comunicación que el ministro de Exteriores chino, Wang Yi, había asegurado en un encuentro con la jefa de la diplomacia europea, Kaja Kallas, que China no puede permitirse que Rusia pierda la guerra. Con esto quería expresar el titular de Exteriores chino que Putin debe aparecer victorioso en pro de la estabilidad rusa. Wang concluyó, además, que, mientras Estados Unidos y sus aliados estén ocupados en Ucrania, su país tendrá menos presión militar occidental en el Pacífico y en Taiwán.
Pero algo ha cambiado y en parte lo compro como aquel momento simbólico que deseaba para cerrar mi periplo ucranio: por primera vez en años veo que Rusia no solo está perdiendo la guerra sino que, probablemente, no tiene opciones de ganarla.
Mis habilidades predictivas no son infalibles, como acabo de admitir. Pero los argumentos a favor de la derrota rusa se acumulan este 2026. Las tropas invasoras ya no avanzan, incluso en algunos enclaves están retrocediendo. Son retrocesos menores, que nadie se espere a Ucrania liberando lo perdido. Salvo catástrofe interna rusa, Ucrania no tiene tropas para dar un vuelco a la guerra. La saturación del frente con drones tampoco hace viable que ninguno de los contendientes haga grandes avances, pero desde 2024 el ejército ruso progresaba y ahora esto ya no es así.
Por una parte esto es porque Ucrania tiene un nuevo poderío de fuego de medio y largo alcance con su industria de drones, que está poniendo en jaque la red logística del ejército enemigo a cientos de kilómetros del frente. Por otra, es porque Rusia cada vez tiene más problemas para el reclutamiento. El momento de una movilización obligatoria, si la guerra continúa, parece inevitable. Y en este caso, la popularidad de Putin caería con probabilidad de forma preocupante para el Kremlin.
El argumento más básico para sustentar la premisa de que Rusia está perdiendo la guerra es que ha fracasado estrepitosamente en su objetivo estratégico: tomar el control de Ucrania o convertirla en un Estado fallido. Rusia ocupó entre febrero y abril de 2022 hasta un tercio de Ucrania. Tras las retiradas humillantes de aquel año, actualmente tiene un 19% del territorio, incluidas regiones que ya controlaba directa o indirectamente en 2014, como la península de Crimea y las ciudades de Lugansk y Donetsk, en Donbás.
El objetivo estratégico de Putin se limita hoy a cantar victoria conquistando todo Donbás. Pero ni si quiera esto es fácil: le queda tomar un 30% de la provincia de Donetsk y, al ritmo actual de movimientos en el frente, ni siquiera esto parece plausible en por lo menos dos años.
La fractura social
Rusia ha perdido la guerra porque Ucrania no será nunca más un país hermano. La sociedad ucrania está exhausta y es compleja ideológicamente. Hay millones de varones ucranios que se esconden para no servir en las Fuerzas Armadas, que se han ido del país para no volver o que desean irse a la primera oportunidad. En mayo tuve acceso a un documento del Estado Mayor del ejército: un 39% de los nuevos reclutas desertaba antes de los dos primeros meses de servicio. El ministro de Defensa, Mijailo Fédorov, reveló en enero que el número de desertores era en aquel momento de 200.000 soldados, el equivalente a un 25% de las tropas.
También hay millones de ucranios que siguen consumiendo productos culturales rusos, aunque son muchos menos que antes.
Pero si algo une a la gran mayoría, sean patriotas o no, es el odio hacia aquel que era un hermano y que les ha hundido la vida.
Rusia, finalmente, ha perdido la guerra en el campo geopolítico. Ha roto los lazos que mantenía con Europa y que tan pingües beneficios le aportaban. La ruptura de Moscú con Berlín es un desastre para Putin. Y todavía hay más: Rusia se ha convertido en un vasallo económico de China.
¿Está entonces Ucrania ganando la guerra? En parte. La principal victoria ucrania es que ha preservado su soberanía. Parece poco, pero en febrero de 2022 no estaba nada claro. No solo eso: el Estado ucranio, con las muchísimas vulnerabilidades que tiene, es hoy más fuerte que en sus 35 años de existencia. Otro triunfo para Kiev es que, ahora sí, el planeta sabe que Ucrania es un Estado independiente, no un satélite del mundo ruso.
Ucrania está ganando porque ha dejado claro que cualquier agresión futura será a costa, como ahora, de terribles pérdidas rusas. Ucrania ha construido en una década uno de los ejércitos más poderosos del mundo. Y en la actual guerra ha levantado una industria de defensa que produce miles de drones, además de sus primeros misiles de crucero. Ucrania castiga periódicamente a Rusia en su territorio, a cientos de kilómetros de sus fronteras, cada vez más profundo, cada vez con mayor facilidad. Ucrania ya no sueña con formar parte de la OTAN, ha aprendido a luchar sin ser miembro de esta.
Ucrania, finalmente, ha triunfado porque tarde o temprano formará parte de la Unión Europea. Y ese día el imperio ruso quedará en su pasado para siempre.
Desastre demográfico
Pero Ucrania también pierde, y en dos aspectos clave. El país, como todo el bloque del Este, ha sufrido una sangría de habitantes desde la desaparición de la Unión Soviética. La actual invasión ha provocado una catástrofe demográfica difícilmente reparable. En 2021 tenía Ucrania 41 millones de habitantes. Hoy son 29 millones. Unos 10 millones han cruzado sus fronteras, escapando de la guerra, y dos millones permanecen en los territorios ocupados por Rusia. La cosa empeorará cuando se levante la ley marcial y los hombres en edad de servicio militar puedan salir al extranjero.
El Instituto Ptuja, el más importante en estudios demográficos de Ucrania, estima que, con suerte, una vez finalizada la guerra, regresará a la patria un 30% de esta diáspora. Hace dos años contaban sus académicos que sería el 50%. Cuanto más tiempo pasa y más incierto es el futuro, menos opciones hay de que estos millones de ucranios vuelvan. Para la Unión Europea es agua de mayo, son migrantes con facilidad de adaptación, la mayoría mujeres con niños y con una formación elevada. He conocido a muchos de ellos y, en la mayoría de los casos, ya viven en otra realidad. Para su país de origen, que estará tan necesitado de gente para renacer de las cenizas, es un desastre.
Ucrania también pierde porque hay muchas opciones de que el conflicto sea perenne: una guerra de baja intensidad, de drones, fría o psicológica, pero guerra en definitiva, que podría seguir con poco que dedique Rusia a poner palos en las ruedas. Un conflicto abierto dificultará la integración en la UE y hará dudar a los inversores y a la población que un día se fue.
Dos interrogantes
Sobre el futuro, hay dos interrogantes de una importancia crucial para Ucrania y para Europa. Rusia está perdiendo la guerra, pero su voluntad de romper la UE continuará. El enemigo de Rusia no es Ucrania en sí, es lo que representa la Unión Europea, y para atacarla no son necesarias armas. ¿Hasta qué punto crecerán políticamente los aliados de Rusia en la izquierda y sobre todo en la derecha europeas?
La otra incertidumbre sobre el futuro es la Ucrania que surgirá de la guerra. Todo lo que tocó la Unión Soviética es dinamita. Lo descubrí a principios de siglo cuando fui periodista en Berlín y viajaba por la Alemania del Este y por Polonia; lo descubrimos todos cuando la UE se amplió hacia la Europa del Este. Lo vemos y muchos lo sufren cada vez que el Kremlin da cuenta de cómo entiende el mundo.
Aquellas sociedades que se quedaron al otro lado del telón de acero se construyeron con unos valores diferentes a los de la Europa occidental. Los valores fundacionales de la reconstrucción europea fueron la democracia cristiana y la socialdemocracia. Del Mayo del 68 surgió una nueva izquierda liberal, también importante, que tiene a los Verdes alemanes como parangón. Nada de esto fue determinante en el mundo soviético. Nada de esto existe en Ucrania.
Después de casi medio siglo de aquel sistema brutal, autoritario y corrupto surgieron traumas, nacionalismos y una estructura política pobre. Y si hemos tenido euroescepticismo, nacionalismos populistas y derechas extremas en Hungría, Polonia, Eslovaquia o Rumania, temo que es poco con lo que podría aparecer en Ucrania.
A Ucrania la amo, pero he pasado del enamoramiento idealizado del inicio a un amor maduro, aceptando sus defectos. Los aceptas porque has comprobado que el país quiere mejorar, pese a enfrentar obstáculos gigantescos. Y gracias a su gente he aprendido lecciones valiosas de coraje. Quizá la más importante, el patriotismo.
Yo he sido el prototipo de europeo occidental progre, alérgico a los nacionalismos y a los ejércitos. En mi adolescencia sonaban las letras de La Polla Récords: “Un país no es nada / nada lo justifica, / ni sus putos muertos / Ni sus putas medallas”.
Luego aprendí lo que era el patriotismo constitucional de Jürgen Habermas, la defensa del Estado de derecho y la democracia como valor que nos une por encima de banderas. Ucrania me ha mostrado un patriotismo que rompe mis prejuicios. Hombres de más de 50 años alistándose voluntarios, muchos por el sentimiento nacional pero otros, la mayoría, porque son conscientes de que su país es un desastre, sí, pero lo que les impondría Rusia es mucho peor.
He conocido a activistas LGTBI que me han relatado historias de terror y que, sin embargo, habían tomado las armas. Como me dijo un chico gay de Zaporiyia, en el este duro de Ucrania, con las tropas invasoras a tan solo 25 kilómetros de su casa, la homofobia en su país es terrible, pero al lado de Rusia es Disneylandia.
Miles de jóvenes tomaron las calles de Kiev y de otras ciudades ucranias en julio de 2025 para protestar contra Volodímir Zelenski. El presidente había exigido al Parlamento una reforma legal exprés para eliminar la independencia de la fiscalía anticorrupción. El objetivo de aquel movimiento era detener las investigaciones sobre fraudes millonarios en su círculo más cercano. La juventud que tiene a sus padres en el frente salió a la calle y Zelenski dio marcha atrás.
Vova es amigo mío y es padre de uno de estos manifestantes. Era comercial de bebidas, tiene 54 años, combate en el frente de Zaporiyia. Vova no quiere que su hijo se aliste. Él continúa al pie del cañón tras cuatro años en primera línea, dice que es para evitar que más jóvenes tengan que pasar por su calvario. Pero Vova estaba muy orgulloso de aquellas protestas que exigen un país mejor, una sociedad diferente a la del enemigo. Para eso, me explicó, él seguía luchando.
Qué observar
Perspectiva de IA — posibilidades, no hechos
La guerra seguirá en forma de conflicto de baja intensidad y desgaste, sin un desenlace rápido.
Probable · En meses
Rusia podría verse obligada a intensificar su movilización si no cambia la situación militar.
Posible · En semanas
La controversia política interna en Ucrania continuará, especialmente sobre corrupción y reforma institucional.
Posible · En meses
Preguntas abiertas
- ¿Qué forma concreta tendría un posible alto el fuego?
- ¿Hasta qué punto puede Ucrania sostener su capacidad militar y de drones?
- ¿Cómo evolucionará la presión interna sobre Putin si hay movilización obligatoria?
- ¿Cuántos de los refugiados ucranianos volverán realmente tras la guerra?






