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El dilema de los conductores mayores: entre la independencia y la seguridad vial
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Marca14.06.2026Other11 dk okumaSpain

El dilema de los conductores mayores: entre la independencia y la seguridad vial

L'essentiel

El artículo explora la compleja realidad de los conductores mayores de 65 años en España, abordando la pérdida de independencia, los factores que llevan al abandono del volante y las implicaciones para su salud y bienestar, así como el debate sobre la seguridad vial y la justicia médica en los reconocimientos.

Résumé généré par IA

Pourquoi c'est important

El artículo aborda la situación de los conductores mayores en España, explorando las razones por las que dejan de conducir y las consecuencias que esto tiene en su vida.

Taille de police

Los ojos de Basilio, de un gris helado, cobran de pronto un brillo de emoción al dirigirlos hacia su coche. Está cuidado, como la última vez que lo vio aparcado en aquel mismo rincón, hace ya casi dos años. Se lo ha traído Víctor, su nieto, que deposita las llaves en las manos curtidas del anciano en un gesto que no tiene nada de práctico, pero sí mucho de simbólico. "Lo echo mucho de menos", alcanza a decir el anciano. Durante unos segundos, tal vez diez, quizá quince, le dejamos zambullirse en la marea de recuerdos que digiere en silencio, asintiendo dos y tres veces con una sonrisa de Gioconda mientras sus labios musitan sonidos orgánicos, primarios y profundos, en forma de palabras que solo él entiende. Hasta que al fin le hacemos la pregunta: Basilio, ¿qué significaba para usted conducir? Su respuesta, apenas un latigazo verbal, es tan breve como absoluta la resignación que encierra: "Pues todo".

En España hay unos 4,1 millones de conductores y conductoras mayores de 65 años. Conforman el 15,5% del censo español con capacidad de conducir, aunque un trabajo publicado en la revista científica Semergen (1) nos descubre que son solo el 29,2% quienes afirman emplearlo a diario. De ellos, y si atendemos a otra investigación, en este caso realizada en el Hospital de la Santa Creu i Sant Pau (2), cada año son unas 600.000 personas las que cuelgan las llaves para siempre; es como si todos los conductores de Zaragoza renunciaran de pronto a conducir, condenando a las calles y carreteras de toda esa provincia aragonesa a un vacío distópico. Y así, año tras año.

Perspectiva de género

Un aspecto llamativo de este abandono viene, además, por la perspectiva de género, ya que las mujeres dejan de conducir antes que los hombres. Así lo revela una investigación estadounidense de 2023 (3) realizada a 1.982 conductoras y conductores ancianos durante 12 años. Su análisis sorprende: las mujeres abandonan la conducción a una media de edad de 75 años, mientras que los hombres suelen haber cumplido allí los 79 cuando se despiden del volante. La razón, según concluye, reside tanto en factores culturales como en patrones históricos, ya que las mujeres suelen tener trayectorias de conducción más cortas en años y kilómetros. Pero no deja de resultar paradójico que ellas, con mayor esperanza de vida que los hombres, sean precisamente quienes antes decidan aparcar el coche para siempre.

Deducir que 'jubilarse' como conductor conlleva depender de otros para desplazarse es quedarse en la conclusión simple, y por tanto injusta por incompleta. Refleja bien este problema otra investigación (4), también norteamericana, al tratar el problema como una suerte de alud existencial que empeora su salud, les lleva a una sensación de pérdida de control sobre sus vidas y multiplica por dos las posibilidades de que caigan en una depresión, a la que además su entorno no siempre sabe o quiere prestar la atención adecuada. Por algo ese mismo trabajo advierte que el carné no debería nunca amputarse de forma injustificada, ya que es un "facilitador de estilos de vida saludables".

El problema se torna aún más grave en lugares como Casas de Eufemia (Valencia), donde vive Basilio, apenas un puñado de casas bajas habitadas por 120 almas. Aquí el transporte público se limita a un trayecto diario a Requena y otro de vuelta en un autobús cuyas escaleras son un Everest para el anciano, que a sus 93 años depende para caminar de un andador. "A veces le digo a mi mujer que si tuviera el coche nos iríamos a Requena a echarnos un café...", se queja, y al momento calla, como sintiendo la punzada de una herida que no cicatriza.

Seguir teniendo voz

Una de las claves que ancianos y familiares necesitamos comprender nos la proporciona el psicogerontólogo Carlos del Río: "a esas edades hay que conseguir que el anciano cambie el punto de vista y pase del ya no puedo, al ahora necesito hacerlo de otra manera. Cuando se entiende así, la aceptación es más serena, porque la persona siente que sigue teniendo voz, elección y utilidad".

Basilio vive en una casa tosca, sencilla y entrañable. Al cruzar bajo el dintel de su puerta nos acoge un patio que atesora el mapa geográfico de su nostalgia. Allí cuelgan el volante y los abollados tapacubos de su Seat 1.500, llaveros polvorientos de infinidad de talleres, viejas matrículas con distintivo provincial, un arcaico taxímetro que sigue reclamando su tarifa en pesetas... El anciano lo mira todo, confirma procedencias, mide por encima el valor emocional con un baremo ancestral que se nos escapa.

Una vida junto al volante

Ya no hay espacio para más en aquella colección de recuerdos de conductor que comenzó a los 15 años: "de chiquillo trabajaba de cobrador en el autobús a Requena y el chófer me dejaba conducirlo cuando íbamos a repostarlo. Siempre sin pasajeros... Era una locura y a lo mejor no lo entiendes, pero qué le voy a hacer yo si antes las cosas eran así". Años más tarde vendría un Seat 600 N como primero en una lista de automóviles que cerró el Renault Scénic RX4, ya en 2004. Basilio había cumplido entonces los 71 años, cerca ya de los 75 años a los que de media los españoles suelen dejar de conducir. En 2024, a los 91 años, lo aparcó por última vez. Tenía entonces 226.000 kms. en su marcador.

"Mi abuelo dejó de conducir contra su voluntad", apunta Víctor. Su comentario me lleva a consultar furtivamente algunas notas apuntadas en mi Moleskine, donde destacan unas cifras del estudio del Hospital catalán antes mencionado: entre quienes cuelgan las llaves hay un 41% de casos vinculados a enfermedades o problemas médicos, un 36% relacionados con problemas de memoria, un 32% derivados de dificultades para manejar el coche y un 23% promovidos por un diagnóstico de demencia. Traducido a la realidad del asfalto (y lo que viene a continuación está subrayado con rotulador fluorescente), esto conlleva peligros como confundir los pedales, perder la concentración o evaluar mal los riesgos.

Sin embargo, otra anotación a mano sobre ese mismo trabajo me recuerda que los conductores mayores suelen sufrir menos accidentes que los jóvenes, ya que experimentan una suerte de metamorfosis que compensa sus carencias, volviéndolos más prudentes. Más abajo, mi conclusión sobre esta comparación aparece garabateada en rojo: "Idea: es normal que una familia le retire el coche a un anciano, pero nos extrañaría que esa misma familia apartara del volante a un joven temerario; ¿somos crueles con el débil?"

Mirar hacia otro lado

"Lo que le pasó a mi abuelo es que se cayó en 2023 y se golpeó la cabeza" -continúa Víctor-. "Se recuperó más o menos, pero durante un tiempo no razonaba bien y sigue arrastrando mucho dolor en el brazo izquierdo. Desde entonces la familia ya no veía bien que condujera" -luego adopta el tono de una confidencia-. "En el fondo yo pensaba como ellos. Ya no estaba para conducir, pero mira, quizá preferí mirar para otro lado porque era lo que le gustaba... O porque, de niño, me ponía un cojín en el asiento, se sentaba a mi derecha y me dejaba llevar el coche por nuestras viñas, que es terreno privado... Allí no hay peligro". Mi mano garabatea en la Moleskine otra idea, que al momento subrayo: "Puede haber firmeza, pero también surge la compasión".

Estamos ahora en el salón-comedor, donde el anciano, junto a Hortensia, su mujer, se arrellana en el sillón frente una estufa de gas que caldea el ambiente con la tenacidad de un aprendiz de violinista. Apartado de una intemperie del patio que a primera hora le incomoda, el nexo de su vida con el volante parece ahora fluir de su boca a borbotones: "Me saqué el carné en la mili y al salir entré en una empresa de transportes, haciendo viajes entre Valencia y Madrid. Luego vino lo de trabajar el taxi en Valencia, porque se ganaba más..."

Chófer de la Generalitat

El anciano rememora peripecias de aquella que fue su vida hasta que el destino le ofreció la posibilidad de convertirse en chófer privado: "empecé a trabajar para la Condesa de Villamar, pero todavía llevaba el taxi de noche. Años más tarde, una pasajera me comentó que su marido, que era Director del Instituto de Investigaciones Citológicas, necesitaba un chófer, y que viendo cómo conducía le parecía que yo podía ser un buen candidato. Así que dejé el taxi y a la condesa y me puse a trabajar en exclusiva para él. De ahí fue de donde pasé a ser chófer de la Generalitat Valenciana".

Con dedo firme señala una imagen con una dedicatoria ilegible. En ella está inmortalizado el gesto amistoso entre un Basilio de mediana edad y un hombre que ni me suena: "este era Felipe Guardiola, Conseller de Gobernación", recuerda con voz pomposa. Hay más fotos en aquel corcho colgado de la pared: una amalgama de hijos y nietos, estampas religiosas, vivencias inolvidables... Van aflorando más nombres y recuerdos: "un día tuve que llevar a Rafael Blasco (también Conseller) de Valencia a Barcelona y conduje con el pijama puesto. Me habían llamado a toda prisa cuando ya me iba a meter en la cama".

Sus recuerdos, como mariposa errática, afloran ahora con esta imagen, ahora con esta otra: "un día llevaba a Alicante a Joan Lerma (presidente de la Generalitat Valenciana de 1982 a 1995) yme llevé por delante la barrera de la carretera de peaje" -admite en tono de contrariedad-. "Yo pensaba que el Presidente no pagaba y que el de la garita me iba a levantar la barrera... Las cosas no siempre son como te las esperas".

El problema de sentirse capaz

Se le ve distendido como su sonrisa, capacitado en su voluntad física ahora que ha dejado el andador a un lado del sillón. Necesito saber si se veía en condiciones de conducir cuando le quitaron el carné. Disparo la pregunta: "Sí", responde con orgullo. Voy más allá: ¿Algún susto al volante, algún golpe, algún error de cálculo que dejara un arañazo en la chapa? "No", añade muy tajante. Vuelta a los monosílabos. Su mirada se ha tornado repentinamente en otra: un cristal antiguo que pide respeto por la que considera su verdad innegociable.

Víctor, cariñoso y pendiente de lo que hace y dice, de sus expresiones, de sus miradas y hasta del sentimiento que esconden sus silencios, echa algo de luz para ayudarme a comprender lo que pasa por la mente de su abuelo: "No es que sienta humillación, es que aún está enfadado".

Lo que en casos como el de Basilio dicen los test psicotécnicos tiene el valor de lo innegociable. O casi. Un médico valora en ellos aspectos como vista, oído, anatomía, funcionalidad de las extremidades o presión arterial, y a ello se suma la opinión de un psicólogo que indaga en capacidad intelectual, elementos de normalidad en la personalidad y variables psicomotrices, como percepción de la velocidad (muchos ancianos ya no la calculan bien) o coordinación bimanual visomotriz. Gracias a estos test se pueden detectar casos de demencia senil, parkinson, alzheimer y otros problemas mentales.

El mejor sistema de reconocimiento

Antes de llegar a Casas de Eufemia pude contactar con José Ignacio Landaluce, Presidente de la Asociación Española de Centros Médicos-Psicotécnicos (ASECEMP). De sus palabras dejé anotada la frase lapidaria de que "España tiene el mejor sistema de reconocimiento de conductores de Europa". Algunos tomarán por atrevida tal afirmación, teniendo en cuenta que el sistema data de 1982, pero desde entonces se ha modificado en numerosas ocasiones, la última de ellas en 2023.

Tan aparente seguridad no consigue diluir dos dudas anotadas en mi Moleskine. La primera, si los CRC (como se llama a estos centros) se reconocen un margen de error, dando pie a que conduzca quien ya no está capacitado para hacerlo o impidiendo que lo haga quien sí se encuentra en condiciones; si hay en el resultado 'justicia médica', en definitiva. "La medicina no es una ciencia exacta y, como tal, su resultado está sujeto a coyunturas e interpretaciones"-reconoce Landaluce sin asomo de vanidad-. "No hay un margen de error en las pruebas, sino en los profesionales que las realizan. Pero este margen de error es muy pequeño y el conductor siempre puede pedir un reconocimiento en otro CRC, si no está de acuerdo. O incluso en la Sanidad Publica".

La otra duda es más punzante: ¿hay presión en algunos centros por conceder cuantos más aptos, mejor, con tal de no perder clientes? Su respuesta me resulta inesperada: "En los CRC se da la paradoja de que, cuanto mejor haces el trabajo, peor te va comercialmente. Y cuanto peor lo haces, mejor te va" -apunta sin asomo de corporativismo-. "Hace falta una educación que lleve a los conductores a decir: a ese CRC no vayas, que no te miran".

Pero no todo es blanco o negro; a la vista de la pirámide invertida de población, y como nos recuerda Landaluce, la UE está tratando de alargar al máximo las posibilidades de que los mayores conduzcan, así que hoy día pueden aceptarse algunas mermas físicas o incluso mentales a cambio de reducir al conductor la velocidad, permitirle conducir solo de día, limitarle el manejo del vehículo a un determinado radio de su domicilio, etc. En torno a un 10% de los mayores que se enfrentan al psicotécnico acaban con alguna limitación de esta clase. Es el primer paso hacia ese abandono de la conducción que no tiene retorno.

Limitaciones concretas

"Sí, lo sé por mi abuelo", recuerda Víctor cuando le menciono estas restricciones. "En 2022 ya le pusieron una limitación de 30 kilómetros desde su casa. Y eso que por entonces cada vez que iba al psicotécnico se dejaba el bastón en el coche para hacer creer que aún estaba ágil. Pero ya no conducía bien. Lo veíamos claramente. Y en 2023 vino lo de su caída y el golpe en la cabeza para empeorarlo todo".

El anciano observa ensimismado por la ventana que da al patio. Su mirada se ha vuelto de piedra ante al vehículo, detenido en el exacto lugar donde los muros aún guardan el eco de su motor. Víctor, sin perder de vista a su abuelo, prosigue: "cuando la familia se opuso a que condujera, era a mí a quien llamaban cada vez que quería sacar el coche. Y entonces, ahí me tenías, me tocaba dejar lo que estuviera haciendo y venir a toda prisa para convencerlo y bajarlo del asiento. No es que me sintiera culpable, pero me daba lástima. Y encima no siempre fue fácil: tuve muchas movidas con él, muchas discusiones... Hasta que la familia decidió no dejarle que renovara más el carné".

La familia de Basilio, ese mapa de afectos para mí borroso, esa presencia etérea que sostiene el relato de lo que Víctor me cuenta, juega un papel fundamental por ser la que debe atender a las primeras señales de que algo falla, como reconoce la neuropsicóloga Isabel Sala. A veces el declive asoma en la torpeza de las manos: los intermitentes que quedan mudos, el cinturón que se vuelve un nudo imposible o la velocidad en exceso prudente de quien vacila por momentos ante el camino de siempre, dudando hasta de los mandos como si condujera un vehículo extraño. El caso más extremo, según Sala, es "el de quien acaba conduciendo en dirección contrar

Questions ouvertes

  • ¿Cómo se puede mejorar el sistema de reconocimientos médicos para ser más justos?
  • ¿Qué alternativas de transporte son viables para ancianos en zonas rurales?
  • ¿Cómo afecta la retirada del carné a la salud mental a largo plazo?

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This article was originally published by Marca.

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