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La falta de contexto en redes sociales y el fútbol: un puente entre Argentina y España
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El País Deportesil y a 2 heuresSport5 min de lectureSpain

La falta de contexto en redes sociales y el fútbol: un puente entre Argentina y España

L'essentiel

  • El artículo analiza cómo la falta de contexto en redes sociales, especialmente en X, genera juicios morales y malentendidos culturales entre españoles y argentinos sobre el fútbol.
  • Se destacan diferencias en la interpretación del contacto físico y se critica la simplificación que lleva a prejuicios y desinformación, abogando por la comprensión mutua.

Résumé généré par IA

Pourquoi c'est important

El artículo examina cómo la falta de contexto en las redes sociales, especialmente en X, distorsiona la percepción del fútbol y las culturas entre España y Argentina, llevando a juicios morales y simplificaciones peligrosas.

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El fútbol ofrece oportunidades para todos. Politólogos, sociólogos y antropólogos que analizan las dinámicas que se generan en las redes antisociales deben estar haciéndose un festín, observando el festival de sandeces, lugares comunes y agresiones que circulan por estos días en X, hermanados por un factor recurrente: la falta de contexto. Y cuando el contexto desaparece, las diferencias culturales suelen mutar en algo peligroso: juicios morales.

Basta con recorrer X y otras redes para comprobarlo. Muchos usuarios españoles han publicado mensajes que presentan a los futbolistas argentinos como bruscos, agresivos o incluso malintencionados. Pero ignoran algo básico: los criterios con los que históricamente se interpreta el contacto físico en el fútbol de Sudamérica no son los que predominan en buena parte de Europa. No se trata de justificar el juego violento, sino de reconocer tradiciones futbolísticas distintas.

De hecho, muchos argentinos consideran que nuestro fútbol es menos áspero que el uruguayo y bastante menos que el paraguayo. Pero todos compartimos la intensidad física como parte de nuestro ADN competitivo, sin que eso implique necesariamente mala fe. La discusión, entonces, pasa menos por la violencia que por la distinta vara con la que árbitros, jugadores e hinchas interpretan el contacto físico a uno y otro lado del Atlántico.

La falta de contexto en las redes se da, por supuesto, en ambas orillas del Atlántico. A los argentinos nos encanta ver la Champions League y las principales ligas europeas. Nos resulta un fútbol vistoso, aunque incurren en acciones que acá serían imperdonables. Tanto, que cualquier jugador de las inferiores argentinas tendría serios problemas de continuidad en su club si cometiera errores en la salida desde el fondo o riesgos asumidos en nombre del “juego bonito” como los cometidos por el Borussia Dormund contra Real Madrid en la final de 2024, o el Arsenal, también contra el Madrid, en 2025.

Ejemplos de lecturas apresuradas también abundan por estas pampas, claro. Muchos argentinos sospecharon que algo “raro” ocurrió dentro de nuestro vestuario antes de la final de este domingo y que Lionel Messi y sus compañeros bajaron su rendimiento por eso. Esa interpretación conspirativa encontró combustible en un comentario aislado de Messi, difundido sin el contexto en el que había sido formulado. ¿Y cuál era ese contexto? Todo lo que se habló durante el Mundial sobre la supuesta benevolencia arbitral para beneficiar a la Argentina, un argumento que contaminó buena parte de la conversación posterior.

Las explicaciones, como suele ocurrir, tienden a ser más sencillas. Nosotros no jugamos como en la Champions League, insisto, o en otras competiciones europeas. Basta con ver cualquier partido de la Copa Libertadores que un equipo sudamericano deba jugar de visitante en Brasil o en Chile, por ejemplo, para corroborarlo. Y del mismo modo, no hacen falta conspiraciones para explicar una derrota deportiva: España fue superior a la Argentina en la final, como también desarticuló a los franceses en la semifinal. Punto. A veces, el mérito del rival explica mucho más que cualquier teoría enrevesada.

Sería ingenuo, de todos modos, pretender que sólo los otros caen en la intolerancia. En Argentina hay algunos que reducen a los españoles a caricaturas, del mismo modo que en España existen quienes convierten a todos los argentinos en una versión exagerada de unos pocos hinchas. Las redes sociales premian precisamente esa simplificación: cuanto menos matiz tiene una afirmación, mayores son sus posibilidades de viralizarse.

Y en esa línea, muchos mensajes que circularon en las redes durante los últimos días confirman la prevalencia de quienes priorizan la agresividad, la desmesura, la ignorancia o el odio por encima de la información, la ecuanimidad, la templanza y, otra vez, el contexto. Lo hemos comprobado durante el Mundial, pero conviene recordar que también lo hemos visto —y a veces padecido— en muchas otras ocasiones desde que irrumpieron Twitter y otras plataformas donde las fake news circulan con velocidad de vértigo.

Ahora, por ejemplo, circulan comentarios en X y otras redes sobre “racismo” en la Argentina basados en la ausencia de futbolistas negros en la selección. Afirmar eso refleja la ignorancia supina y enciclopédica de esos usuarios sobre la historia demográfica y la actualidad de nuestro país, con procesos migratorios muy distintos de los registrados en Brasil, Colombia, Estados Unidos o Francia. Una composición poblacional diferente no constituye, por sí sola, una prueba de discriminación, del mismo modo que reconocer esa diferencia no implica negar que en Argentina, como en cualquier otra sociedad, existan conductas y episodios que son inaceptables y deben ser condenados.

El problema es que las simplificaciones rampantes abundan y son exaltadas en esas mismas plataformas. En X también circulan críticas a la Argentina por ser un país “pronazi” y, al mismo tiempo, ser el “bastión” de Israel en América Latina. O comentarios que reducen el pensar y el sentir de casi 50 millones de argentinos a las opiniones de unos pocos muy ruidosos. Sería tan injusto como reducir la complejidad de España a lo que se discute en El Chiringuito cada noche. O concluir que todos los estadounidenses son como Donald Trump.

De uno y otro lado del Atlántico se cuecen habas, qué duda cabe. Unos y otros tenemos nuestros problemas internos y nuestros reclamos externos —con Inglaterra, sin ir más lejos, España por Gibraltar; nosotros, por Malvinas—, además de nuestras discusiones políticas, deportivas y culturales. Pero al final del día, ojalá que todo el ruido que nos ensordece no nos lleve a olvidar lo esencial: somos dos pueblos que nos amamos y que nos hemos ayudado en los períodos más oscuros de nuestras historias. Que así sea.

Mientras tanto, el fútbol seguirá despertando pasiones, exageraciones y debates. Pero antes de convertir un partido, una falta, una acción o una declaración de un jugador con el corazón a 180 pulsaciones por minuto en un juicio moral sobre un país entero, recordemos algo básico: el contexto no justifica todo, pero ayuda a comprender casi todo. Y comprender siempre será un mejor punto de partida que caricaturizar al otro. Que ningún posteo nos haga olvidar eso.

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This article was originally published by El País Deportes.

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