
Tras el fallecimiento del icónico ilusionista, el histórico local madrileño rinde homenaje a su fundador espiritual y laboratorio de magia.
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El Cafetín Croché fue fundado en 1981 y se convirtió en un punto de encuentro clave para la magia española gracias a la iniciativa de Juan Tamariz. El local mantiene una tradición semanal de magia ininterrumpida desde su apertura.
Nada más cruzar la entrada del Cafetín Croché, hay algo que inevitablemente nos lleva a la ilusión pura. A Juan Tamariz. Está en las cartas, en las fotografías, en las historias que se comparten de mesa en mesa y, sobre todo, en ese pequeño escenario presidido desde hace décadas por tres grandes naipes, símbolo de unas noches que ya forman parte de la identidad del local. El primero en dejar su firma en una de aquellas cartas fue él. Juan Tamariz escribió: "Para Croché, un lugar mágico, de un modesto mago".
Este viernes ha sido el primero dedicado a la magia sin Tamariz. Bajo el cartel que anuncia al ilusionista de la noche, Karim, figura una frase que a todos remueve: «Después de un día triste, la magia sigue, como le gustaría a él». Y quizá no haya mejor lugar para recordarle que este.
Cafetín Croché abrió sus puertas el 20 de julio de 1981, en San Lorenzo de El Escorial. En la histórica manzana de las Casas de los Doctores. Maricruz Lorente y su marido, Manuel Míguez, estaban ultimando los preparativos el día previo a la inauguración cuando "de repente" apareció "un desconocido".
-¿Puedo actuar mañana?
Maricruz le miró, sorprendida.
-Pero tú, ¿quién eres? ¿Qué haces?
-Soy mago. Soy Juan Tamariz.
Lo que ocurrió después forma parte ya de la épica del lugar. En aquella fiesta de inauguración intervinieron la Charanga de la Doctora y Juan Tamariz, quien puso en marcha una tradición que, 45 años después, sigue viva: los viernes, a las once de la noche, la "Hora de Brujas".
Desde entonces, todas las semanas, ininterrumpidamente, la Cripta Mágica de Croché se ha convertido en punto de encuentro de generaciones de ilusionistas. A pocos centímetros del público, por esta bóveda han pasado más de 50 magos, muchos de ellos formados en la escuela de Juan Tamariz, hoy dirigida por su hija al frente de la Gran Escuela de Magia de Ana Tamariz. Entre ellos, figuran nombres de prestigio internacional y campeones del mundo como Pepe Carrol, Antonio Romero, Camilo, Anthony Blake, Julio Carabias, Donald, Miguel Gómez, Agustín Leal o Luis Boyano. Una larga lista de artistas que, semana tras semana, mantiene viva aquella tradición que comenzó con él. Pero Tamariz, antes de convertirse en leyenda, fue también un mago que necesitaba lugares donde probar, crear y experimentar. Y el Croché terminó convirtiéndose en uno de esos espacios.
Antonio Romero, prestigioso mago con "muchos años de trucos a las espaldas", conoció a Juan cuando tenía 14 años. "Rompió todos los moldes. Era un tipo excepcional. Fue un maestro para todos nosotros. Le conocí siendo un chaval y me enseñó muchísimas cosas", recuerda.
Tamariz, junto a Armando de Miguel e Ignacio Brieva, formó parte de una generación que quiso sacar la magia de los escenarios convencionales y acercarla a espacios más pequeños, más íntimos: pubs y locales donde el espectador podía estar a escasos centímetros del ilusionista. "Ellos fueron los pioneros, querían hacer algo diferente", explica Romero. "Necesitaban sitios para crear, para hacer números más largos, para sentir la ilusión y cercanía del público". Y el Croché les ofrecía precisamente eso, «lo que buscaban».
Aquí Tamariz estrenó juegos, puso a prueba ideas y encontró un público cercano. La magia dejaba de ser únicamente un truco para convertirse en una conversación entre quien hacía posible el imposible y quien lo observaba.
"La idea era hacer una lista de cinco o seis magos, un día uno, otro día otro, y rotar por los locales. Y ninguno se llevaba un duro, eh. Y ahora tampoco. Esa es la filosofía", explica Antonio, sobre aquellos primeros años en los que Tamariz y otros grandes nombres de la magia comenzaron a recorrer los pubs de la Comunidad de Madrid. La propuesta funcionó desde el principio. Maricruz recuerda cómo aquella nueva forma de entender el espectáculo fue entrando poco a poco en el día a día del local hasta convertirse "casi, en parte de su vida". El éxito hizo necesario ampliar la nómina de artistas. "Hacían falta más magos, porque eran pocos y necesitaban gente!", cuenta Antonio. Fue entonces cuando recurrieron a las nuevas generaciones: "Dijeron: 'Vamos a tirar de la cantera'. Éramos tres o cuatro y nos tiramos a la piscina", recuerda.
Así fue naciendo también una manera diferente de entender el oficio. "Lo bueno es que el estilo no estaba creado. Era una nueva forma de ver la magia y de vernos a nosotros, los magos", relata. La historia del Croché es, en buena medida, la historia de esa transformación. Un pequeño café que con los años se convirtió en la meca de varias generaciones de artistas.
Y el propio espacio ayuda a entender ese carácter. El Cafetín mantiene una decoración inspirada en los primeros años del siglo XX, con un marcado aire parisino. Sus paredes están llenas de láminas de la época, fotografías que funcionan como una crónica del tiempo, billetes antiguos, radios, bastones e, incluso, cuadros del propio Tamariz. Todo contribuye a crear una atmósfera en la que pasado y presente parecen convivir. Y, en medio de ella, la magia.
Hoy, 45 años después de su apertura, Antonio Romero es quien organiza el calendario de los viernes. Las solicitudes llegan desde todas partes. "Todos quieren actuar aquí. Nos llegan cientos de peticiones de magos". Porque el Croché es "mucho más que un bar o un restaurante". Maricruz lo dice con naturalidad: "La cultura es una parte fundamental de nosotros". Por sus mesas y su pequeño escenario han pasado magos, músicos, actores, poetas...
En los primeros años también cantó cuplés el Gran Wyoming, acompañado al piano por Reverendo. Pero para los magos, el Croché es otra cosa. Es casa. "Para Tamariz también lo era, para el que más", dice Rafael Benatar, compañero de profesión y amigo personal del mago.
Benatar llegó a Tamariz a través de sus libros. La curiosidad por conocer al autor de aquellas páginas terminó llevándole a conocer al hombre que había detrás del mago, y de aquel encuentro nació una amistad que se prolongó durante años. Ambos trabajaron además en la traducción al inglés de las obras de Tamariz, revisando juntos cada detalle. También estaban las noches en casa de Tamariz. Cualquier conversación podía terminar en una sesión improvisada. "Tiene una imagen muy estrafalaria, cómo grita, cómo habla, incluso cómo se mueve... Pero es una figura de conocimiento", dice Benatar. "En muchos sitios es considerado el mago del siglo". Su apariencia: el pelo alborotado, las gafas, la chistera, los vaqueros, era "parte del personaje, pero también de él mismo". Detrás de aquella imagen había muchas horas de estudio, trabajo y dedicación.
Maricruz recuerda que Tamariz era "el eterno estudiante de Física". Llegó hasta cuarto curso. "Se matriculaba o le matriculaba su madre", cuenta entre risas. Pero él tenía claro que quería ser mago. Y terminó convirtiéndose en algo todavía más difícil: maestro. "Se hacía querer", explica Benatar. "Compartía su sabiduría, nos enseñaba". Ahí está también una de las claves para entender el Croché. No es una academia. No hay exámenes ni una frontera clara entre quien empieza y quien ya domina el oficio. "Esto es un lugar de libertad para todos. Para Tamariz lo era", recuerda Benatar.
Quizá por eso el local terminó ocupando un lugar tan particular en la historia de la magia española: no como escuela formal, sino como espacio de encuentro, experimentación y transmisión. La Cripta Mágica se convirtió así, semana tras semana, durante décadas, en un laboratorio de la ilusión. Tamariz terminó teniendo tanta fama que dejó de poder actuar aquí. "Quería venir todo el mundo", recuerda Maricruz. Después regresó como espectador. Para entonces, su presencia ya se había convertido en parte de la memoria del lugar.
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