Ismael Serrano: "The algorithm feeds your prejudices and prevents you from listening to different things"
Quick Look
- Singer-songwriter Ismael Serrano discusses the "cultural battle" in Spain, the role of algorithms in political division, and the decline of protest songs.
- He defends his political stance and criticizes the "caviar left" cliché, advocating for optimism amidst uncertainty.
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Why It Matters
Ismael Serrano, a singer-songwriter known for his political songs, reflects on his career and the current socio-political climate in Spain. He discusses the decline of protest songs, the impact of social media algorithms on division, and the challenges faced by younger generations.
Iñako Díaz-GuerraTexto
Alberto Di LolliFotos
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Esa España nuestra. Todas las entrevistas a personajes de los 80 y los 90 de Iñako Díaz-Guerra
A mediados de los 90, crecía el rumor en la Universidad Complutense de Madrid de que, en el césped entre las facultades de Físicas, Químicas y Matemáticas, un chaval congregaba cada vez más gente a su alrededor cuando tocaba. Como novio entonces de una futura física y alguien que aprendió únicamente el More than words de Extreme con las mismas intenciones, recuerdo menospreciarlo: "Otro que saca la guitarrita para ligar". Pero no. Al poco tiempo, Ismael Serrano (Madrid, 1974) se convirtió en estrella con ese Papá, cuéntame otra vez que fue uno de los primeros reproches a la generación que hizo la Transición. Hoy, es un tipo de mediana edad, amable y tranquilo, que ha atemperado el tono, pero no ha renunciado a sus principios. Hasta el 28 de junio, residirá en el teatro Infanta Isabel madrileño con Golpe a golpe, verso a verso, donde es actor y cantante, metiéndose en la piel y en la música de Antonio Machado y Joan Manuel Serrat.
No hay muchas personas que representen mejor a España que ellos dos.
Así es. Son referencias que han ido apareciendo en mi vida desde hace tiempo. Mi padre es un apasionado de Machado y cuando monté mi editorial, Hoy es siempre, la llamé así en referencia a la frase de Machado y uno de los primeros libros que saqué fueron sus textos políticos. Incluso, Feijóo le atribuyó a Machado un texto mío en plena investidura de Sánchez. Y Serrat es una referencia para mí ineludible. Crecí con su música y descubrí la poesía de Machado escuchándole. Yo empecé un poco así, poniendo música a los libros de poesía que había por casa, sobre todo de la editorial Losada, que tenía a Miguel Hernández, Pablo Neruda...
Antonio Machado era progresista, pero nada radical. Siempre pensó en España y, sin embargo, murió en el exilio. Pocos ejemplos mejores de la barbarie de la Guerra Civil y el franquismo.
Es verdad lo que tú dices. Era un hombre de paz progresista que defendía la República porque defendía la modernidad que conllevaba, no tanto por cuestiones ideológicas como sociales. Su gran drama de Machado es la relación con su hermano Manuel, que, hay un consenso entre los estudiosos, se suma al franquismo por una cuestión de supervivencia. Manuel Machado celebra la llegada de la República, pasa una noche en la cárcel de Burgos al inicio de la guerra, le sacan por los contactos de su mujer y acaba haciendo loas a Franco. Eso le rompe el corazón a Antonio. Le mata de pena la situación de España, ver cómo se trunca la posibilidad de progreso con la Guerra Civil y, sobre todo, ver a su hermano haciendo soflamas animando al bando golpista. Los Machado representan muy bien eso a lo que el propio Antonio pone nombre: las dos Españas.
Serrat también es un caso curioso: figura clave para la democracia al que han llegado a llamar facha desde el independentismo.
Me parece que no se ha valorado suficientemente la contribución de Serrat y cómo se jugó el tipo en un momento en el que te la jugabas de verdad. No solamente en España, también en Latinoamérica. Era jodido pronunciarse como lo hacía él, que era persona non grata en Chile y Argentina por su compromiso con las víctimas de la dictadura de Pinochet y con las madres de la Plaza de Mayo. No era un contexto como el de ahora, las consecuencias de posicionarse eran otras mucho más peligrosas. Hasta el hecho de querer cantar en catalán pudo truncar su carrera, ya no era sólo una cuestión de amenaza física. Fue muy valiente, padeció la censura, le cambiaron letras y declararon muchos de sus discos no radiables. Discutir el compromiso de Serrat es una insensatez.
Seguramente seas el último cantautor político. ¿Por qué ha desaparecido la canción protesta?
Porque se ha caricaturizado y se ha estigmatizado. No se veía con buenos ojos el hecho de que un cantautor se pronunciase políticamente, se impuso hegemónicamente una música que invitaba a la evasión y todo lo que supusiera una reflexión en profundidad o una crítica política era mirado como algo anacrónico. Ha sido injusto y, en menor medida quizás, le pasa también al cine. La industria musical se ha ido por otro lado, la radio ha dejado de ser plural y la gente rehúye el término cantautor porque piensa que no le van a contratar en festivales.
Tú lo has abrazado y te has tomado con humor tu propio personaje.
Yo lo reivindico. Por un lado, me he reído de él, pero también para apropiármelo y resignificarlo. Creo que el legado de la canción de autor lo merece porque es un prejuicio absurdo y que no hace justicia a la maravillosa tradición de este país y a las canciones que se han hecho. Punto. No sé, igual también es víctima de la batalla cultural en que vivimos. Pronunciarse políticamente a la izquierda cuando te va bien es visto como un ejercicio de impostura y hay un sobreanálisis permanente hacia quien lo hace. Tienes que mostrar no ya solamente lo que piensas, sino un nivel de coherencia que no se le exige a cualquier otro.
El viejo cliché de la izquierda caviar.
Sí, por ejemplo. Hay una exigencia hacia la izquierda que, de cara a los jóvenes, intenta estigmatizarla: "Muy rojo, pero qué bien vives, ¿no?". Desde la derecha, se intenta desautorizar y ridiculizar permanentemente a la persona comprometida. Es una tradición que forma parte de la batalla cultural, como si ser consciente de tus privilegios te inhabilitara para preocuparte por el resto. Se exige una pureza inalcanzable incluso, todo hay que decirlo, desde ciertos sectores de la propia izquierda. Forma parte del sectarismo general que existe en este país.
¿Va a más la división?
El algoritmo no ayuda porque te ofrece sólo cosas que tienen que ver con tus hábitos de escucha, de visualización y de lectura, con lo cual alimenta tus prejuicios y te impide desarrollarte en la sana tarea de escuchar cosas diferentes política y culturalmente. Por ejemplo, en la música genera posiciones hegemónicas de ciertos géneros con los que es muy difícil competir. El algoritmo crea comunidades de gente con gustos afines, pero muy, muy, muy cerradas. Y eso pasa también en política porque alimenta tu sesgo de confirmación, genera falsos consensos y cámaras de eco y no te educa para hablar con gente que piensa de forma diferente.
¿Cómo has logrado sobrevivir todos estos años a contracorriente?
No lo sé. Supongo que cierto mérito tiene, aunque suene algo vanidoso decirlo. Yo creo firmemente en lo que hago y se trata de eso: creer en lo que uno hace independientemente de las modas y del empeño por estigmatizarte, apostar de verdad y tratar de hacerlo con honestidad. Si tú esperas que el público te sea fiel, es indispensable tener esa misma fidelidad hacia ti mismo. Hay cierta tendencia a perseguir la viralidad de manera desesperada. Incluso me sorprende ver a gente de mi generación subirse a la ola de la tendencia como loca y decir que ciertos fenómenos culturales son la hostia pese a serles ajenos. Te das cuenta de que es un ejercicio de impostura para formar parte del fenómeno y que no les llamen "pollaviejas".
¿Cómo recuerdas tu repentino salto a la fama?
Bueno, tampoco fue tanto porque yo no sonaba en Los 40 Principales. En aquel momento, los cantautores sonábamos en M80 y yo no era la prioridad de mi compañía de discos. Lo que sucedió fue que, de manera muy consciente, decidí salir con Papá, cuéntame otra vez porque no quería empezar con la enésima canción de amor que se perdiera en la marabunta. Quería significarme y resulta que la canción llegó a la gente. Lo curioso es que yo creía que era una canción muy local y, de repente, funcionó muy bien también en Latinoamérica. En ese contexto, me empezaron a ir muy bien las cosas y tuve mi momento de crisis.
¿Por el éxito?
Claro, porque nadie está preparado. Mira que quiero a Serrat y a Víctor Manuel, pero el otro día me pareció injusto que, a tenor de una entrevista con Quevedo en la que decía que agradecía el éxito pero también era una maldición, se lo tomaron a chiste, diciendo que ellos cuanto mejor les iban las cosas, mejor se sentían. Y no es verdad, no siempre es así. Tienes un conflicto contigo mismo porque no sabes hasta qué punto las cosas son reales. El éxito conlleva perder el control de muchas cosas en tu vida, verte sumido en una maquinaria y preguntarte si no eres sólo un engranaje más.
¿Qué fue lo que más te costó?
Cuando te van bien las cosas, de repente se acerca mucha gente a tu alrededor y no sabes distinguir quién está porque realmente le interesa lo que haces y quién porque simplemente quiere sacar provecho de ti. No es fácil gestionarlo cuando eres tan joven. Yo tengo la cabeza bien amueblada porque sé cuáles son mis orígenes y de dónde vengo, pero aun así tuve mi crisis y mi conflicto. El éxito repentino no es fácil de gestionar en la cabeza porque la vida no es solamente eso y, a veces, el éxito te aleja de la realidad y te convierte en un gilipollas, un desconfiado o un producto. ¿Qué es lo real? ¿Estas decisiones son de verdad mías? ¿Me estoy alejando de lo que quería hacer? ¿Estoy siendo manejado? Me parece legítima esa duda. Yo no he llegado, ni mucho menos, al éxito de Quevedo, pero sí me tuve que detener y preguntarme si estaba haciendo lo que realmente quería.
Además, empezar desde arriba te garantiza que, antes o después, te vas a dar la hostia.
Eso pensaba, pero la verdad es que no, nunca he pasado una época muy jodida laboralmente. A ver, es que mis ambiciones son modestas y ser cantautor te permite ir con la guitarra al hombro y tocar en cualquier lado. Me he curtido tocando en los cafés para 30 personas y, la verdad, siempre me ha ido bien. Soy un hombre de teatros, aunque eventualmente haga estadios, y me ha ido bien así. No tengo conciencia de haberlo pasado mal. Soy consciente del privilegio que eso supone en mi oficio, pero se trata de tener unas ambiciones razonables, creer en uno mismo y ser muy prolífico. He entendido bien mi lugar y he tratado de trabajar dignamente en el lugar que me tocaba en cada época.
Por estas entrevistas han pasado muchos personajes que eran ya adultos en los 80, cuando tú eras un niño. Hay una imagen idílica de aquella infancia, de 'La bola de cristal' al gran cine juvenil, todo alegre y feliz. ¿Lo recuerdas así?
Depende. La mía sí, pero el pasado siempre se ficciona y se idealiza. Como en cualquier época, depende de dónde vengas y quién seas. Es verdad que el ascensor social funcionaba por aquel entonces y cambió las aspiraciones de mi familia. Mis abuelos eran gente de campo, la generación de mis padres empieza a acceder a estudios universitarios y nosotros ya sí que podemos estudiar todos y crecemos en el Estado del Bienestar. En ese sentido sí que los 80 y los 90 fueron más felices o más optimistas, pero, por ejemplo, ¿tú crees que en nuestros institutos no existían homosexuales?
Por supuesto, pero no lo supimos hasta muchos años después.
Claro, era algo que ni se hablaba. No creo que ellos fueran más felices de lo que lo serían hoy. O cuando apartábamos jeringuillas para jugar al fútbol en la calle. Hay una suerte de idealización, lo que pasa es que hay un cambio a peor determinante a la hora de comparar: el ascensor social se ha detenido y las perspectivas de futuro para un joven no son tan halagüeñas como eran, pero en lo demás no creo que la realidad sea mucho más dura. Es como cuando le decimos a un artista que sus primeros discos eran mejores. Muchas veces lo que echamos de menos no es lo que era él, sino lo que éramos nosotros cuando escuchamos esas canciones.
Es cierto, pero los de los 80 y los 90 éramos una generación de jóvenes que nos podíamos quejar y movilizar por cuestiones que no tenían que ver con lo más básico: lograr un trabajo decente y acceder a una vivienda. Eso lo dábamos por hecho. Los de ahora, no.
De hecho, la gran movilización de nuestra juventud fueron las acampadas del 0,7% que reivindicaban que se destinara ese porcentaje del PIB a proyectos de cooperación y desarrollo. Esas protestas convocaban a la gente a la calle como loca. Ahora, algo así se da por hecho, o sea que hemos mejorado como sociedad, pero es evidente que la perspectiva de los jóvenes ha empeorado. Es un hecho. El Estado del Bienestar está sufriendo. ¿Hasta qué punto nuestros hijos van a tener la sanidad o las pensiones que tenemos nosotros?
El populismo está explotando esa situación.
Hay un horizonte de incertidumbre, pero eso no quiere decir que nos tengamos que instalar en el pesimismo porque el pesimismo es una herramienta política para desmovilizarnos, hacernos pensar que el futuro es una puta mierda y enfrentarnos unos con otros. Lo que hay que hacer ahora es resistir, bunkerizarse y esperar a que pase la tormenta. Toca militar en el optimismo aunque, a veces, el ruido de las redes sociales no lo ponga fácil. La batalla cultural está en los medios y en las redes sociales y determina una sensibilidad mayoritaria. Cuando dicen que los jóvenes votan a la ultraderecha creo que no es un voto de adhesión ideológica al ideario y el programa que presenta, sino una patada de cabreo en el tablero. Por eso, hay que hacer un ejercicio de autocrítica y ver cómo ofrecerles alternativas que no supongan retomar retóricas y discursos que tienen mucho del fascismo de otro tiempo.
¿La generación de los hijos de la democracia nos hemos acomodado y hemos fallado a la siguiente?
Siempre digo que nuestra generación no existe. Papá, cuéntame otra vez era un reproche de mi generación a la de mis padres porque el relato que habían hecho de las décadas anteriores era edulcorado, pero es que nosotros ni siquiera hemos sabido construir un relato propio. Nuestra formación sentimental e ideológica sucede cuando cae el muro de Berlín y, con él, los dogmas y las ideologías monolíticas y férreas. Crecimos en una situación de incertidumbre y, aunque se generaron movimientos en torno a la globalización, ese intento de armar un discurso propio no sé hasta qué punto ha calado. Poco, me temo. También es cierto que nos ha tocado vivir un modelo en colapso, con el capitalismo dando manotazos de ahogado y la guerra permanente. En el fondo, la crisis que vivimos es perpetua porque es el mismo modelo que trata de sobrevivir a través de crisis y crisis y crisis. La pandemia o la crisis de la vivienda son expresiones de un modelo que colapsa y necesita alternativas que no se están dando y se intenta distraer a los jóvenes con conflictos falsos.
¿Cómo cuáles?
Ahora existe el discurso, que alientan muchos medios, de que hay que culpar a la generación de los boomers de los problemas que tienen los jóvenes. Culpar al pensionista en vez de al sistema y en vez de analizar los problemas estructurales que tiene. Decir que porque
Open Questions
- What specific alternatives can be offered to young people disillusioned with the current system?
- How can the cultural battle be navigated without resorting to divisive rhetoric?
- What concrete steps can be taken to counter the negative effects of algorithms on political discourse?
- Will the current model of capitalism continue to survive through perpetual crises?






