La SGAE se reinventa: de la crisis reputacional al récord de recaudación
Quick Look
- La SGAE, bajo la dirección de Cristina Perpiñá-Robert, ha implementado una profunda transformación interna y digital, logrando cifras récord de recaudación en 2025.
- La entidad se enfoca en la gestión integral de derechos de autor, la captación de jóvenes creadores y la adaptación a la era digital y la IA.
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Why It Matters
La SGAE, tras superar una crisis reputacional y judicial, ha emprendido una profunda transformación bajo la dirección de Cristina Perpiñá-Robert para adaptarse a la era digital y la inteligencia artificial.
Marcos IriarteTexto
Ángel NavarreteFotografías
La de la SGAE bien podría ser la historia del Palacio de Longoria, su imponente sede modernista del centro de Madrid. Construido en 1902 por el arquitecto José Grases Riera, fue un encargo a capricho de un financiero, que a los 10 años de construirse acabó en manos de la Compañía Dental Española, que lo reformó para albergar su sede y la residencia de su presidente. Tras la muerte de éste, sus herederos volvieron a venderlo a Construcciones Civiles en 1946, que acometió otra reforma en el inmueble. La Sociedad General de Autores de España que entonces presidía Jacinto Guerrero adquirió el edificio poco después por menos de cinco millones de pesetas, según consta en la escritura del 8 de marzo de 1950, y también entonces se reformó para acomodar su nuevo uso. Aún sufrió otra renovación importante en 1992, acondicionando sus interiores y la fachada, muy deteriorada, y hoy, tras un intento frustrado de mudanza a otro palacio en Boadilla del Monte, la SGAE reacondiciona algunos espacios, como los jardines, para ser más funcional. Pero tras todas estas reformas, las obras físicas en el protegido Palacio de Longoria son pequeñas si se comparan con la remodelación interna de la propia entidad.
Cristina Perpiñá-Robert (Barcelona, 1969) asumió la dirección general de la SGAE en 2023 con una doble misión: transformar una institución que arrastraba el desgaste reputacional de los años de la Rueda y del proceso judicial contra Teddy Bautista y la de adaptar la gestión de los derechos de autor a una industria cultural irreconocible respecto a la de hace una década. Abogada especializada en propiedad intelectual y con una larga trayectoria en la propia sociedad y en la Confederación Internacional de Sociedades de Autores y Compositores (CISAC), regresó a la SGAE cuando el negocio de la creación afrontaba una nueva revolución: el auge de las plataformas digitales, el desplome del modelo tradicional de venta de música, la explosión de los conciertos como principal fuente de ingresos para muchos artistas y, ahora, la irrupción de la inteligencia artificial.
La tarea no ha sido menor. Bajo su mandato, la SGAE ha puesto en marcha una profunda reorganización interna, ha digitalizado procesos que todavía se realizaban de forma casi "artesanal" y ha intensificado la captación de nuevos autores, especialmente entre las generaciones más jóvenes. Los resultados de esta reforma empiezan a reflejarse en su balance.
La SGAE cerró 2025 con cifras récord...
Sí. Todas las entidades de gestión europeas han estado subiendo mucho después de la pandemia, porque ha vuelto toda la actividad, pero en el caso de la SGAE hemos superado incluso la mayor recaudación previa a la pandemia.
¿Sobre qué pilares se sustenta ese crecimiento?
Por un lado, porque el repertorio que administramos está funcionando muy bien. Tenemos acuerdos con más de 200 entidades de gestión extranjeras y un repertorio internacional amplísimo. Pero, además, en digital sólo licenciamos nuestro propio repertorio, el de nuestros socios, y ahí se nota que muchos autores españoles y latinoamericanos están teniendo muchísimo éxito. También influye el momento que vive el mercado. Los conciertos funcionan muy bien, la gente vuelve a salir y todo eso se nota.
Pero también ha tenido que darle una vuelta a la propia SGAE, a cómo funcionaba hasta ahora, ¿no?
Hemos llevado a cabo un proceso de transformación estratégica que iniciamos hace dos años y cuyos efectos empiezan a verse ahora. Hemos reorganizado completamente nuestra red comercial y nuestros procesos internos para ser mucho más eficientes en la identificación de usuarios, la concesión de licencias y la recaudación.
Llegó a la dirección con un plan estratégico que prometía aumentar la recaudación, pero también reducir costes y burocracia. ¿Qué balance hace?
Lo primero que hicimos fue un diagnóstico de la situación. Veíamos que España es un territorio potente, pero que la recaudación de la SGAE no estaba al nivel de otras entidades comparables. Analizamos si el problema era de tarifas o de eficiencia y concluimos que no estábamos aprovechando algunas de nuestras grandes ventajas.
¿Qué ventajas?
Una de ellas es que somos una entidad multirrepertorio. Administramos música, audiovisual y gran derecho. En España no existe ninguna otra entidad igual y tampoco hay muchas en Europa. Durante años eso se veía como una debilidad porque parecía que nos dispersábamos demasiado, pero nosotros llegamos a la conclusión contraria: precisamente esa visión integral del autor era una fortaleza.
¿De qué forma ayuda?
Muchos creadores son guionistas, dramaturgos, compositores o desarrollan varias actividades a la vez. Por eso decidimos dejar de funcionar como tres pequeñas entidades dentro de la SGAE y trabajar con una visión transversal. No somos la casa de la música ni la del audiovisual; somos la casa del autor.
¿Qué medidas concretas ha implantado para darle esa vuelta a la SGAE?
Ha sido una reestructuración completa. Hemos integrado áreas que funcionaban por separado y unido operaciones, tecnología y transformación digital. También incorporamos la dimensión internacional al área de socios. Nos encontramos con una organización muy burocrática. Había procesos que seguían haciéndose de forma manual. El registro de obras era lento, exigía documentación física y requería revisar contratos uno a uno. Era una sociedad casi artesanal. Todo eso lo hemos modernizado. Hoy los autores pueden darse de alta y registrar sus obras de forma mucho más ágil. Hemos automatizado procesos y hemos adaptado la organización a la realidad actual del mercado.
Además de en la propia recaudación, ¿ha tenido efectos su transformación en la captación de socios?
Sí. Lo vemos tanto en la recaudación como en la captación de socios. Había una generación de autores jóvenes que no entendía muy bien qué podía aportarles una entidad de gestión. Muchos hoy se autogestionan, suben directamente su música a las plataformas y no tienen relación con el sistema tradicional. Hemos hecho un esfuerzo importante para explicarles el servicio.
¿Ahí el avance tecnológico juega en su contra?
Puede que esos autores sean capaces de gestionar determinadas explotaciones por su cuenta, pero nosotros podemos garantizar que cobren sus derechos en todo el mundo, que reciban remuneraciones por usos que ellos ni siquiera conocen o que tengan respaldo cuando realizan giras. Además, simplificamos muchísimo los procesos de alta y registro. Antes había trámites incomprensibles para un creador joven. Todo eso ha cambiado y se ha notado.
¿Me puede dar cifras?
Los socios han crecido un 64%. Un tercio son menores de 30 años.
España siempre fue un mercado muy influido por la música anglosajona. ¿Ha cambiado eso con el auge de la música urbana y latina?
Sí. En todos los países europeos suele ocurrir que entre lo más escuchado aparece mucho repertorio local. En España también sucede, pero con una característica distinta: lo que domina es el repertorio de habla hispana. Apenas aparecen uno o dos artistas anglosajones y el resto es repertorio latino. Eso nos hizo ver que teníamos que acercarnos más a toda esa nueva música urbana y latina. Vimos que donde se estaban generando autores como Quevedo era en la música urbana latina y que mucho de ese movimiento estaba en Canarias, por esa cercanía cultural con Latinoamérica, y también en Andalucía. Parte de nuestra estrategia fue intentar captar a esos nuevos autores y adaptar la SGAE a esa nueva realidad.
El ‘streaming’ ha revolucionado el consumo de música...
Sí, y ahí existe un problema importante. Antes un autor podía vivir perfectamente de la venta de discos. Ahora compite contra una oferta inmensa de contenidos y los ingresos por reproducción son mucho menores.
¿Y eso ya no da para vivir?
La realidad es que muchos autores ya no viven del streaming. Viven de los conciertos. Sólo los grandes éxitos generan ingresos realmente significativos en plataformas. El resto necesita complementar sus ingresos de otras formas.
Pero pasa en todo el mundo, no es algo sólo de España...
Sí, pero en España tenemos una particularidad: la conversión del modelo gratuito al modelo de suscripción es relativamente baja. Hay muchos usuarios que prefieren escuchar publicidad antes que pagar una cuota mensual. Y eso reduce los ingresos para toda la cadena de valor.
¿Han tenido que invertir mucho en tecnología para gestionar esta nueva forma de consumir música?
Ha sido un reto enorme. Recibimos millones de datos procedentes de plataformas como Spotify o Deezer. Tenemos que identificar exactamente qué parte corresponde a nuestro repertorio porque en digital no licenciamos un repertorio universal, sino únicamente el de nuestros socios. Eso obliga a procesar cantidades inmensas de información y hacerlo con rapidez. Hemos realizado inversiones muy importantes en tecnología y trabajamos con Bmat, uno de los proveedores más avanzados del sector. El objetivo es identificar y repartir cada vez más rápido, porque los autores valoran especialmente la velocidad y la eficiencia.
Mientras el ‘streaming’ genera dudas, los conciertos atraviesan una auténtica edad dorada.
Sin duda. Hemos alcanzado cifras récord de recaudación y seguimos viendo una demanda extraordinaria. España está viviendo un momento muy especial en este ámbito. Hay giras internacionales que realizan múltiples fechas en una misma ciudad. Los festivales funcionan muy bien y existe una generación joven que ha cambiado sus hábitos de consumo cultural. Antes muchos se gastaban la paga en comprar discos. Ahora ahorran para ir a conciertos. Los jóvenes viajan para ver a sus artistas favoritos y están dispuestos a destinar una parte importante de su presupuesto a esa experiencia.
Acabamos de despedir a Bad Bunny... ¿Qué giras internacionales han tirado más del negocio?
El año pasado estuvieron AC/DC, Bruce Springsteen o Ed Sheeran. La gran gira era Taylor Swift, aunque esa todavía no la hemos cobrado porque mantenemos un conflicto con el promotor por la tarifa. Cuando se regularice, será una de las giras que más ingresos habrá generado.
Los precios de estos eventos ya no son para todos los públicos. ¿No se ha alcanzado un techo?
Nosotros seguimos creciendo, pero observamos con atención lo que ocurre en otros mercados europeos. En algunos países ya se perciben señales de agotamiento porque los precios de las entradas han subido mucho y la situación económica puede terminar afectando al consumo. España sigue comportándose mejor que otros mercados gracias al turismo y a determinadas características propias, pero es evidente que siempre existe un límite. Habrá que ver cómo evoluciona la situación económica en los próximos años.
La otra gran transformación en ciernes es la de la inteligencia artificial, ¿cómo les afecta?
Sí. Nos afecta en varios niveles. El primero es determinar qué obras son realmente generadas por IA y cuáles utilizan herramientas de IA dentro de un proceso creativo humano.
¿Cuánto hay de herramienta de trabajo y cuánto de creación directa?
Muchos compositores ya utilizan IA para determinadas tareas. Eso no significa que la obra deje de ser protegible. El problema son los contenidos generados de forma completamente autónoma, sin una aportación creativa relevante por parte de una persona.
¿Y cómo actúa la SGAE contra eso?
Desarrollando herramientas para detectarlo y trabajando con otras entidades para establecer criterios comunes.
Pero ¿qué les preocupa de esa generación autónoma?
El impacto económico sobre los autores. Ya tenemos usuarios que nos dicen que han dejado de utilizar repertorio protegido porque emplean música generada mediante IA. Eso significa menos ingresos para los creadores. Y el problema es doble: por un lado, esas tecnologías se han entrenado utilizando obras protegidas sin autorización; por otro, generan contenidos que compiten directamente con los propios autores y terminan desplazándolos del mercado.
¿Y cree que se debe compensar a los autores por ello?
Defendemos que debe existir algún mecanismo de compensación. Son autores cuya música se ha utilizado sin autorización para generar contenidos que les están expulsando del mercado. No sólo se utilizan sus obras para entrenar la máquina, sino que después ese contenido generado por IA se emplea en explotaciones donde antes se contrataba a esos autores o se les pagaban derechos. No sólo me roban en el entrenamiento de la máquina, sino que encima me expulsan del sistema.
¿Qué papel debe jugar ahí la UE?
Un papel fundamental. Igual que existe una política para proteger la diversidad cultural europea frente al predominio de otros mercados, también debe protegerse la creación humana.
¿Proteger la creación humana?
Cada vez hay más contenidos generados por IA y la mayoría de los usuarios no distingue la diferencia. Lo que proponemos es que exista transparencia, que se informe claramente cuando una obra ha sido creada mediante IA y que las plataformas garanticen visibilidad a las obras creadas por personas.
¿La batalla ya no es sólo por cuánto pagan las plataformas, sino por cómo funcionan sus algoritmos?
Sí. A nivel europeo estamos haciendo mucho trabajo para reclamar una mayor transparencia. Si el algoritmo decide gran parte de lo que escucha el usuario, debería haber una cuota humana, que se asegure una mayor diversidad cultural y que los repertorios menos populares tengan visibilidad.
Durante años España fue uno de los países más castigados por la piratería musical. ¿Cómo ha evolucionado el problema?
La piratería tradicional prácticamente ha desaparecido. Hoy el problema es otro: la manipulación artificial de escuchas mediante bots y sistemas automatizados que inflan reproducciones y desvían ingresos que deberían llegar a los autores.
¿Es una amenaza relevante?
Sí, afecta directamente a la remuneración de los autores. Hemos visto casos en los que se utilizan herramientas de IA y sistemas automatizados para generar contenidos y aumentar artificialmente su audiencia. Esa es probablemente la nueva forma de piratería: ya no consiste en copiar una canción, sino en manipular el sistema para apropiarse de ingresos que deberían ser de los creadores.
Usted trabajó en SGAE desde 1998 hasta 2018, y regresó a ella en 2023, para tomar sus riendas, tras los años más difíciles de la entidad por escándalos como el de Teddy Bautista, la Rueda... ¿Da por superada la crisis reputacional?
Creo que sí. Cuando me fui, la situación era extremadamente complicada y la reputación de la entidad estaba muy dañada. Cuando regresé, una prioridad era recuperar la confianza y normalizar el funcionamiento de la organización.
¿Y qué hizo para recuperar la confianza de los socios y garantizar que cosas así no vuelvan a suceder?
Se introdujeron cambios importantes en los sistemas de reparto y en la gobernanza. Hoy existe una separación clara entre los órganos de gobierno y la gestión profesional. Los autores
What to Watch
AI outlook — possibilities, not facts
La SGAE continuará su crecimiento en recaudación, adaptándose a los desafíos de la IA.
Likely · Medium term
Se implementarán mecanismos de compensación para autores afectados por IA.
Possible · Long term
Open Questions
- ¿Cómo afectará la IA a largo plazo la creación y remuneración de autores?
- ¿Se logrará una mayor transparencia en los algoritmos de las plataformas de streaming?
- ¿Podrían los altos precios de los conciertos generar un techo de consumo?






