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Periodista afgana critica el diálogo de la UE con los talibanes y la normalización del 'apartheid de género'
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El País Internacional6/24/2026Politics5 min readSpain

Periodista afgana critica el diálogo de la UE con los talibanes y la normalización del 'apartheid de género'

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Una periodista afgana expresa su fuerte oposición a la decisión de la Unión Europea de acoger a una delegación talibán en Bruselas, argumentando que este encuentro normaliza un régimen que impone un "apartheid de género" en Afganistán y traiciona los principios de derechos humanos de Europa, ignorando el sufrimiento de millones de mujeres y niñas.

AI-generated summary

Why It Matters

La Unión Europea decidió recientemente acoger a una delegación talibán en Bruselas para una reunión "técnica" de un día, lo que ha provocado una fuerte oposición de mujeres afganas y la diáspora.

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Me opongo a cualquier tipo de diálogo con los talibanes. No se trata de una diferencia política ni de una discrepancia diplomática menor. Los talibanes son responsables de haber impuesto en Afganistán un sistema de apartheid de género que ha convertido la vida de millones de mujeres y niñas en una prisión sin barrotes visibles, pero profundamente real.

La reciente decisión de acoger a una delegación talibán en Bruselas, aunque se presente como una reunión “técnica” y limitada a un solo día, puede parecer para algunos en Europa un gesto práctico o diplomático. Sin embargo, para mí, como mujer y periodista afgana, tiene un significado mucho más profundo e inquietante. No es solo un encuentro político: es el reflejo de una peligrosa normalización de quienes han arrebatado a las mujeres afganas sus derechos más básicos.

La pregunta es inevitable: ¿cómo puede la Unión Europea, que se define como defensora de los derechos humanos y de la igualdad entre mujeres y hombres, organizar una reunión con representantes de los talibanes? ¿Cómo puede Bélgica decidir conceder visados a miembros de un grupo responsable de violaciones sistemáticas de los derechos humanos? ¿Qué mensaje reciben las mujeres afganas cuando ven que quienes las han expulsado de las universidades, del trabajo y de la vida pública son recibidos en el corazón de Europa?

Para entender lo que esto significa, basta pensar en María, una joven de 19 años con la que hablé hace poco. El día en que debía celebrarse el examen de acceso a la universidad, me confesó que su único deseo era sentir ese nervio, esa mezcla de miedo y emoción que acompaña a quienes se presentan a una prueba importante. “Es mi sueño”, repetía. Pero ese sueño le ha sido arrebatado. Hace ya casi cuatro años que las mujeres en Afganistán están excluidas de la educación superior, mientras los hombres siguen asistiendo a clases y presentándose a exámenes. No se trata solo de una injusticia evidente: es una herida que se profundiza cada día.

Más de 20 millones de mujeres y niñas viven hoy en Afganistán bajo un sistema que las excluye de la educación, del empleo, de la participación política y de la vida social. No pueden decidir libremente sobre su futuro. No pueden ocupar el espacio público sin miedo. No pueden estudiar, trabajar ni vivir con la dignidad que cualquier ser humano merece. Esta realidad no debe olvidarse ni quedar sepultada bajo el lenguaje frío de la diplomacia.

Es cierto que Europa enfrenta desafíos complejos en materia migratoria y que los gobiernos buscan soluciones operativas. También es cierto que, en la práctica, quienes ejercen el poder en Afganistán controlan instituciones, fronteras y decisiones administrativas. Pero reconocer esa realidad no puede significar aceptar la normalización política de los talibanes. Hay una diferencia fundamental entre gestionar una crisis y abrir la puerta a la legitimación de un régimen que oprime de forma sistemática a la mitad de la población.

El problema no está solo en el contenido de la reunión, sino en el mensaje que transmite. Cualquier encuentro con los talibanes, bajo cualquier nombre —técnico, informal, humanitario o migratorio—, puede convertirse en un paso hacia su legitimidad internacional. Y esa legitimidad se concede mientras no ha habido ningún cambio real en la situación de las mujeres afganas. Las niñas siguen fuera de las escuelas secundarias. Las jóvenes siguen fuera de las universidades. Las mujeres siguen siendo expulsadas del trabajo, de los espacios públicos y de la toma de decisiones.

Para muchas personas en Europa, una reunión de un día puede parecer un asunto menor. Para las mujeres afganas, no lo es. Cada fotografía, cada visado, cada mesa compartida con los talibanes se interpreta como una señal de que sus sufrimientos pueden ser negociados. Como si sus derechos fueran secundarios. Como si su libertad pudiera esperar.

No hablamos de un debate abstracto. Tras conocerse hace poco más de un mes la posibilidad de este encuentro, mujeres afganas —incluso dentro del país— rechazaron el silencio. A pesar de los riesgos, algunas organizaron protestas discretas en sus propias casas. Son acciones pequeñas, casi invisibles, pero profundamente valientes. En un país donde levantar la voz puede tener consecuencias graves, incluso una pancarta sostenida dentro de una habitación es un acto de resistencia.

Al mismo tiempo, la diáspora afgana también alzó la voz. En ciudades como Madrid, Berlín, Londres y otras capitales europeas, afganos residentes en el extranjero salieron a la calle para expresar su rechazo. Con pancartas en defensa del derecho a la educación, al trabajo y a la libertad de las mujeres afganas, enviaron un mensaje claro: ningún diálogo debe conducir a la normalización de los talibanes. Muchos de ellos insistían en que representan la voz de quienes, dentro de Afganistán, no pueden expresarse libremente.

Este contraste —entre las protestas silenciosas dentro del país y las manifestaciones visibles en el exterior— resume la complejidad de la realidad afgana. Las voces pueden ser reprimidas dentro de Afganistán, pero resurgen fuera con más fuerza. La diáspora no habla en lugar de las mujeres afganas: amplifica una voz que los talibanes intentan borrar.

Europa debe preguntarse qué lugar ocupan esas voces en sus decisiones. ¿Puede hablar de derechos humanos mientras abre espacios de interlocución con quienes los violan de manera sistemática? ¿Puede defender la igualdad de género y, al mismo tiempo, sentarse con quienes han construido un sistema basado precisamente en la exclusión de las mujeres? ¿Puede gestionar sus intereses migratorios sin sacrificar sus principios fundamentales?

No pedimos que Europa ignore la realidad política de Afganistán. Pedimos que no olvide la realidad humana de las mujeres afganas. Pedimos que cualquier decisión relacionada con Afganistán tenga como centro los derechos de quienes han sido expulsadas de la vida pública. Pedimos que no se premie con visados, reuniones y reconocimiento simbólico a quienes han convertido un país entero en una cárcel para sus mujeres.

Puede que algunos presenten este diálogo como una necesidad política. Pero para millones de mujeres afganas es un recordatorio doloroso de que todavía se toman decisiones sobre sus vidas sin que ellas estén presentes.

Y esa ausencia es precisamente el problema.

Open Questions

  • ¿Cómo conciliará la UE sus principios de derechos humanos con el compromiso pragmático?
  • ¿Qué resultados concretos se obtendrán de la reunión "técnica"?
  • ¿Cómo responderá la UE a las protestas de las mujeres afganas y la diáspora?

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This article was originally published by El País Internacional.

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