Cómo una española logró que EEUU cumpliera una promesa de 231 años
نظرة سريعة
- Teresa Valcarce, una española con doble nacionalidad, impulsó una campaña para que EEUU honrara a Bernardo de Gálvez, militar español clave en la independencia estadounidense.
- Tras años de esfuerzo, logró que su retrato se colgara en el Senado y que Gálvez recibiera la ciudadanía honoraria.
ملخص مُنشأ بالذكاء الاصطناعي
El 31 de octubre de 2014, bajo los techos abovedados que cubren las estaciones del metro de Washington DC, Teresa Valcarce tomó el tren habitual para acudir a su lugar de trabajo. Sentada en el vagón, vio que un pasajero se sentaba delante de ella y abría un periódico. Cuando enfocó la mirada, se quedó perpleja, casi tanto como para ponerse a temblar. «¿Podría darme el periódico que está leyendo, por favor?», preguntó. El pasajero interpelado la miró sorprendido y ella continuó. «...La que sale en la portada soy yo...».
Teresa había conseguido algo inimaginable.
Durante los meses anteriores, esta ferrolana llamaba cada semana a la redacción de The Washington Post, el diario del caso Watergate y centinela mediático de la capital política del país, para venderles «una historia». Había hablado con un montón de periodistas, que le daban largas o simplemente ni le devolvían las llamadas. Hasta que un día, viendo su insistencia, uno le dijo: «Le doy 10 minutos y no garantizo que vaya a escribir nada». Los 10 minutos de cortesía se convirtieron en una hora y media de conversación y luego en el reportaje extenso que se encontró aquel día en el metro.
Esta es la historia de cómo una española corajuda, sin ningún cargo institucional y de perfil anónimo, logró que Estados Unidos cumpliera una promesa pendiente desde hacía 231 años para resarcir a un español olvidado que había sido clave en el nacimiento de la nación.
La aventura de Teresa Valcarce, que merece ser recordada en plena celebración del 250 aniversario de EEUU, comenzó con otro artículo, esta vez de la prensa española. «Mi madre me había enviado una noticia del diario Sur de Málaga sobre la investigación del historiador Manuel Olmedo Checay y el hallazgo de una carta de 1783», explica Valcarce. Aquella misiva escrita por Elias Boudinot, presidente del Congreso Continental de EEUU, a Oliver Pollock, un banquero capital en la Revolución Americana, comunicaba que aceptaba un regalo: un retrato de Bernardo de Gálvez (1746-1786). La carta incluía también una resolución: el cuadro debía ser «colocado en la sala donde se reúne el Congreso».
Sin embargo, el citado nunca fue colgado en su destino.
El protagonista retratado, Bernardo de Gálvez, había sido el gobernador español de Luisiana durante la guerra y una figura clave en la victoria final de los colonos, ya que liberó de presencia inglesa el Misisipi y el Golfo de México. Sólo en la toma de Pensacola, en La Florida, este militar capturó a 14.000 prisioneros y 153 piezas de artillería. Su papel fue tan relevante que George Washington llegó a afirmar que, sin su ayuda, la aventura independentista hubiera sido un fracaso.
Carlos III le concedió a Gálvez el título de conde y permitió incluir en sus armas el lema: «Yo solo», en reconocimiento a la hazaña bélica de Pensacola que le había hecho famoso.
Sin embargo, dos siglos después, España no hacía justicia a uno de sus más grandes héroes militares, mientras que EEUU incumplía una promesa de sus antepasados de rendirle homenaje en el lugar más importe de su soberanía política.
Hasta que apareció Teresa Valcarce, claro, una especie de fusión entre Erin Brockovich y Don Erre que Erre de la memoria histórica, que siendo una sencilla empleada administrativa en una entidad educativa iba a poner patas arriba los resortes del poder en Washington con el objetivo de que Bernardo de Gálvez posara donde merecía. «No hay universidad en el mundo que me hubiera podido enseñar lo que aprendí de cuestiones legales, diplomacia e historia», reconoce Valcarce.
Lo primero que hizo fue lo obvio: llamar a la embajada española en Washington. «Me dijeron que ellos no podían demandar eso, que eso sólo lo podía hacer un ciudadano estadounidense a título particular», cuenta Valcarce. «Como yo tenía la nacionalidad estadounidense desde 2007, decidí dar el paso: quería que mi país de adopción cumpliera la promesa con el de origen». Era un paso que también había intentado sin éxito la Asociación Cultural Bernardo de Gálvez de Málaga.
Valcarce consultó a los archiveros e historiadores del Capitolio en busca de información, quienes dada su insistencia la bautizaron con el apodo de The lady of the portrait, la dama del retrato. También estableció contacto con juristas para estudiar precedentes legales. Recopiló toda la información que pudo y paso a la siguiente fase: convencer a los políticos.
«En EEUU hay una gran cultura democrática que te permite hablar con el congresista que te corresponde», explica esta activista. Habló con él y, pese a su interés, se dio cuenta de que necesitaba muchos más apoyos y aprender a manejar la maquinaria de intereses de Washington. ¿A quién le iba a interesar hacer campaña por un militar español muerto hace dos siglos? «Tienes que mover esto en la prensa», le aconsejó un político. Así que Teresa inició su metralleo en busca de publicidad para su causa al Post y otros medios locales, además de contactar con prensa española. Sin embargo, sus esfuerzos fueron en balde. El Congreso de los EEUU desestimó su petición.
-¿Le costó dinero de su bolsillo esta misión?
-Sí. Dejé de hacer cuentas cuando vi en mi hoja de Excel que superaba los 8.000 dólares en gastos.
Valcarce no se desanimó. Descubrió que tenía otra bala: el Senado. Se reunió con un senador que años antes había intentado presentar la candidatura de Bernardo de Gálvez para el título de ciudadano honorario de la nación. Se desestimó en la primera votación. Se reunió con él. La embajadora de Gálvez en América se hizo de cierta forma una lobista, aprendiendo todos los trucos del politiqueo, una especie de House of Cards con reparto ibérico. «Me sentía como un pececito de colores en un tanque de tiburones», cuenta.
Hablaba con las secretarias y empleados de senadores en los pasillos del Senado, se apuntaba a todo tipo de actos, escribía emails sin descanso. Los noes no le importaban.
Prueba de su devoción por su causa fue la vez que se encontró con un cartel que anunciaba que Ted Cruz, poderoso senador por Texas que poco tiempo después intentaría sin éxito lograr la nominación republicana frente a Donald Trump, ofrecía un desayuno para los influyentes de su estado. Valcarce vio una oportunidad.
«Mientras esperaba mi turno para pasar el filtro, pensé en los Hijos de la Revolución Americana, una asociación patriótica sin ánimo de lucro que agrupa a los descendientes de quienes lucharon por la independencia y que me apoyó desde el principio. Así que dije que contaba con el apoyo de 10.000 texanos Hijos de la Revolución y de los Granaderos de Gálvez. Me dejaron entrar. Saludé a Cruz, tenía sólo 30 segundos con él mientras nos hacían una foto, le hablé del caso y le dije que la ciudad de Galveston en Texas fue nombrada así en honor a Bernardo de Gálvez. Cruz me dijo que sí y que hablara con su staff para estudiar el tema».
Había asaltado Texas. Hizo lo mismo con Dakota. Florida... Así consiguió hablar con decenas de senadores para explicarles la importancia histórica de Gálvez.
-¿Por qué se metió en este follón?
-Por amor a España. Soy madre y veo mis dos nacionalidades como dos hijos. Uno biológico, que es España, y otro adoptado, que es EEUU.Los quiero por igual, con sus virtudes y sus defectos. España me lo dio todo y te acuerdas mucho del hijo ausente cuando estás lejos. Como dijo María de Villota, lo conseguí porque no tenía ni idea de que era imposible.
-¿Se planteó en algún momento tirar la toalla?
-Una vez. Una persona me lo puso realmente difícil. No revelaré su identidad, pero me hizo llorar en más de una ocasión poniéndome dificultades inimaginables.
Las exigencias de apoyos para que Gálvez entrara en el Senado eran gigantescas. Pero Teresa encontró aliados influyentes, como el senador de New Jersey Robert Bob Menendez, de origen cubano y descendiente de españoles, al que abordó en un acto que se celebraba en la residencia del embajador de España. «Esto es importante», le dijo Valcarce.
A pesar de los avances, los políticos pedían más presión social. Para continuar con su sueño, se le exigió a Valcarce que tuviera un elevadísimo número de apoyos, tanto en España como en EEUU. Contactó con más asociaciones, recibiendo cartas de simpatía, logró testimonios de clubes perdidos por pueblos remotos del sur de EEUU que apoyaban el proyecto Gálvez y hasta consiguió el beneplácito de una sociedad genealógica de Bexar, en Texas. Tan sólo armada con un teléfono y una dirección de correo electrónico. En España, con ayuda del historiador Olmedo, recabó el apoyo de diputaciones, bibliotecas y universidades. Al final, como en las películas, en la hora límite Valcarce presentó en su reclamación oficial 31 cartas que representaban a «cuatro millones y medio de personas». Un mes después pudo añadir una carta que le hizo muchísima ilusión: la del Gobierno de España.
Pero no todos los desafíos eran administrativos y legales: por el momento no había un cuadro de Gálvez que colgar. La carta de 1783 no daba pistas de su paradero. Valcarce lo buscó en Nueva York, Filadelfia y Nueva Jersey hablando con museos y coleccionistas. Nada. Entonces recurrió, de nuevo, al experto Olmedo, que conocía otro retrato suyo, que pertenecía a una colección privada de Málaga.
Se trataba de una obra de Mariano Salvador Maella, pintor de la corte de Carlos III, que había sido pintada en 1784 y que seguramente había sido un regalo del rey a Gálvez. El artista Carlos Monserrate se ofreció para hacer una copia, que sería la que viajaría a EEUU.
Esta fiel réplica que representa a Gálvez en su esplendor reputacional mide 90 x 120 centímetros. Ya había apoyos, ya había voluntad política y, lo más importante, ya había cuadro.
En 2014, EEUU cumplió finalmente su promesa y el retrato de Gálvez se colgó en la pared oeste de la sala S-116 del Senado. En un lugar en el que el Comité de Relaciones Exteriores del Senado debate proyectos legislativos y celebra reuniones con Jefes de Estado.
«La ceremonia fue muy emocionante», recuerda Valcarce. «Cuando se iba a cortar la cinta, el embajador español, que era un caballero, me llamó delante de los senadores y dijo: «Teresa, esto lo tienes que hacer tú».
La deuda quedaba saldada.
Pero aquí no acaba la historia de Bernardo de Gálvez, victorioso en Pensacola. Poco antes de la Navidad de 2014, el presidente Barack Obama firmó la resolución que le concedía la ciudadanía honoraria de los EEUU. Un honor que sólo han recibido a lo largo de toda la Historia otros siete extranjeros y se concede por haber realizado contribuciones extraordinarias al país.
Este estatus legal de estadounidense ha permitido que Gálvez entre también en el Smithsonian. Un retrato suyo pintado en 1781 por José Nicolás de Escalera -adquirido y restaurado gracias a la Colección Iberdrola en el marco de su proyecto Unveiling Memories (Desvelando Memorias)- se exhibe en el National Portrait Gallery de Washington.
Su oficiosa embajadora tiene sus honores. En 2017 fue merecedora de la Encomienda de la Orden del Mérito Civil y su ciudad natal, Ferrol, la ha condecorado. Los Reyes en su primera visita oficial a Washinton le agradecieron en persona su labor.
-¿España ha sido generosa contigo?
-Estoy muy agradecida a los españoles. Para mí lo importante es que se reconozca el mérito a los civiles que hacen cosas por su país. Recuerdo hace años a un chaval joven que me escribió para contarme que había visto la tumba olvidada del primer gobernador de California, que era español, y que quería pelear para que tuviera una lápida decente. Estos ejemplos son emocionantes y muy importantes.





