La política migratoria de Pedro Sánchez, aislada en Europa
Una carta firmada por 22 países de la UE pide más control fronterizo, dejando al gobierno español solo frente a un consenso transversal de endurecimiento.
نظرة سريعة
- La política migratoria de Pedro Sánchez se encuentra aislada en Europa, con 22 países de la UE pidiendo mayor control fronterizo y menos medidas de "efecto llamada".
- El artículo explora cómo la UE ha endurecido su postura desde 2015, dejando a España con una política de regularización solitaria.
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لماذا يهم
La política migratoria europea ha evolucionado drásticamente desde 2015, pasando de una apertura humanitaria tras la imagen de Aylan Kurdi a un endurecimiento impulsado por la sensación de descontrol, atentados terroristas y la instrumentalización de la migración.
La política migratoria de Pedro Sánchez forma parte del pasado para el corazón de Europa. La carta de 22 firmantes pidiendo más control fronterizo y menos medidas que puedan provocar efecto llamada ha dejado solo al gobierno español en Bruselas. Mientras tanto, las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla tratan de recuperar una normalidad que ya convive con la sensación de vulnerabilidad extrema a los caprichos de Marruecos. Tras ocho años en el poder, la Europa a la que llegó Sánchez como presidente ya no se parece en nada a la actual.
¿Qué ha cambiado en la política migratoria de la Unión? Para responder hay que viajar 11 años atrás, al mar Egeo. El 2 de septiembre de 2015 la fotógrafa Nilüfer Demir retrató en una playa de Bodrum (Turquía) el cadáver de un niño de dos años ahogado al intentar cruzar en lancha hacia la isla griega de Kos. Viajaba con su familia kurda, que huía de la guerra rumbo a Canadá; murieron también su madre y su hermano Ghalib. Se llamaba Aylan Kurdi.
Aquella imagen fue el detonante emocional de un giro de 180 grados. Se convirtió en el símbolo de la crisis y le dio una dimensión humanitaria: casi todos los gobiernos europeos (salvo Hungría y Polonia) modificaron su postura, y en menos de un mes se multiplicaron los compromisos de acogida. Llegó en el momento justo: apenas unos días después de que Merkel pronunciara su «Wir schaffen das» (lo lograremos). Europa se abrió de par en par a sirios, afganos e iraquíes.
En pocos meses, sin embargo, esa mentalidad aperturista empezó a cambiar por varios factores. Primero, la sensación de descontrol: las imágenes de multitudes en la ruta de los Balcanes generaron angustia en cuanto pareció ingobernable. Después, la narrativa que asocia migración e inseguridad, cristalizó en los atentados de París (2015) y Bruselas (2016), algunos de cuyos autores se habían infiltrado por rutas migratorias.
El golpe decisivo en Alemania fue la Nochevieja de Colonia: una sucesión de agresiones sexuales masivas atribuidas mayoritariamente a hombres de origen extranjero que De Maizière, ministro del Interior, definió como el punto de inflexión del debate sobre los refugiados, y que precedió a la irrupción decisiva del partido ultra AfD en tres länder en 2016. Años después, nuevos ataques (Mannheim y Solingen, en 2024) empujarían a Alemania a endurecer su política y reactivar las deportaciones.
La ultraderecha, antes marginal, pasó a marcar la pauta, y el centro adoptó su discurso para no verse desbordado. Lo resume François Gemenne, de HEC París: «Si los líderes centristas parecen superados en estos temas, pierden el control del relato, así que se sienten obligados a exhibir firmeza fronteriza». No es solo la derecha: desde la Dinamarca de Frederiksen hasta el Keir Starmer que advertía del riesgo de una «isla de extraños», el centroizquierda se ha quedado sin una narrativa sólida.
Guerra híbrida
A ello se sumó la guerra híbrida. Bielorrusia empujó a familias de Oriente Próximo hacia la frontera de Polonia y Lituania en 2021; meses antes, Marruecos había abierto su frontera de Ceuta de forma parecida a la actual. En este contexto, Europa solo se ha permitido una excepción: la acogida masiva de ucranianos. Pesó la proximidad -una guerra en la frontera de la UE, con Rusia como agresor- y una afinidad asumida de entrada: la clase política trató a los ucranianos como «europeos como nosotros».
El modelo que Europa quiere abrazar hoy ya no es el de puertas abiertas de Merkel que solo sostiene Sánchez, sino uno más disuasorio, basado en deportar a los sin papeles a terceros países como Albania, aunque tenga difícil encaje legal. España, en cambio, ha puesto en marcha una regularización a la que se presentaron más de un millón de personas.
El aislamiento de Sánchez es producto de dos movimientos simultáneos: Europa deslizándose hacia el cierre y España en una posición estructural donde los inmigrantes le permiten mantener un crecimiento económico. El endurecimiento dejó de ser cosa de la derecha para volverse consenso transversal. Lo demuestra que la ofensiva contra el modelo español la coescribe Mette Frederiksen, socialdemócrata de la misma familia europea que el PSOE, y no solo Meloni o Merz. Cuando 22 de los 27 firman una carta que responsabiliza a la regularización española del efecto llamada, el relato de que le atacan «las ultraderechas» se cae: le ataca también su propia casa.
La ola siria de 2015 apenas rozó a España, que acoge a muy pocos refugiados y nunca interiorizó el shock que endureció a Alemania, Suecia o Dinamarca. Su inmigración es sobre todo laboral -latinoamericana y marroquí- y alimenta un mercado con escasez de mano de obra. Los españoles sí han cambiado de opinión en estos ocho años de gobierno de Sánchez: la inmigración escaló al primer puesto entre las preocupaciones del CIS, un vuelco que, subraya el sociólogo Hein de Haas, «refleja el discurso político, no un cambio real en los flujos».
أسئلة مفتوحة
- ¿Cómo afectará legalmente el modelo de deportación a terceros países como Albania?
- ¿Cómo responderá España al creciente aislamiento en Bruselas?
- ¿Se mantendrá la regularización española ante la presión europea?






