Pogacar conquista el Alpe d’Huez y establece un nuevo récord de subida
L'essentiel
- Tadej Pogacar, el "juez supremo", persigue y supera a los "bandoleros" Carapaz, Kuss y Lenny en la mítica subida al Alpe d’Huez, estableciendo un nuevo récord de 35m 26s.
- El esloveno, a pesar de las dudas sobre su equipo y su salud, logra su sueño de niño en la etapa más festiva del Tour.
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Pourquoi c'est important
Tadej Pogacar persiguió a un grupo de ciclistas en la mítica subida al Alpe d'Huez, a pesar de las dudas sobre la salud de su equipo, logrando una victoria de etapa y un nuevo récord.
En el Alpe d’Huez de los bandoleros danzan Carapaz, Kuss, Lenny. De pie en la bicicleta, manos abajo en el manillar, esprintan, se atacan, se desafían. Forman una partida legendaria, grandes figuras de la montaña, de los Alpes, de los Pirineos, de Sierra Nevada, de Andorra y del Mont Blanc. Esprinta el ecuatoriano insaciable; le responde el kid de Durango, Colorado, y luego es el turno del neto de Mariano Martínez. Componen un hermoso ballet que se abre rítmico paso a través del rave gigantesco que son las 21 curvas que pautan los 13,8 kilómetros de subida regular al 8,1%. Son 600.000 personas cargadas ya con 48 horas de música, química e impaciencia en el corazón de los Alpes las que esperan la llegada de los bandidos y de los campeones en el estadio vertical y gigantesco. De los perseguidos a los que su corazón les prohíbe unirse para defenderse juntos. Son bravos. Peleones. Son grandes. Del perseguidor que los alcanza, una bici con alas de mariposa, ligera, pedaladas sutiles como pompas de jabón, fulminadoras como la mirada de un amor desafiante. De Tadej Pogacar, juez supremo que a nadie perdona.
“No era un secreto que quería ganar hoy”, dice el esloveno después perseguir durante 13 kilómetros, casi siempre solo, salvo 800m que aprovecha la rueda del renacido Adam Yates, que se había descolgado de una de las fugas para esperarle. Fue el último servidor de su equipo, de cuya capacidad todos dudaban, y también de la salud del maillot amarillo, ya que un virus había machacado los organismos de cuatro compañeros, ya con el sistema inmune al límite y había obligado a retirarse a McNulty, uno de los más valiosos. Y muchos observan que Pogacar se suena la naricilla más veces que otros días, un dedo apretando un orificio. En la cuneta, El Diablo salta alegre. Un Sirât en cuesta.
Aliados con los 30 grados los 600.000 sudan a chorros y su aliento se mezcla con el olor de embragues quemado, el sonido de la música a tope, los tubos de escape, los rugidos de las motos, y el paso suave de los ciclistas perseguidos y atrapados. A veces invisibles.
Nada más salir del Bourg d’Oisans, en la recta con la gran vista de la montaña al frente, el austriaco Grossschartner se vuelve en la cabeza y con gran teatro gestual pregunta varias veces a Pogacar, qué hago, qué hago. ¡Acelera! “Llevábamos todo el día a toda máquina y, al principio, en el primer kilómetro del Alpe, sabía que tenía buenas piernas y que ya no quedaban muchos que pudieran seguirme o intentar ir conmigo. Así que lo intenté y me lancé a por la cima. Tuve que enfrentarme a corredores muy buenos, pero se estaban peleando un poco entre ellos. Así que eso me ayudó a alcanzarles y ganar la etapa”.
No son ya solo las curvas de los campeones, marcadas con los nombres de los 33 que hasta entonces habían ganado alguna vez en la cima de la estación de esquí más pop. Son las curvas del pueblo que convierte el Tour en la mayor fiesta, la más caótica y loca. La curva de los holandeses altos, de los daneses novatos, de los galeses, de los ingleses. Y de aquí a nada, ya habrá curva de eslovenos y de todos los apátridas del mundo, pues Pogacar ya tiene derecho a que su nombre se grabe también, y quizás en letras más gordas que nadie. Guante de terciopelo en garra de acero que persigue a los campeones y persigue sus sueños de niño. ¡Ganar en Alpe d’Huez! Tanto le han hablado de una subida que es un coliseo único, que lo ha convertido en obsesión, y ahí nace la grandeza de su gesto, y su necesidad. Cuando en la sexta etapa mostró al mundo que ya nadie le podría toser en este Tour, batió el récord del Tourmalet, bucólicos Pirineos lejos de la locura alucinógena del Alpe. Persiguiendo y alcanzando a Carapaz, Kuss y Lenny, y a una docena más de fugados a los que supera, y se sonríen al cruzarse, los que le ven como Superman sin capa, volando como Anquetil, el Caravelle, y los que intentan pegarse a su rueda. “Qué felicidad da pasarlos a todos”, dice. “Pero, chapeau, qué bravos”. Pasa también a Einer Rubio, otro de los combativos del Movistar, y detrás de él, el coche del UAE que frena de golpe ante un espectador caído. Rubio choca contra su parabrisas trasero, y sufre cortes en la cara. Y abandona.
Pogacar sube a 23,367 kilómetros por hora de media. Genera más de 430 vatios durante los 35m 26s que suponen un nuevo récord de la subida, 74 segundos menos que los 36m 40s de Pantani, dios y dueño intocable. Cuando arrancó, el trío de bandoleros estaba a poco más de tres minutos de ventaja. Los tres últimos kilómetros, la carretera ancha, las vallas calmando a las fieras, los tuvo ya en el punto de mira. Solo dudó cuando vio arrancar a Kuss. “’Joder’, pensé. A ver si llego tarde”, dice. “Pero, nada, solo era su último cartucho”. Los alcanzó a una milla de la cima, los estudió, los dejó ir a su rueda, y cuando faltaban 800 metros, con el índice derecho apretando la nariz ayudó a salir al último moco, se puso de pie sobre los pedales y aceleró inalcanzable hasta la meta.
Los primeros kilómetros de la etapa, la rápida remontada de sur a norte desde Gap por el Bayard antiguo, el duro Noyer, el suave Ornon, por las gargantas que se abren entre las montañas la carretera de asfalto resquebrajado, los pueblos de piedras blanquecinas, huele a higuera humilde húmeda de rocío que rápido el calor de julio hace hervir, y a algunas matas de lavanda de las cunetas aún en sombra. Brotan los pelotones de 20, de 30 corredores, los salvajes, los mismos selváticos que se niegan todos los días a que el Tour lo conquisten los cuerdos sosos, los que alientan la locura del imposible, los que revolotean por delante de Pogacar, que deja hacer.
Questions ouvertes
- ¿Cómo afectará el virus en el equipo UAE al resto del Tour?
- ¿Qué consecuencias tendrá el abandono de Einer Rubio para Movistar?







