Alcaraz, implacable ante Ruud y, por primera vez, finalista en París
El tenista murciano se enfrentará este domingo al estadounidense Ben Shelton por el título del torneo parisino.
Quick Look
- Carlos Alcaraz vence a Casper Ruud por doble 6-4 y alcanza su primera final del Masters de París, donde se medirá este domingo a Ben Shelton.
- El español se convierte en el quinto finalista español del torneo.
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Why It Matters
Carlos Alcaraz alcanzó por primera vez la final del Masters de París tras vencer a Casper Ruud. Se convierte en el quinto finalista español del torneo, después de Andrés Gimeno, Sergio Casal, Rafael Nadal y David Ferrer.
“Estoy muy orgulloso de mí mismo”, dice Carlos Alcaraz después de batir al noruego Casper Ruud (doble 6-4, en 1h 26m) y de conseguir así su primer pase a la final del Masters de París, en la que, caprichos del destino, se encontrará este domingo (15.00, Movistar+) con el estadounidense Ben Shelton (5-7, 6-3 y 6-4 a Luka Van Aasche). Por tanto, morbillo. Al norteamericano (24 años y 4º del mundo) lo dirigirá el próximo año un ex, Juan Carlos Ferrero, y por si fuera poco le batió en el último cruce entre ambos, en aquella volcánica velada en Nueva York resuelta a cinco sets y entre suspense. El murciano entonces volvía de la reserva y ahora lo encara de otra forma, más afinado. Ya se verá.
En cualquier caso, el día después de salvar el pescuezo en un magnífico pulso con Taylor Fritz —quien dispuso de dos opciones de llevarse el partido—, Alcaraz mantiene los biorritmos positivos y desembarca en el episodio definitivo de un torneo que hasta ahora se le resistía. “Siempre se me hacía duro, pero este año he llegado más fresco”, matiza antes de irse a la ducha, convertido en el quinto finalista español —antes lo fueron Andrés Gimeno (1972), Sergio Casal (1986), Rafael Nadal (2007) y David Ferrer (2012 y 2013)— y deseando seguir los pasos del único que logró triunfar bajo la techumbre parisina: Ferrer, quien precisamente, el próximo año entrenará a Ruud, según desvela Eurosport.
No tarda demasiado la ola en desbordar el muro, más o menos la media hora que invierte Alcaraz en que su ejército de pirañas —bola aquí-bola allá, bola aquí-bola allá, mordisco-mordisco-mordisco…— perfore el entramado defensivo de Ruud, quien duda, jadea, recula, repele (como buenamente puede), lo sufre y, al final, pone cara de resignación: demasiada presión. ¿Esto no se acaba nunca? De eso nada. ¡Insoportable! Intenta el nórdico dar un paso el frente, pero el golpe poderoso del murciano le obliga a competir todo el rato desde la trinchera; es decir, difícil, así muy difícil. Solo existe un único camino: robarle la iniciativa. Fácil decirlo, complicado conseguirlo.
Si se adueña del juego, el español se convierte en un calvario y, en la misma línea de estos días otoñales, le apetece competir. Los casi cinco meses lejos de las pistas han supuesto el perfecto alimento para que Alcaraz encare este último cuarto del año con ganas de comerse el mundo, de lanzar un mensaje y decirle al resto que aquí está él, que no se había olvidado de jugar y que a veces es bueno coger una distancia prudente respecto a lo que uno adora para que vuelva a picar ese gusanillo. Tiene hambre, va a por todas, quiere más. París, Turín, la Davis. ¡Pim-pam-pum! Tiros y más tiros, agresividad, sin ahorrarse nada, que para eso estuvo en casa recargando las baterías.
Que se note. “¡Jugando con 80 o 90, no hace falta el 100!”, le sugiere desde el costado su técnico, Samuel López, mirando tal vez por esa muñeca que convendrá seguir cuidando —hasta aquí, ni rastro de molestias o dolor— y que nunca perderá la memoria; esto es, se inventa lo que le da la gana, lo mismo una parábola enroscada que un tiro plano o, más difícil todavía, esa dejada de revés y prácticamente desde la línea de fondo, como si fuera una volea a cinco palmos de la red.
Transgresor, Alcaraz ya lo advertía cuando llegó: vino aquí para hacerlo a su manera, rompiendo si hace falta las reglas lógicas o los moldes clásicos que pueda haber. Allá donde otros ven límites, él contempla atractivas oportunidades. Gane o pierda, su paleta es infinita. Única.
Ruud, que intenta recuperar el terreno perdido después de un periodo difícil, le pone todo el empeño posible e intenta que el duelo no se rompa demasiado rápido. Sin embargo, al séptimo juego llega la rotura y el tema se le complica. El día anterior llevaba un par de vendajes compresores para proteger los rotulianos y esta vez es uno, así que algo es algo. Y que por él no quede. El noruego (27 años y 23º del mundo) había caído en seis de los siete precedentes, pero al menos le queda el consuelo de que aquella solitaria victoria fue en dura y bajo techo. Que no sea por falta de fe. Y pese a todo, él sigue ahí.
Open Questions
- ¿Quién ganará la final entre Alcaraz y Shelton?
- ¿Cuál será el resultado del enfrentamiento final?







