
El tenista murciano suma su cuarto título del año tras una victoria contundente en la final del Wiener Stadthalle.
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Alcaraz ha regresado al circuito tras cuatro meses de ausencia. Este es su cuarto título del año tras una temporada irregular.
Después de certificar que la bola ha besado la línea de fondo y que, por tanto, ya ha rendido a Alex de Miñaur, el campeón Carlos Alcaraz alza los brazos (6-1 y 6-4, en 1h 27m) y lo celebra: Viena, otra casilla tachada. Es su primer trofeo en el Wiener Stadthalle y el cuarto de este año tan raro en el que todo se torció a partir de abril, pero que aun así todavía le puede reportar alegrías considerables como esta de Austria y, sobre todo, lo que está por venir. Tras cuatro meses y medio de ausencia, el murciano ya ha conseguido dos títulos desde su reaparición —este último y el de Tokio, desde finales de agosto— y emite un mensaje diáfano: parece haber dado con lo que necesitaba.
Suena la Marcha Radetzky de Johann Strauss y al compás exhibe él ese tenis espectacular que también se lleva por delante a De Miñaur, al que parecen pesarle más de la cuenta las piernas y que no termina de tener el día. De poco le sirve la resistencia del segundo set, tras haber recibido un buen zarandeo en el primero. El ganador, pletórico, con un juego maduro, ha encontrado en Viena —donde en principio no iba a competir— todo aquello que le hacía falta para acometer el asalto al tramo más jugoso de este final de temporada: ritmo, sensación, nivel y efectividad. Confianza. También diversión. Es decir, el mejunje perfecto para resolver la final e ir luego a por todas.
Va Alcaraz comiéndose el duelo a bocados, con la seriedad y la diligencia de estos días en los que lo ha hecho prácticamente todo bien; con mayor o menor inspiración, más o menos afinado en esto, eso o aquello, con diferentes pieles: la del resiliente, la del chico práctico o la del esteta, qué más da. En líneas generales, el murciano redondea un trazado muy completo que lo sitúa en la primera línea de la parrilla de cara a las dos citas que restan, París y la Copa Davis. No es el formato indoor su favorito —solo había ganado en Róterdam—, pero parece una simple cuestión de tiempo —lo que le cueste afilar un poco más su servicio, quizá— que termine convirtiéndolo en otro labrantío.
Alcaraz es un competidor poliédrico que no deja de sorprender, siempre con un as extra en la manga y capaz de convertir lo extremadamente complicado en algo muy sencillo. Baste observar esa forma única (y deliciosa) de acolchar la pelota en la volea, esa movilidad sin comparación —hace de la pista una ratonera sin puntos de escapatoria— o esa capacidad para extraer una fuerza absoluta cuando el arco del golpeo es mínimo. Para los demás, se trata de un rival desconcertante y apabullante. “Y eso que está a un 75% de sus posibilidades estratégicas y mentales”, transmitía esta semana Rick Macci, el hombre que moldeó a las hermanas Williams en sus inicios.
Posee el español todas las herramientas y, si además el adversario no tiene el día y ayuda, el resultado es esta final que durante la mayor parte del tiempo es de sentido único. No han transcurrido siquiera diez minutos y el oceánico ya lo padece. Habitualmente muy discreto, más bien poco expresivo, De Miñaur no está fino y para cuando parpadea, ya ha perdido dos veces el saque. Se gira hacia su técnico, el español Adolfo Gutiérrez, y protesta: “¡Así no se puede!”. Y efectivamente. La tarde anterior se estiró y el esfuerzo efectuado para batir a Alexander Zverev (en tres sets) para haberle pasado factura. Eso, en un jugador que depende tanto de sus maniobras, es poco menos que una condena.
Al de El Palmar, en cambio, se le ve revolotear con esa gracilidad tan característica y el empuje de esas piernas meteóricas que le permiten llegar con el margen ideal para diseñar el tiro: aquí o allá, castigando la bola o peinándola, pero la mayoría de las veces haciendo la elección correcta. Muy centrado, Alcaraz va cogiendo tono físico y reactivando su versión brillante; esto es, el perfecto equilibrio entre lo competitivo y aquello de agradar todo lo posible al espectador. En medio de este tenis de autómatas, con tantísima abundancia de partidos y tan escasa imaginación, sus actuaciones suponen un oasis reconfortante y reconciliador. Su juego atrapa, es la gran excepción.
En medio de un ejército de cíborgs, él es lo más transgresor. Sencillamente distinto. Tanta potencia o más que el resto, pero igualmente un instinto especial para construir que lo diferencia, lo singulariza y lo aísla; de eso sabe Jannik Sinner o el nuevo número uno, Alexander Zverev; algunos brotes verdes por ahí, los Medvedev, Cobolli, Ruud, Musetti, Paul, Tsitsipas o por supuestísimo Djokovic, pero en realidad poquito más. Sabe jugar De Miñaur, un tenista inteligente que lee bien los puntos y que rara vez no ofrece debate, pero en esta ocasión le faltaba cuerda y para cuando consigue aterrizar en el partido, el otro ya ha puesto el turbo. No hay vuelta atrás.
“Bien hecho, Car-li-tos”, expresa con sorna el australiano. “Es genial tenerte de vuelta en el circuito, todos los aficionados lo agradecen… Pero es muy molesto jugar contra ti”, se sincera. Acto seguido, Alcaraz toma el micro y posa ceremonioso con su segundo trofeo bajo techo, el primero en Viena y el que, confía, no sea el último de una temporada extraña en la que empezó como un tiró, desapareció de repente y ahora parece haber llegado a tiempo para endulzar esta última franja a la que le quedan todavía tres sugerentes alicientes. La cubierta de París, pesadilla para él, es el próximo reto y posteriormente abordará otros dos. Entretanto, lo dice alto y claro: así es, aquí estoy otra vez.
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Carlos Alcaraz competirá en el torneo de París y en la Copa Davis.
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