El autor relata su experiencia personal durante los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Washington y Nueva York, describe el caos inmediato, la respuesta gubernamental y critica la posterior 'guerra contra el terror' como un error estratégico que ha generado conflictos en múltiples países y ha alimentado el populismo y la supremacía blanca en Occidente.
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El autor, periodista con experiencia cubriendo conflictos en los Balcanes, Irak y Chechenia, describe su vivencia personal del 11 de septiembre de 2001 mientras vivía en las afueras de Washington, incluyendo la confusión inicial, la respuesta de emergencia y el impacto en su familia y comunidad.
La mañana del 11 de septiembre del 2001 fue radiante. Yo vivía a las afueras de Washington y acababa de dejar a mis hijos en el colegio cuando la radio del coche dio la noticia de que, al parecer, una avioneta se había estrellado contra una de las dos torres del World Trade Center de Nueva York. Parecía un accidente y costaba entender lo que las televisiones empezaron a retransmitir en directo: el impacto del segundo avión, el derrumbe de los dos edificios más altos de la ciudad, el heroísmo de los policías y bomberos, la tragedia en el corazón del imperio.
Nada te prepara para la posibilidad de perderlo todo y menos en ciudades como Washington y Nueva York. Puedes perder muchas cosas –el empleo, la vivienda, la mujer–, pero la angustia de que toda tu vida pende de un hilo y que no hay nadie más que tú aguantándolo es tan abstracta y pesa tanto que dejas de razonar. Te mueves por instinto. Solo piensas en protegerte, en proteger a tu familia y en enviar una crónica para este diario.
Haber cubierto conflictos en los Balcanes, Irak y Chechenia no te prepara para el vértigo que sientes cuanto tu familia está en la línea de fuego, y fue precisamente ahí donde estuvieron millones y millones de estadounidenses durante aquel 11 de septiembre tan radiante y siniestro.
No había gobierno. El presidente volaba de aquí para allá en el Air Force One y no fue hasta el atardecer que aterrizó en Washington y se dirigió a la nación. Habló con patriotismo y determinación, pero la gente ya se había organizado. Los niños habían regresado del colegio, los teléfonos echaban humo y no quedaba nada en los supermercados.
Mi mujer, que trabajaba cerca de la Casa Blanca, tardó casi tres horas en llegar a casa. Llegó andando, por avenidas desiertas, acompañada por desconocidos que se hicieron compañeros. Los francotiradores se habían apostado en las azoteas. Al enemigo no se le vía pero se le sentía muy cerca.
El presidente prometió venganza y declaró una “guerra contra el terror”, un gravísimo error estratégico del que aún pagamos las consecuencias.
El siglo XXI empezó el 11 de septiembre del 2001. No solo porque EE.UU. sufrió el peor ataque desde Pearl Harbor, sino porque cambió el carácter de la nación más poderosa del mundo. A partir de entonces, ha sido el nosotros o ellos.
Esta furia tan simplista alimenta la violencia política, económica y militar. A ella se deben las guerras en Afganistán, Irak, Yemen, Irán, Ucrania, Sudán y Palestina, conflictos que colocan a millones de personas frente a la muerte. Este abismo agrava la inseguridad de todos y a los occidentales nos deja a merced de los populistas, los predicadores de la supremacía blanca.
El problema es que estos popes del mesianismo tienen buena prensa. Prometen la seguridad absoluta y la gente los sigue porque tiene miedo a perderlo todo en un atentado, una crisis financiera o un virus universal.
Así empezó el siglo de la fuerza y así continúa.

King Mohamed VI of Morocco owns an apartment of more than 1000 m² in Paris valued at 80 million euros, along with a net worth estimated at 5.7 billion dollars according to Forbes (2015). His wealth includes the Al Mada holding company, investments in Attijariwafa Bank, Wafa Assurance and Managem, as well as his own Siger holding company with 70 subsidiaries. In addition, he owns properties in France such as the Betz Castle and the Hôtel de Broglie, residences in Morocco, and luxuries such as a Boeing 747-8, two Gulfstreams and the 70-meter Sybaris yacht.
After four and a half years of war in Ukraine, Vladimir Putin's regime faces a decline marked by military stagnation, the impact of international sanctions, dependence on China and the erosion of its domestic support, leading analysts to question the continuity of his government of more than 26 years.
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In Ceuta, the arrival of young Moroccan migrants has generated tensions between residents who fear for their safety and those who defend humanity towards the new arrivals, while the hospital and markets reflect the pressure on public services and daily life is affected by fear and the lack of long-term solutions.

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