
La filósofa Eurídice Cabañes reflexiona sobre su relación con el móvil, la extracción de datos y minerales por parte de las tecnológicas, y propone tecnologías situadas que respeten contextos locales y materiales disponibles, como ordenadores hechos con micelios de setas, para recuperar autonomía y tiempo libre.
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La filósofa Eurídice Cabañes, nacida en Valencia en 1983, evitaba usar móvil por considerar que era un espía, pero tuvo que aceptarlo en 2025 debido a requisitos bancarios para confirmar operaciones hipotecarias. Es autora de 'Sembrar futuros' y fundadora de ArsGames, asociación que exploró el potencial lúdico y educativo de los videojuegos hasta su cierre el año pasado.
La filósofa Eurídice Cabañes (Valencia, 1983) no tenía móvil. No quería un espía en su bolsillo. Pero eso cambió a mediados de 2025 por culpa de un escollo insalvable: una hipoteca. Su banco le pedía un teléfono al que enviar mensajes para confirmar las operaciones. En su recién publicado ensayo Sembrar futuros. Una guía de resistencia para la era del algoritmo (Ariel), Cabañes cuestiona el modelo de negocio de las grandes tecnológicas, un modelo del que a todos nos resulta cada vez más difícil escapar.
Frente a esta tecnología basada en la extracción —tanto de minerales y tierras raras como de nuestros datos y privacidad—, propone construir alternativas que tengan en cuenta el contexto en el que se introducen, e invita a reflexionar sobre a quién beneficia y a quién debería beneficiar la tecnología. El objetivo es que el futuro no se imponga desde las empresas, sino que recuperemos la capacidad de decisión sobre nuestras vidas, además de tiempo para reflexionar, para estar con los demás y también para jugar: Cabañes fundó la asociación cultural ArsGames, que (hasta que cerró el año pasado) exploraba las posibilidades lúdicas, educativas y de participación de los videojuegos. Esta experiencia le sirvió para escribir su anterior libro, El aprendizaje en juego (Arsgames, 2019).
Pregunta. ¿Hasta dónde ha llegado el móvil en su vida?
Respuesta. Hasta límites que no me imaginaba. Un día iba caminando por la calle, pendiente de la aplicación de mapas para llegar a un sitio al que ya sabía llegar. No iba ni mirando la calle, solo el móvil, y dije: “No, basta”. Entonces empecé a hacer el ejercicio de no sacarlo, de dejarlo apagado, de no mirarlo tanto. Pero sí, fue de 0 a 100.
P. ¿A qué renunciamos cuando caminamos mirando el móvil?
R. A la capacidad de observar. Y la capacidad de observar es lo más importante porque de ahí se desprende todo lo demás. Por ejemplo, la memoria. No podemos recordar si no observamos. También las deducciones, la capacidad analítica, la capacidad crítica… El problema no es tanto que una tecnología reconfigure nuestros esquemas mentales, porque todas lo van a hacer. La escritura lo hizo, la cámara de fotos lo hace y la inteligencia artificial, por supuesto, lo hace mucho más. El problema es cómo lo hace. Hay tecnologías que son como las rueditas de la bici, que están pensadas para desaparecer. Cuando sabes ir en bici, las quitas. Pero las tecnologías que estamos incorporando no vienen a enseñarnos nada, sino a reemplazar funciones y a generar dependencia.
P. Habla de tecnologías situadas, en relación con el conocimiento situado de Donna Haraway. ¿En qué consiste esta idea?
R. Las tecnologías de hoy en día vienen de unos pocos lugares, pero se usan en todo el mundo. Son además muy homogeneizantes, producen formas de pensamiento muy similares en todas partes. Cuando hablo de tecnologías situadas es para decir que en cada espacio y para cada contexto debería existir una tecnología y no otra. Igual en Madagascar no necesitan exactamente las mismas tecnologías que en Terradillos de Esgueva [Burgos]. Estas tecnologías situadas responden a los intereses de las personas que habitan el espacio y también a los materiales que están en ese espacio. Por ejemplo, en un experimento de 2025 se ha construido un ordenador con micelios de setas shiitake. Este tipo de iniciativas romperían con el flujo loquísimo de necesitar minerales y tierras raras, se acabaría toda la geopolítica del extractivismo.
P. ¿Serían ordenadores menos potentes?
R. Tienen menos rendimiento, pero solo por ahora. También hay que romper con la idea de que fmás resolución, más capacidad, más tornillos, más pantallas, más grande, más lo que sea es mejor. ¿De verdad necesitamos que la nevera tenga wifi? ¿O que el móvil haga millones de fotos que no volveremos a ver nunca? Es el círculo vicioso del Diógenes digital.
P. ¿Por qué hace 15 años la tecnología se veía como una promesa y ahora como una amenaza? ¿Qué ha cambiado para que Elon Musk, a quien se comparaba con Iron Man, se haya convertido en…?
R. Batman.
P. ¿Cómo?
R. Sí, Elon Musk se ha convertido en Batman. Batman es un tipo que tiene mucho dinero y muchos traumas y quiere salvar el mundo. Y tú dices: “Ah, genial, eres millonario. ¿Vas a salvar el mundo invirtiendo en educación pública, en hospitales, en centros culturales?”. “No, voy a ponerme un traje de murciélago y, con alta tecnología, voy a cargarme a cuatro personas cada noche”. Al final, lo que dice Musk es que va a usar su tecnología para convertir Marte en un lugar habitable. Y piensas: “Chico, ¿puedes mirar alrededor? Ya tenemos un lugar habitable, basta con que dejes de cargártelo”. Las personalidades megalomaniacas atraen, sobre todo cuando tienen mucho dinero, mucho poder, muchos asesores de imagen. Pero estamos viendo que es un modelo que no tiene ni pies ni cabeza y que solo ofrece salvación para cuatro, que además ni siquiera está claro que se puedan salvar.
P. Cuando empezó a investigar los videojuegos, ¿se imaginaba su recorrido?
R: Cuando empecé a investigar los videojuegos era muy feliz. Los empecé a estudiar desde la reflexión sobre la identidad y el cuerpo. En muchos videojuegos puedes elegir: puedes ser, por ejemplo, una tortuga, un erizo o un orco verde de dos metros. Y hay juegos donde también interactúas con otros jugadores y esas personas no se comportan contigo de la forma en la que se comportan contigo cuando ven tu cuerpo en la vida real. Pero ha pasado de ser un mundo donde tú puedes experimentar con tu identidad libremente a ser un espacio donde cada clic queda registrado. Y al final te construyen una identidad externa de la que muchas veces no eres consciente a partir de todos los datos que extraen de ti.
P. Y luego está todo lo que ha venido desde el Gamergate, que ha sido la semilla de lo que hemos visto en redes: misoginia, campañas organizadas...
R. Es muy interesante cómo el videojuego ha pasado tan desapercibido para unos —es como “ah, son jueguitos, son para niños”—, pero también ha sido un laboratorio muy potente para otros: un laboratorio de innovación tecnológica y tecnosocial. Con el Gamergate, en 2014, se encuentra a un nicho de usuarios en el que hay una misoginia y una masculinidad tóxica muy exacerbada. Se agarra esa misoginia, se exagera todavía más, y se empieza a relacionar con otros temas políticos. Eso está pasando. Es muy curioso ver salir la misma frase de la boca de un niño de 12 años en México que de un chaval de 16 aquí. Es la misma, palabra por palabra. Y empiezas a reconocer esas frases, a tirar del hilo y ver de dónde salen. Se está haciendo captación de menores por parte de la extrema derecha con este tipo de discursos, y por eso también estamos viendo todo este giro de la juventud hacia modelos superconservadores. Y a mí, la verdad, me da miedo. No culpo a la juventud. De hecho, rompo una lanza por ellos, porque, pese a todo ese bombardeo, hay muchos que resisten y se han vuelto todavía más activistas, más conscientes, y luchan contra una maquinaria de muchos millones.
P. ¿Tenemos que replantearnos nuestra relación con el trabajo?
R. Sí. Por muy bien que esté tu trabajo —porque mi trabajo siempre ha sido increíble, y he amado todo lo que he hecho—, cuando entras en estas lógicas de producción, de consumo, acaba siendo un infierno. El trabajo cada vez nos quita más tiempo, pero además borramos las fronteras entre ocio, consumo y producción. El CEO de Netflix dice que su competencia no son las demás plataformas, sino nuestras horas de sueño. Están tratando de colonizar nuestro tiempo. ¿Por qué? Porque, al final, el tiempo realmente libre es necesario para el deseo, y el deseo es necesario para la acción política. Si no tenemos tiempo, dejamos que el futuro lo construyan otros en sus propios términos.
P. ¿Deberíamos volver a lo físico, a los libros y DVD?
R. Sí, podemos volver a lo físico. Pero es muy importante buscar momentos de ocio sin producción ni consumo. Es muy difícil, porque ya solo con llevar el móvil en el bolsillo estamos produciendo datos. Pero podemos dejar el móvil en casa, ir a la playa, pasear, sentarnos en un banco a charlar, pararnos en el campo a buscar tréboles de cuatro hojas, que es una de mis cosas favoritas del mundo… Necesitamos recuperar lo obvio, lo que siempre tuvimos, y recuperar el aburrimiento. Porque del aburrimiento salen las ideas. Necesitamos que nuestro cerebro tenga un descanso de estímulos externos para poder escucharnos.
P. ¿Por qué cuesta reivindicar lo obvio?

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