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La película Ink, dirigida por Danny Boyle, se basa en una obra de teatro de James Graham y explora el ascenso del periódico The Sun bajo Rupert Murdoch y Larry Lamb, vinculándolo con la crisis contemporánea de la verdad y los medios sensacionalistas.
Hay asuntos sobre los que todo el mundo tiene las ideas tan claras que no hay forma de ponerse de acuerdo. Pongamos, por ejemplo, la verdad. Cualquiera sabría decir qué es cierto y qué no sobre un asunto cualquiera hasta que se ve obligado a dar explicaciones. Y el problema, pese a que creemos que empezó con la IA, viene de lejos. Aristóteles, por empezar por el más griego de todos, mantenía que "decir de lo que no es que es, o de lo que es que no es, es falso, y decir de lo que es que es, o de lo que no es que no es, es verdadero". Y claro, acto seguido, a uno se le pasaban las ganas de decir nada más. Jesús, de profesión mesías, mantenía según Juan que la verdad nos haría libres y Tarski, mucho más modesto, sostuvo en el invierno más frío que el enunciado "La nieve es blanca" es verdadera si y solo si la nieve es blanca. Y así. Y así hasta que aparecieron los tabloides en general y The Sun muy en particular que directamente decidió dejar la cuestión en manos de su jefe de ventas. Hasta hoy. Hasta hoy que hemos dejado la verdad y todo lo demás en manos de un jefe de ventas. Todo ello si hacemos caso a Ink (tinta en español), la película que ha tenido a bien inaugurar con estruendo el Festival de Venecia.
Cuenta Danny Boyle, el director de la película, que se interesó por una producción que antes fue obra de teatro firmada por James Graham porque le hizo reflexionar "sobre dónde estamos ahora, cómo hemos llegado hasta aquí y también sobre el futuro de la prensa y el futuro de la verdad". Y, en efecto, vista o no la película, cuesta llevarle la contraria. La cinta, como si de una secuela algo nerviosa del mismísimo Ciudadano Kane se tratara, cuenta el ascenso del periódico de marras, de la mano del editor Rupert Murdoch y del que fuera su director Larry Lamb, desde las catacumbas de la irrelevancia a prácticamente un arma de destrucción masiva. La que con el correr del tiempo se convertiría en la más influyente, ruidosa y leída de las cabeceras hizo trizas las reglas más básicas del periodismo y anunciaría el advenimiento de un nuevo tiempo donde, en efecto, ni Aristóteles ni Jesús ni Tarski tenían ya nada que decir. La verdad, qué buen alimento para patos.
La propuesta del responsable de producciones tan míticas como Trainspotting o 28 días después aplica su libro de estilo al asunto con su proverbial energía para romper encuadres, imaginar metáforas y reinventar por enésima vez lo que podríamos llamar el montaje estroboscópico. De un lado, Jack O'Connell, como el señor director, y del otro Guy Pierce, en el papel del señor Murdoch, uno y otro intercambian rabias, remordimientos y venganzas en el objetivo común de hacer morder el polvo a los muy estirados detentadores (que no por fuerza ostentadores) de la verdad en su versión "la prensa seria". Digamos que pese a la ortodoxia de la narración, en este tramo la película se carga de razones. Al fin y al cabo ver a un grupo de perdedores que le roban la silla a los privilegiados siempre gusta. Entusiasma incluso. Si el menú se sirve además cargado de adrenalina, planos imposibles y una música que hace que las pestañas tiemblen, todo cuadra.
Pero no todo son buenas noticias en la prensa sensacionalista. Las hay muy malas. Hay una seria contradicción entre la legitima aspiración de la película y su resultado. Ink no quiere ser simplemente una película, digamos, deportiva sobre cómo el caballo perdedor se hace con el premio gordo en la recta final. Sería, apurando, hasta impúdico si se limitara a ello con semejante y tan poco honroso material. Boyle como apunta la declaración de arriba quiere trazar la genealogía de donde estamos ahora mismo. Su tesis es que, en efecto, de aquellos polvos estos lodos. De aquella permisividad con la indecencia este regodearse en la basura en la estamos tras, ya saben, las redes sociales, los bulos en serie y el vicio que les ha entrado a las empresas tecnológicas con comprar primero y adulterar después los periódicos de siempre.
Y es aquí donde la película comete uno de sus peores pecados: el de la banalidad. En ese empeño tan de taller de escritura (malo) de buscarle una justificación psicológica a todo, de repente, todo parte de un trauma casi infantil. El niño pobre humillado que quiere cobrarse venganza. De la misma manera, la figura de Murdoch es prácticamente disculpada sin que se llegue a entender (hablamos de lógica de guion, no de la realidad o la verdad) cómo pasa de Mefistófeles urdidor de todo lo malo a víctima (sí, víctima) de una director sin escrúpulos. El responsable de todo, según Ink, no es el que luego fundaría el canal Fox News, sino el que, casualidad o no, es el único ya difunto en toda esta historia. Hay más problemas. Incapaz de establecer narrativamente y con solvencia ese hilo de conexión entre la aparición de The Sun y la crisis de la verdad en la que, según todos los indicadores, vivimos, Boyle opta por apretar (o tirar, directamente) justo al final una explicación que se antoja una nueva idea para una película que aún no existe y que, desde luego, no es ésta.
Así las cosas, la película vale como punto de partida para iniciar una discusión sobre la verdad. pero acaba por ser una mala explicación de cómo hemos llegado hasta aquí. Aristóteles, di algo.
La película Ink, dirigida por Danny Boyle, abrió el Festival de Cine de Venecia recreando el ascenso de The Sun bajo Rupert Murdoch en 1969 y su transformación del periodismo británico, mientras se estrena paralelamente un biopic sobre Gerda Taro. Ambas adaptan obras previas y exploran los orígenes de la desinformación moderna.

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