
Más de 7,3 millones de israelíes están llamados a las urnas en unos comicios marcados por la altísima participación, la sombra del fracaso del 7-O y el futuro político de Benjamin Netanyahu frente a Gadi Eisenkot.
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Israel celebra elecciones tras cuatro años marcados por el ataque de Hamas del 7 de octubre de 2023 y conflictos en varios frentes.
Tras los cuatro años más traumáticos en un país montado en una montaña rusa, que ha llevado a ciudadanos a los refugios bajo tierra en Tel Aviv y a soldados a la cúspide del Monte Hermon en Siria, 7.331.981 israelíes votan hoy en las primeras elecciones desde el ataque de Hamas del 7 de octubre de 2023. La tasa de participación ha alcanzado su nivel más alto desde 1981 a media mañana, según datos de la comisión electoral ("más de 1,2 millones de israelíes habían votado", lo que equivale a un 16,68% de participación, declaró el director de la Comisión Electoral Central, Dean Livneh. Esta cifra en esta etapa de la votación no tiene precedentes desde el 17% alcanzado en 1981).
Las urnas dictaminarán si Israel prolonga la era de Benjamin Netanyahu, extendida a casi 20 años en tres periodos y gobiernos de signo muy diferente, si cambia de rumbo bajo un líder con menos experiencia, pero de mayor consenso, como Gadi Eisenkot, o si entra en un bloqueo a la espera de otra ronda electoral en primavera. Tan incierto como un nuevo posible enfrentamiento directo con Irán mientras aumentan las tensiones entre Netanyahu y el jefe del ejército, Eyal Zamir.
Como en los cinco comicios celebrados desde 2019, los bloques que buscan lograr 61 de los 120 escaños de la Knésset se formaron en torno a Netanyahu. Likud, dos partidos ultraortodoxos y otros dos ultranacionalistas frente a dos partidos de centro escorados a la derecha, uno de derechas y uno de centroizquierda. Naftali Bennett y Avigdor Liberman se consideran más preparados que el novato Eisenkot, pero afirman que harán todo lo posible para acabar con «el peor Gobierno de la historia de Israel». Netanyahu lidia una vez más con un ex jefe del Estado Mayor curtido en mil batallas, pero ninguna de ellas en la arena política. Su gran rival no es sólo Eisenkot, sino la alargada sombra del fracaso del 7-O, en el que 1.200 israelíes fueron asesinados y otros 251 secuestrados, y una guerra con frentes todavía abiertos.
El ataque en el sur de Israel erosionó la tarjeta de visita que Netanyahu presenta en cada campaña electoral («Seguridad»), pero no la destrozó en parte por las dos ofensivas sin precedentes contra el régimen iraní y los golpes dados a Hizbulá en Líbano y a Hamas en Gaza. Netanyahu logró evitar tanto la creación de la comisión de investigación estatal sobre el fracaso del 7-O como el adelanto electoral. De hecho, la guerra y los adversos sondeos en 2024 y 2025 unieron a los integrantes de la coalición para evitar las urnas antes de tiempo.
La cuestión de la exención militar de los ultraortodoxos hagravada ante la necesidad de miles de soldados para apoyar o sustituir a los reservistas tras tres años de desgaste- ha aparecido en la campaña electoral, aunque no con la fuerza que hubiera deseado la oposición. Eisenkot, Bennett, Yair Golán y Liberman, que lo ven como el talón de Aquiles de Netanyahu por su alianza con los dos partidos jaredíes, prometen que su Gobierno recompensará solo a los que hacen el servicio militar y trabajan. Un mensaje que aplaude gran parte del electorado de la derecha, que, sin embargo, no abandona tan rápidamente el bloque de Netanyahu al considerar otros criterios, como la identidad del país (papel de la religión, el sistema judicial, etc.) y, sobre todo, lo que sigue siendo el elemento decisivo a la hora de votar en Israel: la seguridad.
En los últimos días, Netanyahu ha alentado el voto del miedo. Si en su primeras elecciones, en 1996, avisaba de que «Peres dividirá Jerusalén», ahora compone frases que riman en hebreo y que, tras el 7-O, tienen más fuerza psicológica, como «Derecha o Palestina» y avisa con imágenes de IA de que Irán lanzará la bomba atómica contra Tel Aviv si hay otro primer ministro en Jerusalén. Este mensaje, que la oposición califica de «muestra de desesperación y pánico», ha sido reforzado por el presidente estadounidense Donald Trump. Éste ha pedido el voto a Netanyahu garantizando que juntos podrán completar el trabajo ante el régimen de los ayatolás.
«Estamos hablando de un asunto existencial», alerta Netanyahu, que asegura que el nuevo líder iraní, Mojtaba Jamenei, desea su derrota. Eisenkot promete firmeza ante Irán, acabar con Hamas, continuar la cooperación con Trump, mejorar las relaciones en la región y acabar con el daño a la imagen del país que causan ministros como Itamar Ben Gvir o Bezalel Smotrich.
Los últimos sondeos de cinco medios dan la victoria a Eisenkot, mientras que otros dos se la dan a Netanyahu. Ninguno otorga mayoría a sus bloques. Todas las miradas están depositadas en la participación. Si se supera, como se pronostica, el 70,6% de 2022 ,en parte gracias al aumento de intención de voto en el sector árabe, se requerirán más de 170.000 votos (3,25% como umbral) para estar en la Knésset. Todo un reto para el único partido que representa el tercer bloque y para el nuevo partido derechista de Ofer Winter.
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Se requerirán más de 170.000 votos para estar en la Knésset si se supera el 70,6% de participación.
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