
La asociación científica busca documentar la presencia de escualos en las aguas baleares mediante cámaras submarinas de larga duración
La asociación Sharkmed investiga la población de tiburones en las Islas Baleares mediante dispositivos de video submarino, con el objetivo de proteger a estas especies amenazadas y desmitificar su peligrosidad.
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Sharkmed es una asociación científica dedicada a investigar tiburones en las Islas Baleares mediante sistemas de filmación submarina.
En el agua, frente a los acantilados del Cap Vermell, que son de piedra roja como brasa incandescente, la paz sólo se ve perturbada por una lancha rápida atestada de turistas que surca el mar como una exhalación.
La motora da gas a fondo y hace cabriolas endiabladas, dejando a su paso una estela de carcajadas de excitación. Es una atracción para los veraneantes: la dosis de adrenalina en el paraíso, el hedonismo que en agosto se enseñorea de la isla.
«Y eso que toda esta zona es una reserva marina», musita con resignación Agustí Torres, documentalista, fotógrafo, investigador y uno de los socios fundadores de Sharkmed, una asociación científica dedicada a buscar e investigar tiburones en el mar que baña las Islas Baleares.
Sí, han leído bien: tiburones.
Porque, aunque cueste asociarlo a este mar vacacional de agosto, Mallorca es también hogar ancestral de escualos. «Hay documentadas 56 especies de tiburones y rayas en el mar balear», explica Torres mientras prepara, a bordo de la lancha neumática de su fundación, el aparejo y el cebo -una sanguinolenta cabeza de atún- que esta mañana va a colocar en alta mar para, eventualmente, despertar el apetito de algún tiburón.
Torres y sus compañeros colocarán un dispositivo BRUV (Baited Remote Underwater Video), una cámara capaz de filmar durante semanas e incluso meses las aguas submarinas del norte de Mallorca para grabar tiburones bajo el agua.
Su organización usa un sistema único en España que le permite operar durante semanas sin cambiar ninguna batería. El sistema de filmación es habitual en expediciones científicas pero habitualmente, en otras latitudes donde los tiburones son más abundantes, se emplean baterías de corta duración; allí se necesita menos tiempo bajo el agua para detectar ejemplares.
En cambio, en Mallorca es otra cosa: para buscar agujas en un pajar hace falta tiempo y mucha paciencia.
En Baleares viven numerosas especies de tiburones. La mítica tintorera. El tiburón boca dolça (boca dulce). El solraig. El marraix (marrajo). El tiburón peregrino con sus grandes fauces aspiradoras. O el centurión, conocido también como pez zorro por su larga cola, que emplea como un látigo para aturdir a sus presas, recordando al látigo de El Zorro, el héroe de cómic mejicano.
El fantasma blanco
Además, entre los expertos locales existe la convicción de que allá afuera ronda también, como un centinela misterioso, el tiburón blanco, el perfecto depredador, el mito que conocieron y apresaron los antiguos pescadores de la isla hasta los años 70 y que hoy vuelve a estar en boca de todos en el Mediterráneo tras la reciente confirmación de un ejemplar pescado accidentalmente en Alicante y la filmación de otro en el estrecho de Sicilia. «Estamos convencidos de que nosotros también lo veremos aquí», afirma el divulgador de Sharkmed.
Torres recibe a Papel en el puerto de Cala Rajada, al noreste de Mallorca, desde donde esta mañana parte la expedición. Es una salida simplemente de prueba que no dará resultado, ya que con la temperatura del agua en verano es casi imposible ver un tiburón de los que habitan estas aguas: no les gusta el agua caliente.
Le acompañan Marc Pou y Eric Clua, uno de los mayores expertos en tiburones del mundo, profesor de la Universidad de París, veterinario etólogo (experto en el comportamiento animal) y un estudioso de la especie, con la que lleva décadas trabajando en aguas de medio planeta, con base en Polinesia francesa. Clua es el director científico de Sharkmed y estos días está en la isla.
Experto en ataques
«Mis últimas investigaciones giran en torno a los ataques, las mordeduras de tiburón en todo el mundo, averiguar por qué muerden estos animales tan increíbles», explica con un entusiasmo contagioso.
Clua se rebela ante el sambenito de la peligrosidad generalizada de los tiburones: «Cada año hay menos de 10 muertes en todo el mundo por ataques de tiburón y apenas 100 mordeduras, muchísimas menos que las 20.000 anuales que hay de perros...y sin embargo todo el mundo habla de los tiburones y no de los perros».
En sus conclusiones, tras estudiar, por ejemplo, al tiburón toro en Fiyi, trata de desmontar tópicos que considera erróneos. «Los tiburones no muerden a una persona por confundirla con otro animal, con una foca, como se ha dicho... eso es una tontería», sostiene. «Saben que no somos focas, ¡claro que lo saben!».
«Los tiburones tienen su propio lenguaje corporal cuando atacan y ese comportamiento se puede leer», explica. Bajan las aletas levemente, miran a lado y lado, zigzaguean. «Son animales territoriales, un tiburón en el mar es como un perro en su jardín y generalmente tienen más miedo ellos de nosotros que nosotros de ellos».
Su tesis, que plasmará en un libro de próxima publicación titulado El tiburón singular, mantiene que «los tiburones son muy diferentes entre sí, tienen caracteres distintos, como las personas, y entre esas personalidades los hay más audaces, más miedosos, más pasivos...».
¿Y eso no es más intranquilizador? «No, todo lo contrario, porque la probabilidad de encontrarse con un tiburón agresivo en el mar es bajísima, casi nula, la inmensa mayoría no son audaces, son inofensivos», replica ante la duda. «Hay más de 500 especies de tiburones y solo cinco son potencialmente depredadoras del ser humano». Ninguna de ellas -hay que recalcarlo- forma parte de las especies propias que habitan de forma estable el mar balear desde tiempos remotos.
Agustí (nacido en 1965) y Eric (1964) se conocen desde hace medio siglo. Sua vieja amistad es indisociable del mar. Los padres del científico francés veraneaban en Cala Rajada, donde la familia del fotógrafo mallorquín regentaba un comercio de souvenirs.
Un día de verano, la madre de Clua, clienta del local, vio una foto de un chico de 11 años sosteniendo en sus manos un mero recién capturado. Le preguntó si era su hijo, a lo que la comerciante contestó que sí. La madre de Eric le explicó que su hijo también era aficionado a la pesca y al mar, y por eso decidieron poner a los niños en contacto, para que mataran el tiempo jugando juntos.
Aquella amistad de infancia fue forjándose en las aguas cristalinas de Mallorca. Eric incluso llegó a salvar la vida de su amigo en una inmersión bajo los escarpados riscos de Cap Vermell, una mañana en que Agustí sufrió un síncope.
Juntos han navegado por mares y océanos de medio mundo buscando, filmando y nadando con tiburones.
Un día, Eric y Agustí plantearon una quimera. «Llevaba años estudiando tiburones en lugares lejanos donde hay muchos ejemplares, donde es relativamente sencillo verlos, encontrarlos, observarlos», dice Clua.
Sin embargo, los dos amigos y apasionados del mar querían un reto mayor: «Encontrar y estudiar tiburones donde hay pocos, aquí, en estas aguas», dice señalando el Mediterráneo azul e intensamente plateado de su infancia, su casa, las aguas en las que la expedición se adentra en esta mañana de pegajoso bochorno veraniego.
El método
La lancha neumática de Sharkmed ha ido avanzando y la conversación discurre ahora en mitad del mar, con la línea de costa desdibujándose lejos, en los vapores del horizonte. «Empezamos a buscar tiburones en Mallorca con pocos recursos», explica Torres. Usaban el tambor de una lavadora, donde introducían el cebo y esperaban a que apareciera algún animal.
En una de las primeras salidas llegó una tintorera tras 12 horas de espera. «Me tiré al agua», recuerda el científico francés. «He disfrutado más viendo una tintorera pequeña en estas aguas donde su presencia es escasa y huidiza que viendo tiburones tigre de cinco metros de longitud; la gente viaja al otro lado del mundo para nadar con ellos pero nos llena más nadar con uno aquí».
El tiburón tintorera, explican estos buscadores de tiburones, puede llegar a medir cuatro metros. «Son curiosas, se acercan, quieren tocarte y luego se ponen de costado para observarte bien; tienen hasta ocho sentidos y están en su medio, dominan la situación pero simplemente no están acostumbradas a vernos».
Con todo, la fundación no tiene finalidad recreativa ni espiritual. Su vocación es científica. Es un referente en las Islas y su criterio es ya una voz autorizada en la materia. Cuando algún navegante filma un tiburón en Baleares, Sharkmed valora el avistamiento con la cautela y el escepticismo propio de lo que es: una organización científica.
No confirman, por ejemplo, las últimas especulaciones sobre la presencia de un tiburón blanco en la bahía de Palma, información que circuló en redes la pasada primavera. Ellos se basan solo en evidencias, en datos fiables. Y por eso trabajan con sus propios sistemas de filmación.
Su principal objetivo es recabar datos fidedignos, pruebas de ADN ambiental y registros audiovisuales para estudiar ejemplares y detectar patrones y cambios en la población de las especies autóctonas. También para analizar el impacto del cambio climático o de la pesca ilegal. Ya han hecho estudios en zonas de alta protección, como la isla virgen de Cabrera.
«Los tiburones son esenciales para el equilibrio del sistema por su rol de depredadores», señala Torres, que lidera junto a otros cuatro patronos esta asociación sin ánimo de lucro, apoyada por el Govern balear y otras entidades, incluso por los pescadores locales, que les ayudan a controlar y mantener sus equipos de medición. El trabajo se desarrolla gracias a voluntarios que cada año se enrolan en las campañas de búsqueda de tiburones.
Sharkmed trabaja con cámaras submarinas en varias profundidades. Algunas a 120 metros de profundidad, fondeadas en el límite del talud que conecta las Baleares con la plataforma continental, donde cae en picado hacia un mundo de oscuridad. Gracias a sus baterías de larga duración, pueden grabar meses.
Catálogo en Cabrera
Así han filmado tintoreras y así filmaron por primera vez en Baleares una cañabota viva en el año 2023, cuando estudiaron con sus cámaras las aguas del parque nacional de Cabrera.
Normalmente, colocan un cebo para atraer ejemplares, despertando su olfato a millas de distancia. Suelen poner una mezcla de carne de atún y cetáceo (delfín o ballena), que obtienen cumpliendo los protocolos sanitarios y con un permiso científico, gracias a un acuerdo con el Palma Aquarium. «Cuanto más grasa es la carne, más les gusta porque es más eficiente, incrementa su reserva energética», explica Clua.
La población de escualos en las Islas es baja, aunque no hay un cómputo preciso. Algunas especies como la tintorera están amenazadas, en peligro de extinción. Han sido diezmadas en algún caso hasta el 90%. Y hay tres especies -incluidas las rayas- que se consideran ya extintas en el mar balear: el pez sierra, el angelote y el pez guitarra.
Mal estado
«El Mediterráneo es el mar del mundo donde los tiburones se encuentran en peor estado de conservación», lamenta Torres. «Hay gente que cree que es mejor que no haya para poder estar tranquilos y nadar sin problemas pero son animales cruciales para nuestro ecosistema».
Sin tiburones, otros animales pueden desaparecer o registrar una sobrepoblación que a su vez afecte a otra especie, llevándola a un punto crítico. «Los depredadores cumplen su función: si, por ejemplo, una especie sufre una epidemia por un virus, los depredadores acaban con los enfermos, evitando que sigan contagiando y cortando la circulación de la epidemia».
Por eso estos animales, en lo alto de la pirámide, tienen su importancia también en el Mediterráneo más turístico. «Aquí hay tiburones y el problema es que debería haber muchos más», remata Torres mientras mira las olas, esperando que le devuelve la mirada uno de estos gigantes del mar.

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