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Los islandeses rechazan en referéndum la adhesión del país a la Unión Europea
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El País Internacional1 hour agoWorld3 min readSpain

Los islandeses rechazan en referéndum la adhesión del país a la Unión Europea

Casi el 53% de los ciudadanos vota en contra de unirse al club comunitario en una consulta que frena las aspiraciones europeístas en el norte.

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Casi el 53% de los islandeses han votado en contra de la adhesión de su país a la Unión Europea en un referéndum que descarta su incorporación a corto plazo y supone un revés para el bloque comunitario.

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Islandia ya forma parte del Espacio Económico Europeo desde 1993 y de Schengen desde 1996, pero ha rechazado formalmente su entrada en la UE.

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Ahora o nunca. Y fue nunca. Casi el 53% de los islandeses dijeron este sábado no a la adhesión de su país a la Unión Europea.

Era la segunda intentona en apenas 20 años, después de que la primera, fraguada en medio de la brutal crisis financiera que a punto estuvo de llevarse por delante su economía, decayese incluso antes de ser sometida a consulta popular. No habrá más a corto plazo, como se ha apresurado a aclarar su primera ministra. Quizá tampoco a largo: en el mejor de los casos, pasarán décadas.

Pese al silencio en Bruselas, el portazo duele y mucho. Los Veintisiete ven esfumarse la ocasión única de una incorporación indolora: Islandia, con poco más de 400.000 habitantes y un camino legislativo en gran medida ya recorrido —está en el Espacio Económico Europeo desde 1993 y en Schengen desde 1996— entraría, habría entrado, como contribuyente neto al presupuesto de la UE.

Su adhesión prometía, además, empujar al club comunitario a otro país nórdico —Noruega— y a las Islas Feroe —territorio danés fuera de la Unión— más que bienvenidos al club, pero que no terminan de dar el paso. Lejos de ser así, el referéndum islandés desinfla el movimiento europeísta en su vecindario.

La coyuntura no podía ser más propicia para dar un golpe encima de la mesa en un trance complicado, en el que los Veintisiete tratan de encontrar un hueco y una voz propia frente a unos Estados Unidos echados en brazos del aislacionismo más salvaje y una China henchida.

Pero el mensaje que se envía es justamente el contrario: a la Unión se le escapa un esperado espaldarazo para un proyecto en horas bajas desde el Brexit.

Tanto la Comisión Europea como las capitales habían dejado claro que recibirían con los brazos abiertos a la rica Islandia. Pero ni la una ni las otras quisieron entrar en campaña.

Primero, porque sabían el riesgo que corrían: los sondeos llevaban meses apuntando a un escenario de máxima igualdad. Segundo, porque el propio Gobierno islandés, timorato y empecinado en desligar su propio futuro del resultado de la consulta, les pidió que se mantuvieran completamente al margen para evitar cualquier acusación de injerencia.

Hicieron caso a pies juntillas: la neutralidad, qué decir, ha sido exquisita. Pero el resultado no es ni mucho menos el esperado.

Era, iba a ser, un modesto pero necesario chute de autoestima europeísta. Pero los Veintisiete não están para muchos lamentos: su futuro, el futuro de la Unión, no se juega en Reikiavik sino en Bruselas, donde desde hace tiempo se echa en falta una importante dosis extra de audacia y valentía; en Berlín, en Helsinki y en el resto de capitales que se resisten a emitir nuevamente eurobonos y, en general, a aumentar la integración; en Fráncfort, donde los halcones, siempre puntuales a la cita, empiezan a asomar algo más que la patita; y, sí, también en Washington y Teherán, porque si a alguien le urge que el estrecho de Ormuz reabra pronto es a una Europa dependiente del gas y el petróleo importados.

Con todo, la primera damnificada es la propia Islandia, donde en las semanas anteriores al referéndum se respiraba escasa expectación por la cita con las urnas y unas prioridades distintas a las que cabría anticipar.

Quienes defendían el sí lo hacían, sobre todo, pensando en el bolsillo, agarrándose a la promesa del euro como antipirético frente a un recalentamiento persistente de precios que le acaba de endosar la etiqueta del país más caro del mundo.

El argumento geopolítico era sorprendentemente secundario, si no terciario. Claro que preocupaban las andanadas de Donald Trump contra Groenlandia. También el desgarro que ha provocado en una OTAN de la que Islandia, pese a no tener ejército —toma paradoja—, es socia fundadora.

Pero la pesca, en fin, ha pesado más que la perspectiva de un paraguas económico y militar del bloque comunitario.

Inquietan, también, las implicaciones geográficas del portazo. La adhesión permitía, iba a permitir, a la Unión ensancharse unos cuantos miles de kilómetros al norte y al oeste, hacia el Ártico, un rincón del mundo que ha pasado de ser la periferia de la periferia a convertirse en oscuro objeto de deseo de todo aquel que se precie de ser potencia.

Open Questions

  • ¿Cómo afectará esta decisión a la economía interna de Islandia a largo plazo?
  • ¿Tomarán otros países nórdicos medidas similares en sus relaciones con la UE?

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This article was originally published by El País Internacional.

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