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Svalbard es un archipiélago noruego en el Ártico cuyo estatus especial está definido por el Tratado de Svalbard de 1920, que reconoce la soberanía noruega pero otorga derechos de acceso y explotación comercial a casi 50 países, prohibiendo cualquier uso militar o fortificaciones. Desde entonces, Rusia ha mantenido una presencia minera en Barentsburg durante más de 90 años.
En la era de los vuelos baratos, nadie se extraña al encontrar a un compatriota en la Muralla China o explorando una cueva de Nueva Zelanda, pero en el siglo XVII la cosa, supongo, era muy distinta. No es fácil imaginar las peripecias de los balleneros vascos en las aguas heladas de las islas Svalbard, a un palmo del Polo Norte. Antes del plástico y el queroseno, el aceite del cetáceo servía de combustible para la iluminación y sus barbas eran apreciadas en la elaboración de corsés. El cabo Biscayarhuken, en la parte septentrional del archipiélago, recuerda el paso de aquellos marineros.
Aún hoy las islas siguen siendo un lugar remoto y solitario, a pesar de que el turismo da sentido a su principal población, Longyearbyen, punto de inicio de aventuras polares para viajeros de todo el mundo. Durante una breve estancia, hace pocos días, imaginé allí las sensaciones de sus primeros pobladores: las de los balleneros de toda Europa que se instalaron en tierra tan hostil, las de los tramperos en busca de pieles o las de los mineros que, algún tiempo después, arrancaron el carbón de sus montañas. En las últimas décadas, rusos y noruegos han extraído la roca negra local.
Los rusos mantienen la actividad minera desde hace más de 90 años en la localidad de Barentsburg, donde conviven unos 300 individuos, con el busto de Lenin presidiendo la plaza principal. Hoy el carbón les sirve para autoabastecerse y defender el fuerte, un terreno adquirido por la empresa Arktikugol en tiempos de la URSS, en unas islas que han adquirido un enorme valor estratégico desde entonces.
¿Qué pinta esa pequeña Rusia en territorio noruego? Su existencia tiene que ver con el tratado que convierte a Svalbard en un lugar atípico. Se firmó en 1920, tras la Primera Guerra Mundial, y, a pesar de que la soberanía de las islas corresponde a Noruega, reconoce derechos de acceso y explotación a casi medio centenar de países con fines comerciales, aunque impide cualquier uso bélico o la construcción de fortificaciones y bases. El ministro de Exteriores ruso, Sergei Lavrov, celebró hace pocos días la presencia de Moscú en la zona, en un clima de creciente tirantez geopolítica, con reproches constantes a Noruega y a la OTAN, a las que acusa de militarizar la región.
Svalbard es un lugar relevante para la observación del mar y del espacio. Permite vigilar las rutas de navegación por el Ártico, el camino que la Flota del Norte de Rusia debe emprender si quiere llegar al Atlántico, y al mismo tiempo seguir con precisión la trayectoria de un misil. Su posición geográfica facilita un control óptimo de la actividad de satélites y allí se encuentra la estación Svalsat, la mayor base terrestre de satélites del mundo.
Los episodios de fricción se han multiplicado. Por supuesto, con Rusia -los daños a un cable submarino poco antes de la invasión de Ucrania se vincularon a Moscú-, pero también con China, cuya estación científica ha despertado recelos en Estados Unidos por un posible uso militar. Los servicios de seguridad noruegos han alertado del posible espionaje de Pekín y la universidad de Svalbard ha cerrado la puerta a los estudiantes chinos. Los políticos noruegos han llegado a barajar la idea de explorar el lecho marino, irritando a Moscú y a Islandia; han endurecido las condiciones para que los extranjeros puedan votar en las islas y extreman la supervisión de la compra de tierras. Cuando todo el mundo mira a Groenlandia, Svalbard se convierte en otro punto de confrontación.
Contemplando el fiordo, dejando Longyearbyen a la espalda, uno no tiene esa sensación. Simplemente trata de avistar el lomo de una ballena o la presencia de uno de los miles de osos polares que habitan las islas. El lugar parece ajeno a las cosas mundanas, pero quizá bajo las aguas esté navegando un submarino nuclear. Puede que el pesquero que cruza apacible la bahía esté en realidad recogiendo información de inteligencia. Ya nada parece inocente. No quedan refugios ni territorios neutrales. El Gran Juego también se abre paso en el fin del mundo.
AI outlook — possibilities, not facts
Noruega endurecerá aún más las condiciones para la inversión extranjera en Svalbard
Likely · Within months
Rusia aumentará su presencia militar o simbólica en Svalbard como respuesta a las acusaciones noruegas
Possible · Within months

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