Ataques diarios, ocupación de dos tercios de la franja y restricciones humanitarias marcan el día a día de los gazatíes
Un año después del alto el fuego en Gaza auspiciado por Donald Trump, los ataques israelíes y la ocupación del 65% de la franja continúan, mientras los civiles sufren escasez de ayuda y traumas persistentes.
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Un alto el fuego auspiciado por Donald Trump se firmó el 10 de octubre de 2025 para traer paz a Gaza, pero los combates y la ocupación continúan.
Hace un año, a Shurouq y a su hija de cuatro años les dijeron que la guerra había acabado. “A nosotras no nos lo parece”, les contaba esta trabajadora de Save the Children de 32 años a sus compañeros el lunes. Israel atacó hace unos días un vehículo que pasaba por el barrio donde viven. Su hija entró en pánico. Hoy todavía se asusta cuando oye el golpe de una puerta o una bocina, porque creció con el ruido de las ambulancias. “Si os soy sincera, yo también tengo miedo. Trato de disimularlo y finjo que todo es normal porque ella lo necesita”, relata la mujer, que perdió a su marido al inicio de la guerra.
El alto el fuego del 10 de octubre del 2025, auspiciado por Donald Trump como parte de su plan para traer la paz a Gaza, se ha estancado: Israel lleva a cabo ataques casi diarios y ocupa cerca de dos tercios de la devastada franja.
“En nuestro hospital, seguimos recibiendo personas con heridas de guerra. El mes pasado, realizamos varias amputaciones, muchas de ellas, a niños”, atestigua a La Vanguardia el doctor Murad Asaliyya, responsable de actividades médicas en el hospital de campaña de Médicos Sin Fronteras (MSF) de Deir al Balah.
En el último año, al menos 1.400 palestinos han muerto, entre ellos, 300 niños, además de 5.000 heridos, según el ministerio de Sanidad de la franja. Israel afirma que sus ataques tienen como objetivo a Hamas, a quien acusa de perpetrar ataques y de rearmarse. Cinco soldados israelíes han muerto, según el ejército israelí.
Trump anunció en julio que Hamas aceptaba entregar sus armas a condición de que Israel se retirara de Gaza. Un plan que Tel Aviv ha rechazado a la vez que ha afirmado que seguirá avanzando.
En los primeros meses de este año, Israel ha expandido su control más allá de la llamada “línea amarilla”, que limitaba su presencia a un 53% de la franja tras su retirada durante la primera fase del alto el fuego. Sin embargo, las fuerzas israelíes ocupan actualmente cerca del 65% de Gaza. El primer ministro israelí, Beniamín Netanyahu, aspira al 70%.
“La línea amarilla se ha convertido en un mecanismo de cerco y limpieza étnica”, afirma Amande Bazerolle, responsable de la respuesta de emergencias de MSF para Gaza. “La amenaza para quienes viven cerca de una línea que no está señalada de forma clara es cada vez más inmediata”, afirma la organización, que ha tratado a heridos de bala alcanzados en sus proximidades. Además, las milicias palestinas rivales de Hamas, que Israel apoya, según admite Netanyahu, atacan desde detrás de la línea. Cinco de ellas estuvieron activas en el último año.
Mientras tanto, más de dos millones de personas viven confinadas en un tercio de la franja. La gran mayoría, ha perdido su hogar, por estar dañado o destruido (como el 82% de las viviendas de la franja, según datos de la Autoridad Palestina) o bien se encuentra detrás de la línea amarilla. Ambos casos afectan al doctor Asaliyya, que ha tenido que desplazarse 13 veces con su mujer y dos hijas desde el inicio de la guerra.
Con todo, Shurouq reconoce a este diario que los bombardeos han disminuido. “Ha entrado más ayuda humanitaria y ha mejorado ligeramente la sanidad y el acceso al agua y a la comida”, afirma, pero lamenta el veto israelí a los productos que considera de doble uso (civil y militar), como material médico esencial o destinado a la reconstrucción. “Gaza ha pasado de sobrevivir a un bombardeo constante a sobrevivir entre montañas de ruinas”, constata. Asaliyya, de 42 años, coincide: “Lo que es más doloroso para mí, como doctor, es haber perdido pacientes que podríamos haber salvado de contar con el equipamiento médico necesario”. Shorouq añade: “¿Cómo le explicas a un niño que no tiene la prótesis que espera si se supone que la guerra ha terminado?”.
Al menos “ya no hay hambruna”, remarca a La Vanguardia Raquel Martí, directora del comité español de la UNRWA, la agencia de refugiados palestinos de la ONU, que tiene a cerca de 11.000 trabajadores locales en Gaza. “Pero sigue habiendo desnutrición y, en muchos casos, desnutrición aguda, sobre todo entre la población infantil y las mujeres embarazadas o lactantes”, prosigue. De los 600 camiones diarios acordados en el plan, “solo han entrado 75 de media al día desde inicios de año”, informa Martí.
Según el COGAT, el organismo militar israelí que controla el acceso a Gaza, Israel cumple con la cifra de los 600 camiones, aunque incluye la ayuda humanitaria y las mercancías comerciales. Según la OCHA, la agencia humanitaria de la ONU, gran parte de estos últimos camiones llevan productos non esenciales, como crema de cacao, café soluble y chocolatinas. “Son bienes cuya población, que depende el 100% de la ayuda humanitaria, no puede comprar”, aclara Martí.
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