Marjane Satrapi, creadora de Persépolis, muere a los 54 años
Era tal cual. Como un personaje de sus cómics. Directa, sin filtros. Cuando la entrevistabas, mejor pensar bien las preguntas. No estaba para tonterías.
—No.
La última vez, en noviembre de 2023, abrió la puerta de su apartamento en el este de París y, cuando vio que yo iba acompañado del fotógrafo Bruno Arbesú, respondió con esta negativa tajante. No quería que la fotografiásemos. Ni hablar, de ningún modo. Y no había manera de convencerla para que cambiase de opinión.
—No es para hacerme la interesante, pero cada vez que alguien me hace una foto me siento un poco como los africanos del siglo XIX, tengo la impresión de que me roban el alma. Ni a mis amigos les dejo hacer fotos de mí, y lo saben. Y si lo hacen les quito el teléfono y la borro.
Así era Marjane Satrapi, que ha muerto “de tristeza” poco más de un año después de la muerte de Mattias Ripa, su marido. Así era ella: directa, cortante, transparente, desbordante, genial. Y así era, idéntica a sí misma, a la Marjane Satrapi de Persépolis, la Mafalda persa, uno de esos milagros literarios que explican todo un mundo, el de la niña que creció durante la revolución y los primeros años de la represión y el odio de los ayatolás. “Yo pensaba en Tolstói”, explicaba, “que decía: ‘Si quieres hablar al mundo, habla de tu aldea”.
Sí, fue un milagro. Ella contaba que no había leído muchos cómics antes de llegar a Francia para estudiar en la Escuela de Artes Decorativas de Estrasburgo, que desconocía los códigos del género, que fue el dibujante de origen español Émile Bravo quien le ayudó, que nunca pensó que iba a vender más de cincuenta fotocopias de aquella historieta autobiográfica. Fue un éxito mundial que transformó el género y su vida.
“Cuando era estudiante tenía clara una cosa: iba a ser pobre. Viviría en una buhardilla, comería siempre pasta y nunca iría de viaje, pero trabajaría en lo que me gustara”, contó en el estudio donde pintaba, también en París, unos años antes de aquella entrevista sin fotos. “Tengo la impresión de haber ganado el Oscar de la vida. ¿Cuánta gente puede decir que vive de lo que adora hacer?” Aquel primer encuentro sucedió a principios de 2020, unos días antes de se declarase la pandemia, y Marjane Satrapi, que acababa de estrenar una película sobre Marie Curie y preparaba una exposición de sus lienzos, explicó que estaba decidida a no volvería a los tebeos: “Soy como un coche sin marcha atrás, siempre tengo que avanzar. En mi vida nunca he mirado atrás. Ya no tengo ganas de hacer cómics, y si no te apetece hacer algo, mejor no hacerlo”. Una filosofía de vida.
Aquel día le pregunté si pensaba en regresar a Irán, después de tantos años, y respondió: “No es buena idea. Me lo han desaconsejado. No me arriesgo. No soportaría estar en prisión. Si me encerrasen, moriría a las dos semanas”. Y añadió, primero en francés y después en castellano. “La liberté… La libertad”.
Marjane Satrapi ya se consideraba tan francesa como iraní, aunque en su acento al hablar francés había todavía un deje exótico. Pero Irán fue el asunto de su vida, hasta el final.
En la entrevista que mantuvimos en 2023 en su apartamento —la entrevista sin fotos—, habló de Mahsa Amini, la mujer de 22 años detenida un año por la policía de la moral por no llevar bien el velo, habló de las protestas y de la represión sanguinaria, habló de una parte del feminismo y del progresismo occidental que nunca dejaba de irritarla. No se mordía la lengua.
—El velo es un símbolo de sumisión de la mujer. Significa decir: ‘Soy un objeto sexual, debo cubrirme porque, si no, el hombre tendrá una erección’. Y empieza a los seis años, porque a esa edad ya puede excitar a un hombre. Ya ve la perversidad de la cosa… No nos apoya ni la izquierda ni las feministas en Occidente, porque se les ha metido en la cabeza que islamismo y musulmanes son lo mismo: si atacas el islamismo atacas a los musulmanes.
Hace unos meses, mientras el régimen de su país asesinaba a miles de manifestantes, lanzó junto a otros intelectuales un llamamiento en las páginas de Le Monde: “Apoyar al pueblo iraní ya no es solo expresar una solidaridad, es actuar para detener una masacre, es defender la universalidad de los derechos humanos”. De nuevo, la liberté, la libertad.
Después de aquellas entrevistas en París le escribimos alguna que otra vez. Le pedía artículos u opiniones. “Actualmente tengo problemas y no quiero hacer entrevistas. Amistosamente, Marjane”, respondió un día.
Me he acordado de estas conversaciones y estos mensajes al conocer este jueves la noticia de su muerte. Me he acordado del día que le volví a preguntar, como al inicio de la pandemia, si pensaba que volvería a Irán, si había cambiado su decisión de no regresar. Contó que había hecho un testamento para que llevasen ahí sus cenizas, pero que ahora, después de las protestas tras la muerte de Mahsa Amini, sentía algo de esperanza y quizá vería de nuevo su país. “Ahora sé que volveré”, dijo.





