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La Biblioteca Presidencial de Obama: un legado de esperanza frente a Trump
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El País Internacional·8h ago·🇪🇸Spain·Politics

La Biblioteca Presidencial de Obama: un legado de esperanza frente a Trump

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Un cubo de basura. En una de sus noches de insomnio, el actual presidente de Estados Unidos, Donald Trump, publicaba en sus redes sociales una imagen con su propia versión ―cargada, como casi siempre, de mala intención― de la biblioteca presidencial de Barack Obama.

A lo largo de sus dos mandatos, el republicano, en sus antípodas en el fondo y en la forma, se ha mofado cada vez que ha podido de su predecesor demócrata y ha tratado de destruir cuanto su némesis puso en marcha: del acuerdo nuclear con Irán de 2015, cuya cancelación ha acabado dando pie a la guerra actual, al deshielo de la relación con Cuba en 2016.

Ahora es el momento de defender su legado: en los próximos días, el primer mandatario negro de la historia de Estados Unidos inaugurará en Chicago, la ciudad que más le marcó y donde dio los primeros pasos en política, su biblioteca presidencial. Con una inversión de 850 millones de dólares (730 millones de euros) y 7,8 hectáreas de superficie, el centro busca promover la democracia, la esperanza y el sentido de comunidad. Quiere, en fin, recordar que hubo un tiempo no tan pasado en el que la diversidad y la participación fueron los valores de la Casa Blanca. Y que, dado que la historia tiene forma de péndulo, pueden volver en el futuro.

Las bibliotecas presidenciales son una parte esencial de la cultura política estadounidense desde los tiempos de Franklin D. Roosevelt, el primero en contar con una. Un lugar donde guardar los documentos de su mandato o mandatos —propiedad de los Archivos Nacionales (NARA, por sus siglas en inglés)—, un espacio más o menos pomposo donde los eruditos puedan estudiar los documentos y los intríngulis de una presidencia concreta, en construcciones en las que el mandatario de turno busca reflejar su personalidad: el rancho de Simi Valley, en California, que alberga los papeles de Ronald Reagan, o la de John F. Kennedy en Boston (Massachusetts) están entre las más conocidas.

La construcción de la de Obama, un conjunto de cinco edificios y jardines que incluyen una biblioteca municipal, un centro deportivo, un parque infantil y una huerta urbana, ha estado rodeada de polémica. Es una de las mayores, la que más dinero ha costado y la que más se ha retrasado en tiempos recientes: ha transcurrido casi una década desde que el demócrata se marchó de la Casa Blanca y la fiesta de inauguración del próximo 18 de junio.

También es la más rompedora. Ni siquiera es una biblioteca presidencial al uso: de ahí que su nombre oficial sea Centro Presidencial Obama. Por el camino, la fundación creada para gestionarla decidió que el archivo documental en sí fuera digital, dejando los documentos originales en los almacenes de NARA. Eso permite, según alegan sus representantes, que los estudiosos puedan acceder a los archivos desde cualquier lugar del mundo y, a la vez, que la fundación no tenga que depender de posibles veleidades del Gobierno federal.

El lugar elegido, el histórico parque Jackson —creado en el siglo XIX y obra del mismo arquitecto que diseñó el icónico Central Park neoyorquino— en una zona históricamente empobrecida y de población negra en el sur de Chicago, suscitó numerosas protestas y demandas judiciales por el paso de un terreno público a manos privadas.

Trump no es el único que se ha mofado del diseño del edificio principal, el museo, una maciza torre gris de 225 pies (70 metros) que quiere representar cuatro brazos en alto en torno a una luz y que ha sido apodado “Obamalisco”, “Obamausoleo” e incluso “Estrella de la Muerte”, en referencia a la trilogía de La Guerra de las Galaxias o, entre los aficionados a la saga de El Señor de los Anillos, “Torre de Sauron”.

El primer presidente negro estadounidense “no quería que el Centro fuera una cápsula del tiempo de su etapa en la Casa Blanca. Quería que sea un sitio vivo, que respire, que dé la bienvenida a la gente y que inspire y motive a quienes lo visiten a cambiar cosas”, explica a EL PAÍS Valerie Jarrett, exasesora del demócrata y hoy presidenta de la Fundación Obama, durante una visita de presentación del centro. “Va a ser un motor económico para la ciudad y la región, y un rayo de esperanza para el mundo en unos momentos en los que a todos nos viene bien una dosis de esperanza”.

La dosis que quiere proveer el Centro Presidencial Obama se encuentra en el museo, la torre coronada con una reproducción en cemento y mayúsculas de fragmentos del discurso del demócrata con ocasión del 50º aniversario de la marcha a Selma en defensa de los derechos civiles, su favorito de cuantos escribió durante su mandato. Allí se muestran, en cuatro pisos, más de 30 obras de arte encargadas específicamente para el centro. Y se evoca lo que, casi dos décadas después de su histórico triunfo electoral, parece un espejismo: la sensación de optimismo; de que se abría un mundo de posibilidades; de una apuesta imposible de perder en favor de la igualdad, la inclusión y de esa promesa contenida en la Constitución estadounidense, y tantas veces violada: que “todos los hombres son creados iguales”.

La exposición permanente comienza con un repaso a la historia de la lucha por los derechos civiles y en favor de una “unión más perfecta”, antes de recordar la campaña en la que el demócrata pasó de ser una curiosidad a ganar la Casa Blanca. Y prosigue con el relato, en la versión del expresidente, de los años al frente del país, desde su llegada al poder en 2009 en plena crisis financiera a la muerte ―a manos de soldados estadounidenses― de Osama Bin Laden y la retirada de Irak, pasando por los intentos de cerrar Guantánamo. En este último punto, el texto de la exposición culpa del fracaso al Congreso.

Están, también, el célebre póster de la Esperanza, la biblia de Lincoln sobre la que Obama juró el cargo o el Nobel de la Paz que tanto le envidia su sucesor. También el anillo de boda de Jim Obergefell, cuya demanda dio pie a la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo.

Otra sección pasa revista a la vida en aquella Casa Blanca: incluidos varios vestidos de la primera dama, Michelle Obama. Una reproducción a tamaño real del Despacho Oval de entonces casi sobresalta por el contraste entre su sobriedad y el exceso de recamados en oro de la era Trump.

Muchos de los textos, y la propia selección de objetos en la exposición permanente, parecen un mensaje directo contra las acciones de la presidencia actual. Desde la vitrina que celebra la diversidad en las Fuerzas Armadas como “reflejo de nuestra nación” ―el Pentágono, que dirige Pete Hegseth, ha cesado a numerosos mandos de minorías y abolido las políticas de promoción de la igualdad― al recuerdo del “convencimiento profundo de Obama de que, para florecer, la democracia debe estar al servicio de todos”. No solo de los leales.

Trump no aparece mencionado en ningún momento y, según aseguran los responsables del centro, en ningún momento se decidió el contenido con él en mente. “Teníamos una idea muy clara de la historia que queremos contar, que es que la democracia siempre es algo por construir… siempre está esa tensión de la democracia, pero todos tenemos la oportunidad de fortalecerla. Y eso es algo que ocurre con independencia de lo que ocurra a nuestro alrededor”, explica la directora del museo, Louise Bernard, en conversación con EL PAÍS.

El mandato de Obama no fue perfecto. Como candidato, el político nacido en Honolulu (Hawái) de madre de Kansas y padre keniano quiso ser un espejo donde cada uno proyectase sus esperanzas. Muchas, en cambio, se vieron frustradas. Las promesas de cambio trajeron una presidencia muy institucional. Y su mensaje pacifista no impidió intervenciones en el exterior como en Libia.

Para cuando Obama quiso emprender la reforma migratoria que había prometido en campaña, ya era demasiado tarde. Sus dilaciones no solo le valieron contundentes derrotas en dos elecciones de medio mandato; contribuyeron al sentimiento de exclusión entre parte de la población que acabaría alimentando el fenómeno Trump. Incluso hoy, no es raro encontrar jóvenes demócratas que consideren al antiguo incitador al cambio como una reliquia, un representante del sistema y la vieja guardia que impiden al partido renovarse.

En gran medida, el nuevo centro está pensado para ellos. Para formar a los futuros Obama, a los agentes de cambio inspiradores, defensores de la participación, la igualdad y la inclusión. De esta generación, y de muchas otras por venir: sus arquitectos Tod Williams y Billie Tsien lo describen como “un edificio para 500 años”. “El tiempo dirá si es un buen edificio o no. Estamos convencidos de que tiene los valores correctos. Es el edificio adecuado para el momento adecuado”, argumentan.

Mientras tanto, Trump, que ya ha comentado que no cederá sus documentos a los Archivos Nacionales, ya empieza a planear el suyo. Será en Miami y, según lo ha descrito y las imágenes que ha publicado en redes su hijo Eric, también tendrá forma de torre. Pero sin jardines alrededor. Y mucho más alta, todo un rascacielos. Contendrá objetos ligados a su presidencia, como las escaleras mecánicas doradas en las que anunció su candidatura. Pero tendrá poco de filantropía: la mayor parte la ocupará un hotel.

This article was originally published by El País Internacional.

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