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El Campeonato Mundial de Ciclismo se celebró en Montreal, Canadá, en un circuito de 13 kilómetros alrededor del Mont Royal. La carrera contó con una fuga inicial de 16 ciclistas de 15 países diferentes, destacando por su carácter multicultural. Los favoritos como Mathieu van der Poel, Remco Evenepoel y Juan Ayuso llegaron tras una temporada exigente, incluyendo el Tour de Francia.
Mathieu van der Poel ha perdido dos kilos, sus hombros se han estrechado y se ha afilado su mandíbula cuadrada, su barbilla de tiburón de las finanzas, que en las cuestas de Montreal se convierte en el tiburón del ciclismo, depredador derrotado y mortal. Con él, con el Dios hermoso y devorador de las grandes clásicas, cayeron los más grandes del pelotón, los que pueblan los sueños de todos los aficionados, los grandes y ambiciosos que pelearon hace un par de meses solo el Tour más bello de los últimos años. Cayeron Remco, Seixas, Del Toro. Fueron víctima de su propia desmesura y del oportunismo de un corredor norteamericano, un veterano de 28 años llamado Brandon McNulty que llegó a Europa desde Phoenix, en el desierto de Arizona del que surgió la pesadilla de Psicosis, para conquistar hace siete años el volcán Etna en el Giro de Sicilia. Después trabajó para Pogacar en el UAE, ganó con un movimiento similar el GP Indurain en Estella y levantó los brazos ganador una primera vez en la misma meta de la avenida del Parque de Montreal, una recta amplia y empinada, 600 metros de paseo triunfal. Fue el año pasado, al final del GP de Montreal, una victoria que le cedió su jefe esloveno, generoso siempre con los que le ayudan.
Ganó el Mundial solo, como los grandes campeones, después de la acción más inteligente y medida de un Mundial desbocado. Un ataque a 33 kilómetros de la meta, 240 kilómetros después de empezar, casi seis horas, dos vueltas y media al circuito, aprovechando un parón de los más grandes, que necesitaban recuperar aliento después de decenas de batallas, golpes y peleas. Vestirá un año de arcoíris, los colores favoritos de su Pogacar, pero ya nadie podrá decir que su triunfo, celebrado con el puño en alto, con la discreción y sobriedad de los grandes, fue un regalo.
En el sprint por la segunda plaza, otro gran oportunista, el veteranísimo y sabio australiano Michael Matthews, íntimo de Pogacar, con quien se entrena en Mónaco, superó a Van der Poel, el ciclista cuya grandeza y ambición hizo explotar la carrera, y en la explosión murió también él.
El comienzo de la gran batalla es una fiesta dominical junto al monte Saint Hilaire, un perfil de boa o sombrero del Principito, una suerte en miniatura y brumosa del monte Sainte Victoire y el sol duro de Cézanne impresionista, un bosque que empieza a enrojecer y una fuga de 16 de 15 países diferentes, un anuncio de Benetton, tantos colores del mundo unidos, el rosa del maillot de Bermudas, los de Mauricio, Chipre, Eritrea y hasta Panamá, un himno a la multiculturalidad canadiense, Quebec tierra de acogida de los desheredados de la tierra, de los perseguidos por las guerras de los imperios, y tantas banderas diferentes en las multitudes que llenan las cunetas hacia el Mont Royal, monte sagrado del ciclismo.
Las puede contar y distinguir Alejandro Valverde, el seleccionador español sentado en el asiento de copiloto del coche que conduce su hermano mientras filosofa sobre la carrera. Los mexicanos de Del Toro lucen en cabeza y Valverde advierte, “hay que ir delante para que no se nos escape el carro”. Se le oye por la tele. No le oyen sus corredores en el pelotón, que se quedan atrás, comiendo látigos.
No está Pogacar, herido en la Vuelta que no pudo ganar el sol alrededor del que los tres últimos años giraban todos en todas las carreras. No vale esperar. Hay que imaginar, construir la carrera. Todos tienen que pensar. Actuar. Terreno de inspiración y osadía. Hablamos de Van der Poel. De Del Toro. De Seixas. De Evenepoel. La democracia del pelotón en el Mundial más abierto. De la dureza y el sacrificio de Ayuso, desbordado.
La fuga global alcanza un máximo de ocho minutos que se quedan en nada cuando Thomas Voeckler, el seleccionador francés, llama a su almirante Armirail al coche –no hay pinganillos: el Mundial es ciclismo antiguo, sin marcas comerciales, al menos oficialmente, comunicación a voces, juegos tácticos primarios para romper el equilibrio frágil, y solo la velocidad y la tecnología de las bicis atómicas hacen recordar que corren en 2026, aun con ropas vintage—y le ordena ponerse al mando del pelotón en cuanto se comienza la primera de las 12 vueltas al circuito de 13 kilómetros que hizo campeón a Eddy Merckx en 1974 y a los mejores jóvenes españoles —Alejandra Neira, Benjamín Noval— la semana que acaba. No se trata tanto de alcanzar a la fuga vistosa sino de cansar a Van der Poel, el menos escalador de los favoritos, haciéndole subir sin respiro las tres cuestas del circuito, sin descanso. Camillien Houde, la politécnica, Pagnuelo. Un carrusel que hace sonreír a Seixas, el escalador francés, y aplaudir a Evenepoel, el impulsivo joven belga que calcula que su principal rival, su compatriota Van Aert, también sufrirá el imponente ritmo de Armirail —poco más de 18 minutos la vuelta, a 42 por hora—, su compañero en el Visma.
Falsas esperanzas.
Cuando se cansa Armirail (cuatro vuelta, 54 kilómetros, tirando del carro sin mirar atrás)le sustituye Jegat en la ofensiva y muere Mas. Faltan ocho vueltas, 100 kilómetros y el mallorquín, el hombre de fondo del equipo español, se descuelga y con gesto de agotamiento y desilusión el ganador de la Vuelta, radiante de rojo hace tres semanas, se quita los guantes. Todo el peso y el poder para Juan Ayuso.
Solo entonces, entró en escena Van der Poel, animado por su clase, su amor por el gran espectáculo, su deseo de repetir una tarde de sol al otro lado del Atlántico, sus heroicidades del Mundial lluvioso de Glasgow hace tres años. Se mueve un poco y es un despertador que saca del ensueño a los perezosos, y desmiente el empeño de la Francia de Voeckler.
¿No querías dureza y velocidad? Toma. Es el mensaje de Van der Poel, que se mueve feliz con su amigo irlandés Ben Healy exhibiendo frescura y vatios, boca devoradora. Quedan todavía 90 kilómetros. Una empresa a la medida del nieto de Poulidor, que, en cierta forma, quiere vengar a su abuelo, derrotado por Merckx.
Y su aliento inspira a Van Aert, su hermano a la fuerza, su sombra siempre. Se van con Onley, escocés. Y Roglic. Simmons. Charmig. Se olvidan las consignas, el juego de equipos también. Del Toro y Seixas se vigilan y se golpean. Corren a tirones, guiados por la inspiración y el miedo. Nadie esperaba que la victoria comenzara a jugarse a casi 100 kilómetros y en un terreno típico de día de fuga en el Tour. Duro pero no tremendo. Sin los muros de Flandes o los montes de Lieja. Sin las montañas de los Alpes en las que salivan Seixas y los mejores escaladores.
Imposibles las alianzas. El orgullo y la determinación se imponen. El sacrificio aparente de Van Aert por Evenepoel, cuyo estado de ánimo baila entre el borde de la desesperación, la rabia, la euforia repentina que se gasta en una humareda. Se matan unos a otros. Del Toro a Remco, un recuerdo del Tour; a Seixas le destrozan los calambres de la sexta hora. Es la carrera de los más bulliciosos. Del atómico Pidcock, del diablillo Healy.
La última vuelta, todos detrás de McNulty, es la de las despedidas melancólicas. Un último ataque, como un solo de trompeta al final de un concierto de jazz, de Van der Poel. Un lamento triste y solo de Seixas. Y la exaltación del buen ciclista. De Brandon McNulty, su rostro antiguo, picado, su bigote. Y toca la gloria.
AI outlook — possibilities, not facts
Brandon McNulty será líder designado del UAE Team Emirates en las próximas clásicas de pavés
Likely · Within months
Mathieu van der Poel ajustará su preparación para enfocarse más en pruebas de un día tras este resultado
Possible · Within months

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