
Tras las eliminaciones de Alcaraz y otros referentes históricos, Davidovich y Jódar alcanzan la final del Masters 1000 chino tras vencer a Zverev y Medvedev.
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El tenis español ha buscado históricamente un título en el Masters 1000 de Shanghái, con intentos previos de figuras como Rafael Nadal, David Ferrer y Roberto Bautista.
Cayó Carlos Alcaraz el pasado lunes, en la segunda ronda, pero el tenis español se reservaba un doble comodín en Shanghái. No ha podido lograrlo el murciano, frustrado en un escenario que, por una razón u otra, todavía se le resiste; tampoco lo consiguió en su día Rafael Nadal, doble finalista (2009 y 2017); se les negó también a David Ferrer (2007) y Roberto Bautista (2016), frenados igualmente en el último episodio. Y ahora, después de muchas vueltas y todos esos sinsabores, el maleficio acabará este domingo (10.30, Movistar+) en el que uno u otro, Alejandro Davidovich o Rafa Jódar, se coronarán. Lo decía recientemente John McEnroe durante una visita a Madrid: “Estados Unidos debería estudiar lo que pasa en España”. Y tal vez tenga razón.
Pese a la caída temprana de Alcaraz, el gran referente, el tenis nacional exhibe otra vez músculo en un terreno muy complejo, pero no tanto por el formato —dura, al aire libre— como por las circunstancias. A estas alturas del curso, los tenistas van con la lengua fuera y la competición se decide tanto o más en la cabeza que en las raquetas. Davidovich, por ejemplo, llega más fresco a este último tramo y su cambio de enfoque funcionó contra Alexander Zverev, que lleva una paliza de aúpa en el cuerpo y al final sucumbió: 5-7, 6-4 y 6-3, en 2h 02m. Jódar, por su parte, combate la fatiga con una mentalidad excepcional y después de firmar cuatro remontadas, prevaleció (6-3 y 6-4, en 1h 44m) sobre Daniil Medvedev, quien no podía y además colaboró lo suyo.
A primer hora, Davidovich vence y hace un guiño al ajedrez: “Defensa siciliana”. Efectivamente, el malagueño ha culminado un magnífico contragolpe frente al futuro número uno, Zverev, y redondea así el que probablemente haya sido el torneo más brillante de su carrera. No ya por el hecho de que haya alcanzado la final —segunda en un Masters 1000, tras la de Montecarlo en 2022— o porque haya batido al alemán, el jugador más exitoso del año, sino por todo lo que ha ido ofreciendo durante la última semana. Una argumentación de peso. A este nivel, el malagueño (27 años) se acerca a lo que se intuía cuando era más joven y se adivinaba en él un potencial distinto y superior, torpedeado por una mentalidad que describía demasiadas curvas. Hoy por hoy no es así.
Esta versión serena, reposada y madura del andaluz es otra historia. La final de este domingo (10.30, Movistar+), contra Rafa Jódar (6-3 y 6-4 a Daniil Medvedev), es sencillamente la consecuencia directa de un golpe de timón. Atrás quedaron (al menos hasta aquí) las quejas y la oscilación de los viejos tiempos, y aquí llega un competidor nuevo que replica a partir del control, de medir los tiempos, de ser constante y de acertar en la lectura de los partidos. Saber sufrir, comprender el juego, no derrumbarse. Nada de sabotajes. Un clic. Después de no pocos devaneos, una versión integral y compacta, capaz de sobreponerse a las adversidades —levantó una bola de partido contra Frances Tiafoe, en la segunda ronda— y, sobre todo, a sí mismo.
Se explica tras derrotar al alemán, que dominaba con claridad en los precedentes. Ahora 6-2. “Creo que se puede ver. Al final, no es fácil estar fuera [viajando], porque tienes mucho tiempo para pensar. Cuando estás en el circuito no te das cuenta, pero somos unos privilegiados por estar aquí y poder practicar este deporte. Creo que antes no lo estaba disfrutando, estaba muy frustrado, y este tiempo [los periodos de baja, especialmente los dos meses de ausencia durante el verano] me ha servido para reflexionar mucho y ver qué quiero hacer con mi futuro”, concedía el malagueño, sobresaliente en un duelo en el que lució lo mejor de su repertorio.
No se guardó nada: tiros, saque —un 82% de primeros dentro, un 85% de ellos para él— y defensa. Cuando correspondía, se agrandó. Con un impresionante revés paralelo decantó el segundo set y, a partir de ahí, comenzó a menguar el formidable rendimiento de Zverev con el servicio. El alemán, que arrastraba una dolencia en el tobillo derecho y había resuelto las rondas previas con oficio, perdió lucidez en la bola inicial y Davidovich fue con todo. Sus 18 puntos directos no le sirvieron de nada. Con la bola en juego, el español impuso su criterio. Y las energías también resultaron trascendentales. “No soy un robot”, decía uno, con 75 partidos ya en las piernas. Y añadía: “Pero hay que darle mérito a Alejandro. Ha jugado como había que jugar”.
El vencedor abraza el cambio. “Sabía que, si seguía metido en el partido, tendría al menos una oportunidad. Así que la aproveché [con ese pasante de revés en carrera] y, en el tercero, creo que estaba mejor físicamente. El break de entrada me dio mucha fuerza. Simplemente me centré en seguir jugando, sin importar el resultado, y en disfrutar”, reconstruyó. “Ganar a un Zverev que estaba sacando y jugando a un nivel increíble... Al final, va a ser el número uno [lo hubiera sido si hubiera ganado, pero deberá esperar], así que creo que es la mejor victoria de mi carrera. Obviamente, la final es muy bonita, pero ganar hoy a un jugador de tanto nivel, que ahora mismo es el que mejor está jugando, me da mucha confianza”, resolvió.
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Final del torneo entre Alejandro Davidovich y Rafa Jódar este domingo.
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