
El fundador de Afterlife, una plataforma que promete resucitar digitalmente a las personas, reflexiona sobre los límites éticos, el duelo y el futuro de la identidad tras la muerte.
AI-generated summary
Afterlife es una plataforma que permite a los usuarios capturar su voz y consejos antes de morir para crear una réplica digital. La empresa opera bajo el principio de consentimiento explícito y no recrea personas fallecidas sin autorización previa.
Hasta hace bien poco la humanidad se preguntaba si había vida después de la muerte. Ahora, por culpa de la inteligencia artificial, nos preguntamos qué hacer si los muertos nos siguen hablando. De fundar Natural Solar, una empresa australiana de energía solar que llegó a tener una facturación anual de decenas de millones de dólares, Chris Williams (Sidney, 1984), ha creado Afterlife, una plataforma que promete resucitarnos digitalmente. Una idea que nos obliga a hacernos preguntas más filosóficas que tecnológicas: qué significa morir, dónde termina la persona y empieza el algoritmo, estamos creando el mejor homenaje posible a quienes ya no están o la primera generación de muertos vivientes.
¿Hubo alguna experiencia personal que le inspirara para crear Afterlife?
No lo creo, aunque quizá, de forma subconsciente, sí hubo algunos detonantes. Te explico. En mi anterior etapa profesional trabajé muy estrechamente con mi padre. A finales de 2024 le diagnosticaron cáncer y murió de forma repentina y fue un golpe muy duro. El producto responde a una necesidad que ya existe de forma inherente en la sociedad. Tengo cuatro hijos. El mayor tiene 12 años y el pequeño cuatro. Y veo esto como una especie de seguro de vida. Una especie de legado espiritual sobre los valores que me gustaría transmitirles si mañana ya no estuviera aquí, si me ocurriera algo de repente. Como padre, esa es una cuestión muy poderosa.
Muchos psicólogos sostienen que el duelo requiere aceptar la ausencia de esa persona. Y que productos como este pueden hacer que esa aceptación sea más difícil.
Creo que en determinados casos es así. Y como empresa no nos escondemos de ello, lo aceptamos plenamente. Una de las cosas más importantes que incorporamos al producto desde el primer día son mecanismos de seguridad capaces de detectar situaciones preocupantes. Si se produce, el producto deriva al usuario a un servicio de atención sanitaria o a una línea de ayuda con el número correspondiente del país en el que se encuentre, y detiene la conversación. Estamos trabajando con una tecnología de frontera y la industria todavía está evolucionando y aprendiendo. La muerte, en la sociedad occidental, sigue siendo algo bastante tabú. Algunas regiones están adoptando esta tecnología con mucha más intensidad que otras. España, por ejemplo, es nuestro tercer mercado más importante. Y es muy sorprendente porque, tanto geográfica como demográficamente, no es tan grande. Pero desde fuera ves una cultura muy afectiva. Hay muchos abrazos, muchos besos, vínculos emocionales muy fuertes.
Vamos al producto. ¿Qué es Afterlife? ¿Es una copia, una interpretación, un avatar, una ilusión?
En esencia, permite al usuario capturar sus intenciones, sus deseos, sus consejos y su voz mientras está vivo. Y se hace con su consentimiento. La personalidad no continúa creciendo después de la muerte. Así conservamos su esencia sin que se produzcan derivas, que es uno de los grandes problemas de la inteligencia artificial.
¿Y qué le digo?
Imagina que eres una mujer cuyo marido ha fallecido y tenéis hijos pequeños. Podrías preguntarle: «¿A qué colegio deberíamos llevarlos? ¿Deberíamos optar por uno privado?». O tenéis inversiones y quieres saber qué hacer con ellas. En mi caso, por ejemplo, podría preguntarle: «¿Qué dirías en la boda de tu hija?» o «¿Qué le dirías a tu hijo cuando cumpla 21 años?».
¿En qué momento deja de representar a una persona real y pasa a convertirse en un personaje creado por una IA?
No se trata de reproducir una grabación en la que alguien diga: «Me gusta el fútbol español». Eso es un dato. La IA puede inferir otras cosas: «Mi jugador favorito es esta persona y creo que vamos a ganar». Son conclusiones que pueden surgir de la información básica que hemos recopilado. Tenemos que ser transparentes con nuestros usuarios. Es la réplica más fiel posible de esa persona, construida con el máximo rigor, pero sigue siendo IA. La IA nos obliga a replantearnos qué significa morir.
¿Hay alguna línea roja que nunca cruzaría, aunque fuera muy rentable hacerlo?
Actualmente no ofrecemos vídeo porque, si el vídeo no es muy preciso, puede resultar psicológicamente muy dañino. Quizá falten 18 o 24 meses para que esa tecnología alcance un nivel realmente perfecto. Otro es no es recrear a una persona fallecida. Recibimos muchas peticiones tipo: «Por desgracia, ha muerto mi hijo, mi padre o mi hermano. Me encantaría volver a hablar con él. Tengo grabaciones en el teléfono. ¿Puedo subirlas? ¿Puedo subir vídeos de una boda?». Como empresa, eso es algo que no hacemos. Es una línea ética muy importante. La única excepción imaginable sería que esa persona hubiera dejado expresamente establecido en su testamento algo como: «Mis datos pueden utilizarse para crear una personalidad como esta». Eso sería un caso de consentimiento. Pero esa situación prácticamente no existe. También hemos establecido otra línea. Actualmente el producto no interactúa con menores de 18 años, o con la edad considerada legalmente en cada país.
Este tipo de avatar, ¿podría llegar a generar adicción en algunas personas?
Toda la IA tiene esa capacidad. Pero probablemente no más que un teléfono móvil.
Una mujer que empezó a interactuar con un bot que recreaba a su padre. Y un día le preguntó algo parecido a "¿cómo es estar muerto?", a lo que la IA respondió algo así como: "No es un lugar. Es como un recuerdo". ¿Se ha encontrado con preguntas y respuestas sorprendentes durante el desarrollo?
Se dan situaciones extrañas que yo ni siquiera había previsto. Por ejemplo, alguien que introduce en el producto una fotografía de un ser querido y pide: «¿Puedes quitarle la ropa?».
¿Qué significa estar muerto en una época en la que una parte de ti puede seguir hablando?
Este es solo el primer paso hacia una tecnología y conceptos bastante futuristas. Vivir es una experiencia aprendida que está desencadenada, en buena medida, por sustancias químicas: dopamina, neurotransmisores... Cosas que hacen que tengamos hambre, que queramos reproducirnos o que queramos abrazar íntimamente a alguien. Lo que tenemos ahora es una réplica de la personalidad de alguien en formato IA. Pero existe la posibilidad de mapear las conexiones neuronales de una persona, de mapear su cerebro. Imagina que tenemos 2.000 recuerdos de Ricardo. Podemos triangular esos recuerdos y obtener una representación bastante buena de quién eres. Podríamos descubrir, por ejemplo, que a Ricardo le gusta hacer ejercicio por la mañana y después tomar un café, que le gusta salir a correr, que determinadas cosas activan sus mecanismos de recompensa. O que le gusta sentarse con su hijo en el regazo los domingos por la tarde para ver una película. Podemos empezar a mapearlos a través de los recuerdos y llegar a comprender, hasta cierto punto, cómo procesa información el cerebro de una persona. Ya no estaríamos hablando de recuerdos estáticos. Y sin sonar muy futurista, llegará un momento en el que podremos transferir la conciencia a un ordenador y entonces tendremos que preguntarnos qué significa realmente estar muerto. Puede que falten 100 años. Puede que sean 30. Pero llegará un momento en el que será posible. La velocidad a la que se está desarrollando ahora mismo la tecnología no tiene precedentes.
¿Qué es el alma?
Creo que existe un alma. Soy una persona religiosa. Pero el producto no es religioso y eso es muy, muy importante. Para mí el alma es una forma de energía muy poderosa. Y es muy difícil comprender o imaginar que, cuando alguien muere, esa energía simplemente desaparezca en ese instante.
¿Cree que un avatar digital podría desarrollar algún día una conciencia?
En algún momento, probablemente sí. La dificultad está en cómo definimos la conciencia, porque no estamos hablando de electrones disparándose ni de neurotransmisores. No es real, por decirlo de una manera sencilla. Pero teniendo en cuenta el ritmo al que está avanzando la tecnología, quizá no tardemos demasiado en llegar a un punto en el que tengamos que planteárnoslo seriamente.
¿Cómo será la muerte o Afterlife dentro de 20 años?
Ahora mismo tenemos unas 2.000 personas al mes registrándose. Es una cifra muy elevada, y sigue creciendo. El tráfico de la web ha aumentado entre un 300% y un 400% por semana. Y no hay ninguna campaña de marketing o publicidad de pago detrás del negocio. Lo que quiero decir es que la demanda ya existe y con mucha fuerza. He recibido muchísimo interés de inversores, fondos de capital riesgo y todo lo demás. No lo necesitamos, pero demuestra que existe un enorme apetito por este tipo de tecnología. ¿Por qué te cuento esto? Porque si avanzamos cinco años y, al mismo tiempo, miramos cinco años hacia atrás y observamos cómo ha evolucionado la adopción de la IA, la aceptación de un producto como este va a ser de muchos miles por ciento. Y si extrapolamos esa tendencia a 10 o 15 años, no hay ninguna razón para pensar que no puedas hablar, por ejemplo, con el holograma de un familiar fallecido sentado en la mesa de tu cocina en Navidad. No querrías tenerlo todos los días. No es algo que utilizarías todas las noches. Aunque quizá algunas familias sí. Pero no hay ninguna razón para pensar que la tecnología no pueda llegar.
Quizá, dentro de unas generaciones, nuestros bisnietos puedan conocer mucho mejor a sus bisabuelos gracias a sus avatares que a sus propios padres vivos.
Es una idea extraña, pero sí.
Y hay otra cara de la moneda. La tecnología ya existe y permite que tu avatar se pueda crear sin tu consentimiento porque nuestros datos están en manos de grandes tecnológicas.
Si tú creas una personalidad que validas legalmente como tuya y das tu consentimiento, estás evitando precisamente que alguien pueda crear una personalidad artificial de ti que tú no hayas autorizado. En cierto sentido, es casi un mecanismo de defensa para controlar tu propia imagen y tu identidad.
Imaginemos un escenario en el que pudiera impedir que una gran empresa utilizara esta tecnología. ¿Cuál elegiría y por qué?
Es una buena pregunta. Creo que existen riesgos alrededor de empresas como Meta o Facebook. Las señales están ahí y, en algún momento, puede existir un incentivo comercial para monetizar este producto de una manera que no sea éticamente correcta.
¿Tiene menos miedo a morir ahora que antes de crear la empresa?
Ser padre tiene mucho que ver con la responsabilidad y con la necesidad de guiar a tus hijos. Para mí esto es una especie de seguro de vida. Tener esa tranquilidad es algo importante. Cuando me siento y pienso en ello es cuando me doy cuenta de que estamos trabajando en algo que tiene potencial para tener un impacto real en la vida de las personas.
¿Cuál es la mayor mentira que nos contamos a nosotros mismos sobre la muerte?
En Occidente existe cierta ignorancia respecto a la muerte. Y quizá haya algo psicológicamente beneficioso en ello. Pero también existe una especie de negación: pensamos que no existe, o que está tan lejos que no es relevante para nosotros. Es una conversación difícil de mantener, pero creo que cuanto antes la tengas, mejor preparado estarás para que todo esté en su sitio cuando llegue el momento.
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