
Europa intenta construir una alternativa digital propia frente a los gigantes estadounidenses, lidiando con la falta de escala, la fragmentación y las enormes necesidades de inversión.
Europa busca consolidar una alternativa tecnológica propia frente a los hiperescaladores estadounidenses mediante proveedores cloud, operadores de telecomunicaciones, IA y fabricantes de chips, aunque enfrenta retos críticos de escala e inversión.
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Europa intenta consolidar una alternativa digital propia frente a los gigantes estadounidenses.
La expresión “hiperescalador europeo” puede inducir a error porque Europa no tiene hoy un equivalente directo de AWS, Microsoft Azure o Google Cloud. Lo que sí existe es un grupo de compañías que ocupa distintos escalones de esa cadena: proveedores de cloud como OVHcloud, Scaleway, IONOS o STACKIT; grandes operadores de telecomunicaciones como Telefónica, Deutsche Telekom, Orange o Vodafone; compañías de inteligencia artificial como Mistral AI; y fabricantes de tecnología crítica como ASML. Son piezas de una arquitectura que Europa intenta ahora convertir en una alternativa a los gigantes estadounidenses.
El problema es la escala. AWS, Microsoft y Google concentran alrededor del 70% del mercado europeo de cloud, mientras los proveedores europeos representan aproximadamente el 15%. SAP y Deutsche Telekom rondan el 2% en determinados segmentos de infraestructura y plataforma cloud, según un informe de Synergy Research Group. Ninguno se acerca a la dimensión de los grandes hiperescaladores estadounidenses.
OVHcloud es probablemente el nombre que aparece primero cuando se habla de una alternativa europea. La compañía francesa tiene presencia internacional y es uno de los proveedores continentales de mayor tamaño. Scaleway, del grupo Iliad, también aspira a ganar peso, mientras STACKIT, propiedad del grupo alemán Schwarz, e IONOS se han convertido en otros actores relevantes. No son copias europeas de AWS, pero mantienen en Europa capacidades de infraestructura, operación y control que pueden resultar estratégicas.
El problema es que competir en este mercado exige inversiones gigantescas. Los grandes hiperescaladores estadounidenses pueden dedicar decenas de miles de millones de dólares cada año a centros de datos, chips, inteligencia artificial y redes. Los proveedores europeos no tienen ni una base de clientes comparable ni esa capacidad financiera. Una estimación sólida sobre esta brecha es la de Moody’s Ratings, que estima que seis grandes compañías estadounidenses vinculadas al negocio de los hiperescaladores (Microsoft, Amazon, Alphabet, Meta, Oracle y CoreWeav) destinarán unos 700.000 millones de dólares a inversiones de capital en 2026.
Por eso Marc Murtra sitúa a las telecomunicaciones en el centro de la ecuación. El presidente de Telefónica defendió en el Mobile World Congress de Barcelona de marzo de 2026 que “los hiperescaladores manejan enormes cantidades de información, y si dependemos de software y tecnología de terceros, esa tecnología puede utilizarse potencialmente para otros fines”. A su juicio, Europa necesita capacidades propias de ciberseguridad, gestión de software hiperescalable e inteligencia artificial.
Su petición a Bruselas fue todavía más directa: “Permítannos ganar escala como parte de un contrato social más amplio y, a cambio, invertiremos en tecnología”. Murtra considera que una mayor consolidación del sector permitiría a los operadores europeos alcanzar una dimensión suficiente para invertir y competir. La comparación resulta reveladora: Estados Unidos tiene tres grandes operadores de telecomunicaciones, China tres e India tres, mientras Europa mantiene 38.
Las redes son, además, parte esencial de la nueva infraestructura digital. Sin ellas no hay centros de datos conectados, inteligencia artificial distribuida ni economía basada en datos. La soberanía tecnológica europea pasa también, por tanto, por conseguir que sus operadores tengan músculo financiero suficiente para mantener el ritmo de inversión.
La alternativa francesa
En ese ecosistema aparece Mistral AI, probablemente el principal símbolo europeo de la carrera por la inteligencia artificial. La compañía francesa representa la posibilidad de que Europa desarrolle modelos propios y no dependa exclusivamente de OpenAI, Google, Meta, Anthropic o las grandes compañías chinas. Pero también encarna la paradoja europea: para crecer necesita enormes cantidades de capacidad de computación, precisamente uno de los recursos que Europa todavía no controla suficientemente.
La otra pieza esencial son los chips. Aquí aparece NVIDIA, cuyo consejero delegado, Jensen Huang, ha convertido la llamada “soberanía de la IA” en una de sus grandes apuestas. En marzo de 2026 definió la inteligencia artificial como una infraestructura esencial, comparable a la electricidad o internet, y resumió su visión con una frase: “Todas las empresas utilizarán la inteligencia artificial. Todos los países la desarrollarán”
La paradoja es que buena parte de las iniciativas europeas de soberanía de IA necesitan precisamente los procesadores de NVIDIA. Europa puede construir centros de datos propios y desarrollar modelos europeos, pero una parte fundamental de la infraestructura de computación seguirá procediendo de una compañía estadounidense. NVIDIA puede ser, al mismo tiempo, proveedor imprescindible y símbolo de la dependencia que Europa intenta reducir.
ASML representa el caso contrario. La compañía neerlandesa no fabrica los chips, pero produce las máquinas de litografía ultravioleta extrema necesarias para fabricar los semiconductores más avanzados. Es una de las pocas compañías europeas que ocupa una posición verdaderamente estratégica en la cadena tecnológica mundial. Su caso demuestra que Europa puede ser líder en tecnologías críticas; el reto es conseguir que existan más empresas con esa relevancia y conectar esas capacidades con una industria continental suficientemente grande.
Las gigafactorías de inteligencia artificial que impulsa Bruselas pretenden precisamente crear ese puente. La Comisión ha abierto una convocatoria para hasta siete instalaciones, con hasta 10.000 millones de euros de financiación pública y una inversión privada prevista de al menos 20.000 millones. El objetivo es combinar procesadores avanzados, software, cloud, conectividad y centros de datos para proporcionar capacidad de entrenamiento y ejecución de modelos de IA a empresas, investigadores y administraciones europeas.
Si el proyecto funciona, Europa no tendrá simplemente más centros de datos. Tendrá una infraestructura sobre la que sus compañías de inteligencia artificial podrán crecer sin tener que alquilar toda su capacidad a proveedores extranjeros. Pero construir un hiperescalador requiere mucho más que levantar servidores: hacen falta clientes, capital, software, redes, talento y años de inversión. Lo que Bruselas está intentando construir es, precisamente, ese ecosistema.
Murtra lo planteaba desde Telefónica en términos de capacidad industrial. “Eso significa tener: la capacidad de generar inteligencia artificial; eventualmente, hiperescaladores; sistemas operativos o productos de ciberseguridad”, afirmó en el Mobile World Congress de 2026. Para él, Europa necesita disponer de “la capacidad industrial tecnológica y los productos suficientes para poder regir nuestras vidas personales, profesionales y administrativas sin una influencia excesiva de agentes no europeos”.
Por eso los protagonistas de la soberanía digital no serán únicamente los proveedores de cloud. Serán las compañías capaces de ocupar los distintos escalones de la cadena: operadores que proporcionen conectividad, centros de datos que aporten capacidad, proveedores cloud que la conviertan en servicios, empresas de IA que desarrollen los modelos, fabricantes de semiconductores y equipos y compañías de software capaces de controlar partes críticas del ecosistema.
Europa no tiene todavía un AWS europeo, ni un Google europeo ni un NVIDIA europeo. Tiene, sin embargo, piezas dispersas de una futura arquitectura tecnológica. El desafío es conseguir que esas piezas alcancen
AI outlook — possibilities, not facts
Implementación de las gigafactorías de inteligencia artificial financiadas por Bruselas
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