
Profesores y centros educativos buscan nuevas formas de evaluación para combatir el fraude académico facilitado por la IA
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El uso de modelos de lenguaje generativo ha facilitado el fraude académico, obligando a las instituciones a replantear sus métodos de evaluación.
Mucho ha llovido en la prestigiosa Universidad de Brown (Estados Unidos) desde que su catedrático Roberto Serrano denunciase en este diario en junio un fraude masivo con inteligencia artificial (IA) en uno de sus exámenes, sin que el decanato reaccionase. La noticia fue replicada por los principales medios ―hasta la revista Nature le pidió un artículo―, Serrano ha recibido “cientos” de cartas de apoyo y la persona que estaba al frente del Comité del Código Académico ha sido cesada. Pero lo que más conmueve al eminente economista español es que cree que sus alumnos han aprendido la lección.
Desde que se hizo pública la noticia, 53 de los estudiantes de Serrano, uno de los principales impulsores de la aplicación de la teoría de juegos, han confesado que copiaron con IA en el examen de un curso avanzado de economía matemática que, por motivos excepcionales, les permitió hacer desde casa. Tras anular la nota de esa prueba, Serrano decidió tener en cuenta solo la del examen final y pidió que, si les contactaba el comité que estudiaba el fraude, “fueran honestos”. Después, el también premio Rey Juan Carlos de Economía 2024 recibió la llamada de una alumna que, entre lágrimas, quiso disculparse por lo que consideraba una “traición”. “Yo le respondí: ‘Es una lección vital que has aprendido: a partir de ahora vas a defender la honestidad, la integridad, la decencia”, cuenta el profesor por teléfono desde Providence (Rhode Island).
La mediática queja de Serrano ilustra como pocas el colosal reto al que se enfrenta la Universidad: cómo lograr que sus alumnos aprendan lo básico y, si no lo hacen, que no aprueben gracias a la inteligencia artificial (IA). Los expertos no dudan de que la generalización de los modelos de lenguaje pone en peligro las habilidades para escribir y el pensamiento crítico, mientras crece el fraude académico y la dificultad para evaluar el aprendizaje real. ¿Pero cómo hacer que estos sean un complemento para aprender y no un atajo para superar una materia?
Por el momento, las universidades de Europa y Estados Unidos se inclinan por esquivar la IA con otro tipo de exámenes y ensayos, orales o prácticos, mientras que en Asia se integra en la evaluación. La defensa de estos valores y la ética mancillados en Brown se han convertido en el gran caballo de batalla de la Universidad. Princeton, por ejemplo, terminó en mayo con los exámenes sin supervisión por problemas de violación de la integridad académica, orgullo de la institución desde hace 133 años.
Las universidades estadounidenses han detectado también una sospechosa escalada del número de sobresalientes, como la identificada por Serrano. Y Harvard ha optado por cortar por lo sano: desde otoño de 2027, no más del 20% de los alumnos podrá obtener una A —la máxima calificación—, si bien pueden sumarse hasta cuatro opcionales. Senén Barro, director del Centro Singular de Investigación en Tecnologías Inteligentes (CITIUS) de la Universidad de Santiago (USC), matiza esta noticia: “Hay un abaratamiento de las notas altas y se está estudiando si responde a una relajación de las pruebas, a presión de los alumnos o porque, efectivamente, tienen más medios para resolverlas”.
En España, los datos oficiales no cuantifican un aumento de la nota media desde que emergió ChatGPT en 2022, pero quizás es pronto porque las últimas cifras son del curso 2023/2024 (7,43 frente al 7,45 del año anterior). Nunca ha habido un código de honor, como en Princeton, pero aumentan las medidas para detectar nanopinganillos, gafas o con los que copiar con IA. En la pasada Selectividad, varias comunidades compraron detectores de radiofrecuencia. Incluso la Politécnica de Valencia, como cuenta su rector José Capilla a este periódico, va a instalar arcos a la entrada de las aulas de examen.
En la Universidad de Valencia (UV) trabajan en un reglamento para aplicar la IA y abordan el engaño no solo en los exámenes, sino en los ensayos que son parte de la nota. El texto afirma que los detectores de IA no pueden ser la prueba única para que un alumno sea acusado de fraude académico. “Porque el uso de la IA, per se, no es malo, depende de cómo esté regulado”, explica Joan Vila, delegado del rector para la IA. “Estamos elaborando lo que llamamos marco de integridad académica y científica para establecer cómo se usa la IA en el proceso de aprendizaje y cómo vamos a evaluar”. Si el alumnado emplease la IA como un “tutor personalizado” que ampliase sus conocimientos, “sería ideal, pero sabemos que no es así”, plantea Vila.
En sus guías docentes, la UV va a establecer cuatro niveles, desde no poder emplear la IA en los exámenes finales a evaluar la habilidad del alumno para usarla. “En los trabajos de fin de grado o máster obligamos a que firmen una declaración. Los estudiantes tienen que decir qué herramientas han usado, para qué y, si pueden, aportar los prompts [las instrucciones dadas al sistema]”, enumera Vila.
Barro, exrector de la USC, parte de una premisa: “Se deberían desarrollar herramientas específicamente orientadas a la educación; porque los modelos ordinarios son fantásticos desarrollando respuestas, pero no ayudan al aprendizaje”. En España, según una encuesta de la Fundación Conocimiento y Desarrollo (Cyd) a 800 estudiantes, el 61% de ellos aseguró que no ha recibido formación de su centro y solo un 41% cree que su institución impulsa el uso de la IA.
Además, solo el 24% de los encuestados consideran que sus profesores han adaptado ya su evaluación: un 23% se somete ahora a más pruebas prácticas y un 18% a exámenes orales. Y solo el 54% asegura que sus docentes incorporan estas herramientas en el aula, lo que no significa que no las empleen para preparar las clases. De la misma forma que los universitarios, que usan la IA para resolver dudas (68%), buscar información (57%), resumir (54%) y revisar y corregir textos (50%), según FCYD.
Los profesores de medio mundo que ya han actualizado la evaluación intensifican las pruebas orales, muchos trabajos tienen ahora una parte de defensa ―no solo de entrega―, convocan más actividades presenciales y ponen más énfasis en la evaluación continua. Prácticas que siempre han estado recomendadas pero ”como consumen tanto tiempo, la presentación y el debate, son limitadas”, expone Barro. Aunque no es un imposible. En Italia, históricamente, la mayoría de los exámenes son orales en la universidad, y en Reino Unido las disertaciones son habituales. E incluso hay quien ensaya utilizar como ayudante a un chatbot.
Un profesor de la Universidad de Nueva York, Panos Ipeirotis, ha decidido “combatir el fuego con fuego” y para ello ha creado uno para que sus alumnos desde casa contesten oralmente a preguntas que les va lanzando el programa informático. Luego, el docente corrige personalmente cada conversación.
En secundaria, la IA también está empujando al profesorado a hacer cambios que, hasta cierto punto, afirma Víctor Bermúdez, que enseña Filosofía en un instituto público de Extremadura, pueden ser positivos. “El mal uso de la IA acarrea un bien: obliga a que las herramientas de evaluación sean más variadas, individualizadas y exigentes en cuanto a la comprensión de lo que se aprende. Yo, por ejemplo, sigo pidiendo trabajos de investigación, pero ahora priorizo la evaluación del trabajo en equipo, la defensa oral del proyecto o competencias transversales que se pueden medir muy bien en el aula, como la actitud dialógica o la capacidad argumentativa”, señala. Son fórmulas más exigentes para el docente, añade Bermúdez, y su uso está limitado por las ratios, como denuncia Barro. “Si tienes muchos alumnos, no puedes evaluarlos como debes, y con frecuencia se vuelve al examen presencial como única herramienta relativamente libre de fraude”.
En la adaptación al cambio generado por la irrupción de la IA, el profesorado de FP parte con la ventaja del enfoque práctico de los estudios, prosigue Maria Martorell, que da clases en un instituto público de Mallorca del ciclo superior de Educación Infantil. “Si antes les pedías que programaran [diseñaran] una propuesta de juego para trabajar con niños de 4 años, ahora tienes que pedirles cosas más concretas. No solo una formulación teórica, porque posiblemente la habrán copiado de la IA, sino algo más vivencial. Del tipo: ahora ponla en práctica, explícala, di de dónde has sacado la información. Más como una defensa en el aula, individual o grupal, en la que les vas haciendo preguntas”. En línea con lo que plantea Bermúdez para la ESO y el Bachillerato, Martorell admite, con todo, que con la IA ha recuperado peso el examen final de toda la vida; “algo que habíamos dejado un poco de lado porque con las actividades diarias a veces bastaba para evaluar”.
“El mundo va tarde y podemos salvar casos concretos, pero no países en su conjunto. Todos estamos a ver qué podemos hacer”, reconoce Barro. Alaba los planes integrales de docencia con IA que se están aprobando en universidades como la suya o Valencia, con formación para los profesores y un decálogo de lo que se puede hacer y qué no. La Conferencia de Rectores y Rectoras de las Universidades Españolas (CRUE) aspira a presentar un libro blanco en diciembre.
La IA como aliada
Mientras, en el sudeste asiático, a diferencia de Estados Unidos y Europa, sí se están diseñando herramientas expresamente educativas, no vetan la tecnología y la emplean a la carta, según los puntos fuertes y débiles. Igual que hace el profesor Ipeirotis desde Nueva York. Estas herramientas tienen un perfil socrático: retan al estudiante, le preguntan y le fuerzan a pensar. Y el modelo, conforme a las respuestas, lanza otras cuestiones que le deben ayudar a aprender. Por ejemplo, crean bots (programas que imitan el comportamiento humano) para recrear un juicio en el que los estudiantes de Derecho simulan ser abogados y reaccionan ante distintas situaciones.
IE University, con alumnos de 160 países entre Madrid y Segovia, ya no pide a los candidatos una carta de motivación porque desconfían de su autoría; pero el test de ingreso se hace con IA, aunque la elección queda en manos de un comité, de los humanos. Sigen el modelo de evaluación occidental, pero con guiños a Asia. Por ejemplo, dejan apoyarse en la IA en un examen, para luego rebatir a esta oralmente, enfatizando lo positivo y negativo. “Ahora se habla mucho de pensamiento crítico, pero nosotros queremos también que tengan juicio”, sostiene Martín Rodríguez, su director general de Executive Education & Digital Learning. “Sobre todo que sepan defender sus ideas, sus convicciones. Antes mandabas un ensayo, y ahora, a lo mejor, una defensa escrita de tu punto de vista de un punto estratégico y un tribunal de profesores luego hace preguntas”.
Los alumnos no pueden convertirse en cobayas, pero irremediablemente las universidades tienen que seguir experimentando en la evaluación en la era de la IA y, mientras, confiar en su honestidad. Como la de los 53 alumnos de Serrano que han aprendido la lección.
AI outlook — possibilities, not facts
La CRUE presentará un libro blanco sobre IA en diciembre.
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